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domingo, 15 de mayo de 2011

ANOCHE, CUANDO DORMÍA (En visperas de elecciones)

Anoche, cuando dormía –después de leer la novela de Saramago “Ensayo sobre la lucidez”- soñé, bendita ilusión, que se habían celebrado elecciones generales y había sucedido un hecho sorprendente, inaudito, jamás pensado. La ciudadanía, todavía aterrorizada y sorprendida ante lo insólito del acontecimiento (por más que hubiera sido conscientemente provocado y desencadenado por un aluvión de sms que volaban desde algunos días antes), permanecía en un letargo ansioso, con el temor del que da un golpe de fuerza largamente meditado y luego espera temeroso los resultados de su osadía, sospechando haber provocado consecuencias imprevisibles.
Llegado el momento de las votaciones, desde que se abrieron los colegios electorales, la jerarquía –alertada por los rumores- había permanecido expectante y representantes de “los medios” galopaban de uno a otro lugar tras los rumores del inusual acontecimiento. A medida que avanzaba el día, las noticias corrían cada vez más de prisa y en las sedes de los partidos, los movilizados se cargaban de nerviosismo: la afluencia a los lugares de votación era nula o al menos irrelevante: solo algunos –pocos- compromisarios habían acudido a depositar su voto a la vista de la ausencia de “población normal”. Los teléfonos echaban fuego animando a la comparecencia, pero no había posibilidad de atajar aquella resistencia pasiva que parecía bien organizada. A pesar de las llamadas y los mensajes angustiosos, al cierre de los colegios (hecha de forma reglamentaria), solo unos pocos votantes en todo el país, habían ejercido su derecho. No llegaba al 1% del censo.
Los telediarios de la noche competían en editar sus reportajes mostrando los lugares de votación desiertos a distintas horas del día y se empeñaban en obtener declaraciones de los líderes políticos que permanecían agazapados en sus respectivas sedes negándose a cualquier comentario. Muchos de ellos, temiendo males mayores, aprestaban maletas, recogían bienes y encargaban billetes con vistas a un inmediato éxodo, recordando tiempos pasados; se habían quedado sin su principal herramienta: los votos del otrora manipulable ciudadano. El político había perdido su razón de ser.
Pasaron unos días de comentarios y zozobras, pero el país siguió funcionando con normalidad. El presidente del Gobierno hizo unas sentidas –lacrimógenas- declaraciones en las que reconocía (solo en parte) la responsabilidad de su equipo en lo sucedido y anunciaba la formación de un gabinete de crisis para estudiar el asunto (lo mejor para quitarse un muerto de encima es nombrar un comité, una comisión o un gabinete). El jefe de la oposición responsabilizaba al gobierno de todos los males pasados, presentes y futuros, y los cabecillas de los partidos minoritarios echaban la culpa a los grandes por su empecinamiento fratricida.
Y entonces, en los pueblos, en los barrios de las ciudades y en las pedanías, comenzaron a formarse asambleas que escogieron a representantes para formar directorios sin connotaciones de ningún tipo, ni políticas, ni religiosas, ni económicas, ni de sexo o cualquier otra condición. El poder, comenzó a establecerse de abajo arriba, como había pasado muchos años antes, durante la ocupación napoleónica, solo que ahora la rapidez y universalidad de los medios de comunicación ponía a las personas de acuerdo en unas pocas horas. La red y los móviles no se daban tregua.
Los políticos, perdida su función, dimitieron a regañadientes y se reintegraron a sus labores anteriores (el que las tenía) y el gobierno de la nación fue asumido por una asamblea de hombres ecuánimes, juramentados para perseverar en un solo objetivo: la buena gestión de la cosa pública, con exclusión de cualquier otro. Se mantenía la libertad de asociación, de prensa, etc. pero se eliminaba cualquier forma de acceder al poder que no fuera la asamblearia instituida y se prohibía, taxativamente, hacer bandera de creencia o condición alguna a los representantes elegidos por el  pueblo.
Naturalmente, fui escogido como asambleario y cuando estaba dando mi primer discurso, (por cierto de brillantez extraordinaria), ante los miembros de la pedanía a que pertenezco, el estridente canto de un gallo “americano” al que el día menos pensado pienso estirarle el cuello, me sacó del dulce sueño.

7 comentarios:

  1. AY, mentor, este pueblo lleva siglos viviendo bajo el yugo de la monarquia. Pero para eso estan los sueños.

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  2. Es un sueño, Mariano, que debería cumplirse en su totalidad.
    Que el 1% de los ciudadanos siga creyendo en esta estafa, esta pantomima llamada "mundo occidental democrático", me parece excesivo.
    Que la obligación de los elegidos sea la ecuanimidad y la preservación de la gestión pública es un derecho y una obligación que nos deben desde que Carlos IV regaló su finca de recreo a Napoleón. Después, el felón por excelencia de la historia real española nos apuntilló hasta hoy.
    Los políticos están nerviosos, muy nerviosos.
    Es necesario soñar.

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  3. Me gusta tu Asilo, por aquí merodearé.
    Mariano, un abrazo.

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  4. No recuerdo ahora quien dijo que "el sueño de uno solo es sueño; el sueño coompartido es realidad". En cualquier caso, me resultó muy grato leerte. (Tanto como para comentar: fíjate que soy "la de Dajla": cambio mi perfil con asiduidad, ¡por suerte para ti!).

    Un saludo.

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  5. Mariano, es lo primero que leo tuyo, y dado que a mí también me gusta soñar con un mundo más justo, me adhiero y declaro admirador de tu blog, el cual pienso visitar a menudo.

    Saludos

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  6. Los españoles somos buenos vasallos,eso si,si tenemos buenos señores...seguiremos soñando con un mundo mas justo..y que los que tengan el poder para gobernar sean un poquito mas sabios.

    Un saludo.

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  7. I have a dream...

    No somos pocos los que mantenemos la convicción de que si nadie votara se rompería este sistema de mier** que tenemos, pero por desgracia... Tampoco somos demasiados.
    Cierto es que much@s compañer@s lucharon y murieron por el sufragio universal y sería una injusticia el no aprovecharlo, pero más injusto es todavía que aquell@s que murieron lo hicieran por un derecho que se ha convertido en una pantomima.
    Por ello en la plaza del Ayuntamiento de Murcia, al igual que en muchas capitales de España nos concentramos para exigir un voto real y demás carencias...

    Salud!

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