
El asunto se extiende, caídas
en el olvido añoradas cualidades de otrora como la elegancia, el decoro, el
buen gusto o la vergüenza, a buena parte de nuestra clase política, a cargos
altos y bajos que se dejan regalar (nunca se sabrá a cambio de que favores o prebendas)
con trajes y complementos variados de prestigiosas marcas que lucen en sus apariciones
públicas, no ya sin el rubor que teñiría las mejillas de cualquiera dotado de
la más elemental sensibilidad, sino con orgullo desafiante.
Y al españolito de a
pie, que solo puede intervenir en asuntos políticos con la periodicidad que las
urnas marcan, le recuerdan estas situaciones alguna circunstancia acontecida en
tiempos pasados, en los que la masa se ufanaba también de ser pisoteada y
oprimida por poderosos indignos. Hay un hecho en la historia de nuestro país
que, por parecerme que viene al pelo en esta ocasión, no me resisto a recordar:
hacia 1808, cuando los desaprensivos borbones, Carlos IV y Fernando VII
patrocinaron el vergonzoso espectáculo de la cesión de la corona al entonces triunfador
Napoleón Bonaparte, el pueblo de España, unido quizás por última vez, con toda
razón les dio la espalda indignado. Y por su cuenta y riesgo emprendió (y ganó)
la guerra contra el corso, otorgándose en Cádiz la primera Constitución
Liberal, la famosa Pepa, llamada así por haberse proclamado un 19 de Marzo (de
1812).
Dos años después, acabada
la guerra que los monarcas siguieron a cubierto desde Bayona, entretenidos en minuciosas
faenas de bordado (labor en la que Fernando VII era especialmente diestro), el
impresentable rey, al que nunca sabremos quién le puso el inmerecido mote de
“el deseado”, volvió a hacerse cargo del trono que le correspondía por herencia.
La multitud llegada de los pueblos vecinos que lo esperaba a este lado de la
frontera, desunció los caballos del carruaje real y enganchándose a los
atalajes, lo paseó hasta Figueras al grito de “vivan las caenas” (El profesor
Comellas, catedrático de la universidad de Sevilla manifiesta que la frase
pertenece a la tradición no contrastada, pero por su amplia difusión en la
historiografía, vale para nuestro ejemplo).
El reinado de Fernando,
una vez abolida la Constitución de las Cortes de Cádiz, fue caótico, desbordado
por un conjunto de problemas de estado que excedían con mucho su capacidad. Y
el de su hija Isabel II, ignorante y calentorra, abocada a desdichado matrimonio
con un impotente, acabó como el rosario de la aurora y ella exiliada en Paris
hasta el final de sus días.
El intento monárquico de
D. Amadeo de Saboya, que le sucedió, se deshizo como un azucarillo en el café y
después del ensayo republicano-federalista
de 1873, empecinados, volvimos a por la monarquía de nuevo con el joven Alfonso
XII... y hasta nuestro días.
Visto lo visto, no es de
extrañar que hoy día algunas personas se comporten como aquellas que
arrastraban el carro real, alegrándose de que la indignidad de algunos de los
que nos gobiernan acalle y enmascare la suya propia, con la excusa de que
“crearon puestos de trabajo” o “produjeron riqueza, así que es lógico que, en
el camino se les quedara algo entre las manos...”
La historia se repite.