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jueves, 17 de febrero de 2011

CEREZAS Y LIBROS (II)

Las leyes de la estulticia

Decíamos en el número anterior, que la tercera de las cerezas que nos salieron enracimadas del cesto de los libros era el del profesor Cipolla, “Allegro ma non troppo”, en el que enumera sus cinco leyes de la estupidez humana, a saber:
1.    Cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo.
2.    La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma.
3.    Es estúpida una persona que causa un daño sin obtener al mismo tiempo un beneficio para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.
4.    Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de los estúpidos.
5.    El estúpido es el tipo de persona más peligroso que existe. El estúpido es mucho más peligroso que el malvado.
         Una atenta lectura de estas leyes nos llevará, sin duda a una serie de profundas reflexiones de las que podremos extraer jugosas conclusiones. La primera de ellas es la sensación de seguridad que nos proporciona este encantador ensayo, pues estructura, ordena y pormenoriza los mismos pensamientos que habíamos albergado tantas veces de una forma errática, desordenada y heterodoxa y que ahora somos capaces de suscribir en su totalidad cuando los vemos expuestos con tanta claridad. La segunda, el sentimiento irrefrenable de terror, una vez admitida la realidad de estas leyes, de que somos, como pertenecientes sin duda al grupo de los inteligentes, víctimas propiciatorias de los necios que nos acechan por doquier y contra los que tenemos escasas posibilidades de defensa.        La tercera, el temor de ser nosotros mismos portadores del gen de la estupidez, agazapado de matute en nuestras entrañas con posibilidad de ser transmitido genéticamente muy a nuestro pesar, ya que como nos dice Cipolla, la estulticia y su distribución es achacable de forma mayoritaria al designio inescrutable e irreprochable de la Divina Providencia.
         Conviene, sin embargo, una vez que nos hemos adentrado en el proceloso mundo de los tontos, conocerlos un poco más de cerca, pues sólo avizorando el peligro podremos, de un lado dejar de temerlo y de otro, y en la medida de lo posible, conjurarlo. Y aquí aparece la cuarta cereza de nuestro ramillete: el libro “Inventario general de insultos” de Pancracio Celdrán. También se refiere su autor en el prólogo a nuestro conocido aserto de que “cada día que amanece el número de tontos crece”, por lo que la cantidad de ellos es infinita (sería, como ya vimos, desde el punto de vista matemático, más exacto decir que tiende a infinito). Define al necio como persona falta de razón, terca y porfiada en cuanto hace o dice, a sabiendas de que todos lo tienen por descabellado, recordando los versos de Lope de Vega: “De cuantas cosas me cansan/fácilmente me defiendo/pero no puedo guardarme/de los peligros de un necio”, que se anticipaba, como ya habrá advertido el avisado lector, casi cuatrocientos años a las leyes del profesor Cipolla.
         Pero retomemos el hilo conductor de nuestras cerezas, fuente inagotable de agradables sorpresas y nos encontraremos la misma referencia bíblica al número de necios en un libro editado por primera vez en 1.494, llamado “La nave de los necios”, cereza número cinco, que será objeto de próximos comentarios.




1 comentario:

  1. "Es estúpida una persona que causa un daño sin obtener al mismo tiempo un beneficio para sí, o incluso obteniendo un perjuicio"
    Pareciera con esto que el altruista que no obtiene beneficio para sí mismo, pero sí para sus allegados es estúpido.
    También entra el juego el factor de la intención o no en producir el daño , puesto que toda persona que realiza una acción a voluntad siempre obtiene beneficio aunque sea en forma de "satisfacción personal". Mientras que el que realiza un daño sin obtener beneficio podría ser por que lo hace de manera inconsciente. Por otro lado esta el factor de la temporalidad, puesto que el que obtiene beneficio a corto plazo puede acabar recibiendo perjuicio a largo.
    En cuanto a esta definición: "persona falta de razón, terca y porfiada en cuanto hace o dice, a sabiendas de que todos lo tienen por descabellado" casi me llega a aclarar algo más, pero me surge otro problema ¿cómo confiar en el criterio de lo que "todos tienen por descabellado" en un mundo dónde los tontos tienden al infinito, es decir, lo normal es ser estúpido? En ese caso la voz discordante, la persona que se sale de la distribución normal sería la inteligente y no la estúpida.
    En resumen, el uso de criterios tan difíciles de definir me lleva a devanarme los sesos en la búsqueda de su comprensión, de manera que (como con las cerezas) me hacen encontrarme con nuevas palabras. Al final sólo llego a la conclusión de lo poco concreto que es el lenguaje...

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