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martes, 10 de mayo de 2016

LEÓNIDAS Y EFIALTES (I). Primera jornada.

Nuestros primos los griegos, están ahora sometidos a los embates de naciones más poderosas, a las que -como todos los demás europeos- se pliegan resignados. Pero no siempre fue así. En estos tiempos de tribulación para ellos, me viene a las mientes esta vieja historia que quiero recordar con ustedes.

*

Hace unos pocos años (en 490 aC. para ser exactos), el rey de los persas, Darío I decidió darle una lección a los ciudadanos de Atenas que habían participado en unas revueltas contra su autoridad. A tal efecto, preparó su ejército y se dispuso a la invasión, pero le salió el tiro por la culata. Milciades y Datis, al frente de los atenienses, le dieron una paliza de muerte en la playa de Maratón.
Jerjes, hijo de Darío, se tomó el asunto muy a mal y en agosto del año 480 aC. decidió vengar la derrota de su padre, para lo que organizó un poderoso ejército que, según los historiadores podía oscilar entre los 90.000 y los 300.000 hombres (a los historiadores, en ocasiones, no les gusta demasiado comprometerse en la exactitud de las cifras). Como primera providencia y para que nadie pudiera acusarlo de ataque sorpresivo, envió a las principales ciudades griegas embajadores con un claro mensaje: tierra y agua, que, en el lenguaje subliminal de la época venía a decir: rendición absoluta, o sus vais a enterar.
Algunos griegos se sometieron, pero otros decidieron dar la batalla, entre ellos, los espartanos.
Esparta era una región poblada por hombres que se regían por un decálogo de supervivencia y esfuerzo (la agoge) en el que se adiestraba a los ciudadanos para el ejercicio de las armas. Eran llamados homoioi, iguales, ya que todos recibían la misma educación y tenían los mismos derechos. Constituían una comunidad de hombres silenciosos y austeros, ajenos a toda ostentación.
Estaba claro que la defensa de todos los griegos debía estar comandada por los espartanos, pero entre las muchas virtudes de estos, no se encontraba la flexibilidad, y ese mes celebraban las Carneidas (fiestas en honor de Apolo, que era el dios que funcionaba en aquellos momentos), durante las cuales estaba prohibido movilizar el ejército. Estaban los griegos, pues, en un callejón sin salida. Si movilizaban al ejército, Apolo podía tomar venganza, si no lo movilizaban serían invadidos por los persas. En esa tesitura, Leónidas, que junto con Leotíquidas II, reinaba entonces en Esparta decidió darle a los persas la batalla por su cuenta, contando con la guardia real, que en puridad no podía considerarse ejército. Convocó a todos los que tenían hijos para asegurar la supervivencia de las familias de los que cayeran en combate. Así reunió a unos 300 hombres, muchos de los cuales se encadenaron de dos en dos, para impedirse abandonar al compañero si las cosas iban mal dadas, como se esperaba. Además de sus propias fuerzas, Leónidas contaba con el auxilio de otros griegos: periecos e ilotas, locrios y beocios, más algunos procedentes de Tespia y Focea. Los historiadores aventuran que el total de hombres bajo su mando podía estar alrededor de los 7.000.

To be continued en el próximo número. No se lo pierdan.



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