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martes, 15 de diciembre de 2015

LOS PEQUEÑOS OBJETOS


Siempre hay una piedra quieta en el camino
esperando la patada de un niño
para que la mueva a otro lugar,
no muy distante, pero distinto
al que estaba acostumbrándose.

Purificación Gil Fernández

No conocí a ninguno de mis abuelos. En aquella época de posguerra, era habitual. Se los llevaban a edad temprana los avatares de la contienda, las penurias posteriores o la simple precariedad de la vida, cuya media era notablemente inferior a la de nuestros días.
De mis dos abuelos varones, pocas cosas me quedaron, además de los recuerdos cazados subrepticiamente en las conversaciones de mayores (entonces se hablaba poco y con discreción de una época que todos tenían prisa por olvidar), solo pude recoger algunos objetos que me han acompañado a lo largo de los años: del uno, el capote de caza con que arrebujarme, en los puestos de perdiz de la finca que nos legó, un bastón de espino con sus iniciales grabadas a navaja, y las obras completas de Sir Arthur Conan Doyle, encuadernadas primorosamente, con sus iniciales en el lomo, a partir de los folletones semanales de literatura de cordel.
Del otro abuelo, unas antiparras de cristales redondos, frágiles, de miope extremo; un arco de violín desvencijado, de crines sueltas, hermano de una caja de colofonia ya en las últimas, y varios lápices de puntas enfrentadas, una roja y otra azul, con los que anotaba los márgenes de sus partituras.
Son objetos entrañables que me han ligado de forma imaginaria con mis ancestros, a través de los cuales he reconstruido sus figuras, y desarrollado algunas aficiones que me han acompañado hasta hoy: con Sherlok Holmes me entrené en la lectura, un hábito que me ha proporcionado innumerables satisfacciones. El gusto por las aventuras montaraces de ese abuelo acabó cuando descubrí que yo era incapaz de acertarle, con un arma, a una tapia, aunque estuviera situada a un metro de distancia; que del campo únicamente me interesaba lo bucólico y solitario que resulta en ocasiones; de las jornadas campesinas, solo recuerdo con agrado las exquisitas gachasmigas, imprescindibles en las partidas de caza.
Del abuelo violinista heredé, con el arco de crines al viento, el gusto por la música, el afán de las anotaciones minuciosas, la admiración por las coristas y algún resto de sensibilidad para el trato con mis semejantes.
*
En nuestros días nada permanece ni se trasmite, todo se adquiere ex novo y a ser posible de un solo uso, como los pañuelos de papel que han sustituido a aquellos llenos de personalidad, de arabescas iniciales bordadas, que se hundían en la calidez de la entrepierna después de la mocarrada. Como si los pequeños objetos, ‘las pequeñas cosas’ que decía Serrat, hayan perdido su significado, se hayan vuelto irrelevantes y a nadie interesen. Se ha perdido el interés por la relación con el pasado, que se evita como algo nefasto. Los recuerdos de los abuelos se relegan a algún rincón olvidado, cuando no se hace de ellos almoneda en un presuroso cambio de domicilio. Han pasado a ser irrelevantes, como la piedra que el niño golpea con su bota desdentada en el hermoso poema de Purificación Gil que encabeza estas líneas.
Me temo que ninguno de mis descendientes de segunda generación sienta el menor interés por cualquiera de los pequeños objetos míos que les puedan llegar a las manos. Quizás porque las condiciones de vida de que disfrutamos nos han permitido mantener el contacto durante un tiempo suficiente, y ello hace innecesario el culto de esas pequeñas cosas imperecederas que se conservan como reliquias, a través de las cuales nos veíamos obligados a reconstruir la personalidad de nuestros antepasados.

Las piedras quietas del camino se han vuelto invisibles y ya nadie las golpeará.

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