A SS., con mi respeto y afecto.

Y
a pique estamos de ese punto cuando se avecina, a lomos del Sr. Gallardon, el último
jinete de este Apocalipsis tremebundo: el desmantelamiento de la Justicia. Pretende
–y es muy posible que lo logre si la revolución social no se lo impide-eliminar
de un plumazo a los jueces sustitutos.
Eso supone quitar de en medio al 25% de los jueces en activo para volcar su
trabajo sobre el resto, que ya se ven y se desean para hacer honestamente un
difícil trabajo en el que la inmensa mayoría se deja la piel y las ilusiones.
La barbaridad supone, además, que unas tasas abusivas serán impuestas a todo el
que pretenda tener la oportunidad de defender sus derechos. Ahí es nada, adiós
al estado de derecho, adiós a la Constitución y a los principios universales de
igualdad del ciudadano ante la ley. Volveremos al código de Hammurabi, aplicándonos
la justicia a golpe de garrota.
Y
todo eso en nombre de unos recortes que solo aplican a los más débiles, mientas
el presidente del Gobierno, para dar ejemplo, se sube el sueldo y la corrupción
generalizada empantana de una forma vergonzosa hasta las más altas instancias
del estado, empalmes incluidos. Gotea desde las alturas como una melaza fétida,
corrompiéndolo todo. Vamos camino de ser gobernados, en última instancia, por
los poderes económicos que, en nombre de los mercados, se han convertido en el
becerro de oro de nuestros días.
Muchos
políticos –que se han profesionalizado para vivir del momio en otra pirueta
propia de la perversión del sistema- no hacen sino lo que esos poderes económicos
les sugieren, metiendo la mano en el cajón en cuanto tienen oportunidad. Así se
desquitan de un largo camino de peloteos y abyecciones.
Los
infelices contribuyentes, clamamos como aquel del desierto para que sean buenos
y nos propongan un camino de regeneración. Como si fuera factible que el
controlador se controle a sí mismo. Vana esperanza, si no tomamos la sartén por
el mango y los mandamos a sus casas –después de vaciarles los bolsillos de los
billetes que se apropiaron indebidamente. Escojamos a los políticos entre las
filas de los ciudadanos honrados, como recomendaba el maestro de Estagira. Y, por
si acaso, sometámoslos a una estrecha vigilancia, exigiéndoles un riguroso código
ético que suponga, como a la mujer del Cesar, además de ser honrados,
parecerlo.
¿Podremos?