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martes, 12 de junio de 2012

LA DJEMAA FNA (I)

Los disparates y corruptelas de toda índole que nos afligen por doquier, la prima de riesgo, los rescates con que hipotecamos a nuestros nietos, y los variados e incomprensibles dictámenes de la justicia que exonera chorizos e inhabilita jueces, impulsan a un temporal éxodo que decidimos llevar hasta Marraquech, la ciudad que dio nombre a Marruecos, fundada por Yusuf Ibn Tasufin el almorávide, hacia el año 1070.
Concebida como punto de encuentro para las caravanas que desde el África negra subían cargadas de marfil, oro y esclavos para intercambiar con las gentes del norte, se caracterizó desde el principio por su condición de ciudad santa (que los reformadores almohades se encargarían de potenciar con monumentos y palacios, entre los que destaca la Kutubia, gemela de la Giralda de Sevilla), y por su enorme plaza, lugar de confluencia de gentes y culturas diferentes: La Djemaa Fna.
El bullicio en la plaza es permanente, reviste formas diferentes según la hora del día en que se contemple: arranca, con los primeros soles, en los puestos de naranjas y pomelos cuyos frescos jugos, hechos al instante, resultan deliciosos. Como radios asimétricos de una rueda, parten de su centro las calles que albergan los diversos zocos, en un trazado aleatorio que se complica y enrevesa a medida que se alejan del centro. Allí se encuentran toda clase de productos, que se repiten hasta la saciedad, extendidos por el suelo o colgando de las paredes en una decoración original y variopinta: bolsos y marroquinería de todos tipos, babuchas, gorros, ropas, perfumes, alfarería, especias, aceitunas de todos los colores, dulces y mil objetos de todas clases que se mezclan con los más modernos: gafas de sol último modelo, teléfonos móviles, complementos de marcas conocidas que se sospecha hábilmente falsificados…
A medida que la jornada avanza, la plaza se puebla de profesionales muñidores de turistas: las cajas verdes de múltiples compartimentos guardan los inquietos monos del Atlas, que avisados muchachuelos sin otro oficio, colocarán sobre el hombro a los visitantes y sus jóvenes retoños, para la fotografía de recuerdo, esperando la variable propina, siempre objeto de controversia y fuente de animada discusión.
En otro espacio, frágiles sombrillas resguardan del sol a los encantadores de serpientes, que mantienen activas a las apáticas y desdentadas cobras negras mediante el estrepitoso sonar de los pífanos, y el ensordecedor repiqueteo de los timbales. A su lado, dormitan enroscadas las menos domesticas víboras cornudas traídas del desierto, junto a algún lagarto de cola espinosa que intenta en vano escapar de la cuerda que lo mantiene, anclado por el espinazo, a la mano del amo. Los socios del puesto pululan entre los paseantes instándolos a hacerse la consabida foto, con verdes e inofensivas culebrillas de agua enroscadas al cuello.
Los dentistas, sentados ante los montones de muelas que acreditan su buen hacer, ofrecen, tenaza en mano, sus servicios; y puestos de perfumes exóticos, hierbas de poderes curativos, te y afrodisíacos de dudosa procedencia y temibles efectos, son regentados por taumaturgos saharianos, verdaderos o fingidos, envueltos en sus azules darras y tocados con los turbantes negros, típicos del Sahara. Todo ello amenizado por el ruido incesante de ciclomotores de pequeña cilindrada, que circulan alocadamente en todas direcciones poniendo, en lo que parece un peligro inminente, vidas y haciendas.
Un poco aturdido con tantas sensaciones, el viajero se instala en una de las muchas terrazas que rodean la plaza y sorbe lentamente el oloroso té a la menta mientras el canto del mohecin, en las mezquitas cercanas, llama a través de la ruda voz de los altavoces para la oración de la tarde. La gran superficie, entonces, cambia de aspecto. Surgidos de no se sabe dónde, comienzan a aparecer frágiles carrillos que toman sus posiciones para la noche. En ellos se puede comer, en medio de un humo denso con mil olores, carnes asadas, pescados fritos, caracoles en una salsa verde-oscura, cabezas de carnero con sonrisa forzada de calavera, tés y dulces minúsculos preñados de almendra y canela.  
El viajero, que deja para mejor ocasión una añorada cerveza fría y espumosa, apura su té como sustituto y se adentra en aquella vorágine dispuesto a someterse a la misteriosa aventura gastronómica de inciertos resultados.

16 comentarios:

  1. Haces sucumbir al encanto de un espacio casi idílico, donde el turista se extasía y no ve el modo de ahuyentar a los moscones. Me ha gustado tu descripción, Mariano, y espero la segunda parte y todas las que hagas.
    Un abrazo.

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    1. Esa es la primera mirada, "la fascinacion" superficial de los paises pobres, luego vienen otras lecturas que conviene no hacer. Habrá segunda parte. Un abrazo

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  2. Disfruta tu estadía. Magnífico reportaje. Me quedo con "los rescates con que hipotecamos a nuestros nietos, y los variados e incomprensibles dictámenes de la justicia que exonera chorizos e inhabilita jueces, impulsan a un temporal éxodo"
    Aléjate de los "los encantadores de serpientes que mantienen activas a las apáticas y desdentadas cobras negras mediante el estrepitoso sonar de los pífanos y el ensordecedor repiqueteo de los timbales"
    Un abrazo.

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    1. He tenido la suerte de ver alguna vivora cornuda (de lejos) en el desierto. Creo que la picadura es muy peligrosa. por si acaso, no me acerco demasiado, aunque estas de la plaza son inofensivas. Un abrazo.

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  3. Conforme iba leyendo tu “pictórica” narración de los distintos ambientes , sonidos, colores y olores de esa universal Plaza Jamaa el Fna, me han invadido unas incontroladas ganas de tomar camino hacia ella….¿ cómo es que todavía no la conozco?...y mira que me lo han dicho y lo he leído. Única. Un sentimiento, dicen. Y ahora tu, Mariano, con tu bello relato me recuerdas que hay todavía experiencias no contaminadas que no se deben olvidar cuando pensamos en “el viajar”. Ha siso muy grato habitar con tu lectura ese hermoso y único espacio….

    Un abrazo

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    1. POSDATA: Leído lo leído Mariano, para "sacamuelas", llegado el caso, prefiero ponerme en manos de nuestro querido amigo Miguel Cos....

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    2. Pos no te creas, Nicolas, que los hay muy habilidosos. Yo me probé un par de muelas y me encajaban casi a la perfeccion, pero llevaba prisa...
      Si, es un espectaculo impactante, pero como tantos otros. El mundo es tan grande...

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  4. Colorista y muy vívida tu crónica sobre la gran plaza de Marraquech.
    Una auténtica delicia acompañarte en este viaje y sentir los aromas, el aturdimiento, el ruido de los ciclomotores chillones, el agradabilísimo sabor del té con menta moruno. Eso sí, con un poco de aprensión, tras una cortina de gente, es como he mirado al encantador de serpiente, que, encima, lleva lagarto incluido, qué poderío.
    Abrazos y no tengas prisa, que el rescate va para largo, y te hastiarás de él, como ya estamos hartos todos los españoles a los dos días de su noticia.

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    1. Ya estoy de nuevo con todos Uds. Solo ha sido una semana de congreso, sospecho que inutil, como todos. Un abrazo, Isabel.

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  5. Una única palabra: fascinante.
    Mariano, leerte supone quedar encantado como una cobra con el largo sonar de un pífano, introducirse en unas letras seductoras, deslumbrantes, plenas de olores y sabores recién salidos de los fuegos de carbón y los humos envolventes que surgen de ellas.
    El atractivo que salta de palabra en palabra de tu relato es algo más que una crónica, es una vivencia explosiva, una sensación distinta para cada uno de los sentidos, un perderse por entre un mundo que hechiza, que te cautiva y te arrebuja entre sus miles de cambiantes formas en el mismo espacio y tiempo.
    Me has llevado en volandas subido en el barco de tus palabras hasta el confín de un mundo en el que me he aislado y disfrutado del canto del mohecin y de un trajín tan ardiente como vivo.
    Gracias, Mariano. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto soñando con una realidad como la que narras

    Un fuerte abrazo, Mariano.

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    1. Gracias, Antonio. Leyendo tus comentarios, mas hijos de tu generosodad que de mis gracias, vuelvo a sentir aquellos rubores olvidados de la pubertad...Gracias y un abrazo.
      La semana proxima, segunda parte.

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  6. Sorprendente Mariano, qué manera de transportarnos a Marraquech. Siempre he tenido muchas ganas de conocerla, pero después de leerte se han agudizado. Hoy un amigo precisamente partía hacia allí por negocios, he podido imaginarlo por esa plaza, pero lo más bonito es que también he podido oler toda esa mezcolanza de aromas, oír el tumultuoso ir y venir de gentes, motos...

    Un abrazo con cariño de una de las cartageneras que conociste el jueves,

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    1. Gracias, yashira, habrá segunda parte, asi es que pasate por aqui la semana que viene (este blog, que es muy serio, publica los martes, cuando se puede). Efectivamente, es un mundo con cierta magia, pero tiene una segunda parte menos magica, la que se describe en la pestaña "Trabajos y dias", recopilacion de un reciente viaje por motivos menos turisticos, Un abrazo y a ver si os dejais ver mas a menudo, que alegrais la sesión.

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  7. Este lugar es emblemático. Me encantaría poder ir alguna vez. Sueňos...
    Maravilla de post, Mariano. Dibujas con las palabras, y ahondas como auténtico historiador.
    Auténtico todo tú.
    Abrazo grande.

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  8. Este lugar es emblemático. Me encantaría poder ir alguna vez. Sueňos...
    Maravilla de post, Mariano. Dibujas con las palabras, y ahondas como auténtico historiador.
    Auténtico todo tú.
    Abrazo grande.

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  9. Gracias, Begoña. Si alguna vez tienes la ocasión, no te lo pierdas. Ahora es un viaje cómodo en avión, y muy asequible. Gracias de nuevo y un abrazo.

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