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martes, 13 de diciembre de 2011

A HACER PUÑETAS

Vivíamos tan felices desde que, entrados de lleno en la democracia y rediseñados los reinos de taifas, descubrimos que nuestra situación era beatifica e inacabable. La bonanza económica se había instalado entre nosotros para siempre. No hacía falta que los jóvenes estudiaran ni se sometieran a esfuerzo alguno: bastaba con irse a una obra, emplear sus energías desbordantes en cualquier trabajo sin cualificación pero bien remunerado y hala, a comprarse un piso, tirar de cochazos, fiestas y rayuelas. Pero de pronto, la cruda realidad nos dio un soplamocos. Los bancos cerraron el grifo y decidieron que era mejor ir a los mercados especulativos de fácil y rápida respuesta que seguir invirtiendo en industrias de dudoso resultado ni en hipotecas basura que el ventilador americano había distribuido por el mundo entero.
Y nos encontramos con que no podíamos pagar las hipotecas sobredimensionadas, que los pisos que habíamos comprado sin necesidad no valían lo que nos habian dicho y que comenzábamos a quedarnos en el paro a velocidad alarmante. Las cajas descubrieron que tenían las arcas llenas de caca; los bancos, pobrecitos, dijeron que si nos los rescataban, no seguían en el juego, y los gobiernos con el pañal pegado, acudieron en su socorro con el inocente afán de que abrieran la espita y siguieran dando créditos (porque aquí todo el mundo vive del crédito: los particulares, las empresas, los ayuntamientos, las comunidades y los estados). Pero los bancos son empresas que se rigen por una ley implacable y universal: obtener el máximo beneficio. Compran dinero barato y lo venden caro (al doble, si pueden, y con ese 2%, van tirando). Y los gobiernos se encontraron con que tenían que recurrir a la banca para que les prestaran el mismo dinero que les habian dado, pero a un interés mayor, para que siguieran obteniendo beneficios y no se llevaran las perras a paraísos fiscales.
Y uno se pregunta: si, como dicen los expertos, para salir de esta crisis provocada por las hipotecas subprime al otro lado del charco hace falta, a) reducir el déficit y b) relanzar la economía estimulando el consumo y la contratación, ¿Quién le pone el cascabel al gato para que el crédito –la sangre fiduciaria- fluya, las empresas contraten, los trabajadores puedan consumir y la economía se relance? ¿Habremos aprendido la lección en este país al que, como más débil, el virus de la crisis se ha cebado en forma tan agresiva?
Uno, que no solamente no es economista sino que se va dejando entre los rastrojos del camino las pocas hebras de sentido común que le quedaban, oyendo tantos discursos que solo entiende a medias se pregunta si los políticos tienen verdadero interés en arreglar la situación; o si su miopía constitutiva les impide ver más allá de las míseras guerras partidarias, que los llevan a estar permanentemente enzarzados en el estéril dialogo de “ellos y nosotros” que tanta nausea provoca en el ciudadano de a pie.
“Ellos” son los de un partido y “nosotros” los del otro. “Ellos” son los del gobierno regional y “nosotros” los del autonómico o viceversa, “ellos” son los de una región y “nosotros” los de otra…
¿Hasta cuando hemos de soportar tanta estupidez? ¿No nos daremos cuenta nunca de que esta es una nación -un mundo– global, de que estamos todos metidos en la misma arca de Noé , unos animales y otros, y de que si esto no aterriza en el monte Ararat nos vamos, unos y otros, a hacer puñetas?

A hacer puñetas: frase usada cuando se quiere despedir a alguien con desprecio y sin consideración. Las puñetas son bocamangas realizadas con bordados y puntillas que adornaban togas de jueces y magistrados. Realizadas siempre a mano en labor primorosa de flores y figuras, requerían notoria habilidad y gran paciencia. En ocasiones eran realizadas por reclusas, lo que incrementa el tono despectivo de la frase.





7 comentarios:

  1. No te canses, Mariano, es lo de siempre. Si de frases hechas vamos, ahí van estas: "Quítate tú que me pongo yo" y "Salga el sol por Antequera".

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  2. ¡Cuanta sabiduría, Mariano! Personalmente querría saber cómo es posible llegar, en tan poco tiempo, a alcanzar tal grado de estupidez, dejadez y pasotismo.
    ¡Con lo bonitas que son las puñetas...! Parece mentira que el analfabetismo funcional imperante las nombre como un acepción de la mierda a la que deben irse políticos, banqueros y especuladores.

    Un fuerte abrazo, maestro sabio Mariano.

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  3. Sabia reflexión. Triste, pero real. Incomprensible pero latente.
    Un abrazo, apreciado amigo.

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  4. Que post más inteligente. Y más necesario.Por qué nos costará tanto ver lo evidente? Y por qué nos obcecamos tanto en no querer saber?

    Un abrazo, Mariano

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  5. ¿Y qué te digo yo si lo intuía desde mucho antes que llegara? Desde 1998, por mi trabajo, veía cómo se iba inflando el globo y cómo los propios bancos animaban a pedir más: para los muebles, que debían ser buenos, para el coche..., criaturas a quienes emancipaban sus padres antes de meterse en la compra y la hipoteca, sin oficio ni beneficio, pagos mensuales de dos y tres mil euros por las hipotecas en personas que no tenían pinta de potentadas, y un larguísimo etcétera. Y yo pensaba en la causa de mi propia estupidez, ya que me costó muchísimo acceder a mi primera vivienda en propiedad, ahorrando como una hormiga en cuenta vivienda y... De golpe, todo era fácil y todos vivían como ricos. Aquello me atufaba y predije muchas veces que era como un soufflé, y así ha sido.
    Aggg, y lo siento, porque es fácil subir y muy difícil bajar, pero no nos queda otra.
    Un abrazo sin puñetas, que son un verdadero incordio.

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  6. Buenas noches Mariano, como siempre un placer visitar tu blog. Lo más sorprendente de hoy ha sido descubrir como has pasado de la sutil ironía, a la "irritable denuncia" y después a la más pura y dura reflexión. Sorprendida, anonadada, patidifusa... y agradablemente conmocionada cada vez que te leo. Todo un gustazo para los sentidos. Besotes.
    P.D.: como de economía no entiendo ni papa no puedo comentar , pero si suscribo tus palabras y digo "olé".

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  7. La unión hace la fuerza, máxima de la que parece que nadie en general y en este país en particular se acuerda

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