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jueves, 13 de enero de 2011

¿A USTED LE GUSTA EL GOFIO?

En Candelaria, Tenerife, un amable camarero me invita a probar el gofio.
¿Lo conoce?, me pregunta, deseoso de hacerme conocer las peculiaridades gastronómicas de las islas.
Sírvame una ración, me gustaría probarlo, le respondo con la cortesía del “godo” ignorante.
Pero si conozco el gofio. Es una harina de cereales (trigo, maíz o cebada), tostada, que alivió muchas hambres peninsulares en los tétricos años de posguerra y desdicha. Aún tengo en la memoria los anuncios murales, “Consuma gofio canario”, como los del Nitrato de Chile, aquel del tío a caballo con sombrero de ala ancha, en silueta negra sobre fondo amarillo; como los del negrito del África tropical que cantaba la canción del cola-cao en la radio, como tantos otros, ¿Recuerdan?
Me encontré con gofio hace tiempo, en el desierto de Mauritania.
Viajábamos hacia Walata, una de las ciudades perdidas, por una pista llena de trampas de arena en las que, con demasiada frecuencia el coche se nos quedaba atascado. Para colmo de peripecias, sufrimos una avería que nos dejo tirados en medio de ningún sitio, con la probabilidad poco esperanzadora de que nadie pasara por allí en muchas horas. Iba en compañía de tres beduinos que, lejos de atemorizarse como yo, se dispusieron a hacerle frente a la situación de forma alegre y sosegada, como quien está dispuesto a solventar dificultades de cualquier tipo, confiando en que el destino de todo hombre se encuentra en manos de Alá.
Previsores, llevaban agua suficiente, una vasija con grasa de cabra, blanca y olorosa, y un saco de gofio. Cuando llegó la noche, uno de ellos comenzó a amasar pelotillas con esos ingredientes que nos mantuvieron en forma hasta que, al día siguiente, un vehículo de pastores nos sacó del atolladero.
Dormimos esa noche como benditos, a la luz de las estrellas vigilantes, con el estomago trabajando a toda máquina. Bendito gofio.
El camarero me preguntó si me había gustado. Le dije que lo había encontrado exquisito. Estuve a punto de contarle que había vuelto a Walata.

2 comentarios:

  1. menudas aventuras, Mariano. Y qué bien las cuentas, jodío.
    Yo también probé el gofio, en Gran Canaria, hace cuatro años, y me traje una bolsa de harina para hacerlo en casa. Me has traído buenos recuerdos

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  2. Interesante manera de incitarnos a probarlo.
    Gracias.
    Me gustó el relato.
    Un saludo

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