Cuentan las leyendas que, en su lecho de muerte, herido de espada o lanza (que en esto los historiadores no andan muy precisos), Carlomagno otorgó a su vasallo Wilfredo el Velloso (así llamado por su espectacular atuendo capilar, desde entonces envidiado por muchos de nosotros y natural, por cierto, de Carcasonne, actual Francia), como enseña, las cuatro barras que dibujó en su escudo mojando los dedos con su propia sangre.
Con su habitual perspicacia, Sr. Presidente, habrá reparado que me he referido a este relato como “leyenda”, porque eso es y no otra cosa: Carlomagno vivio entre 747-814 y Don Wifredo (Guifré en catalán) murió en 897, así es que no tuvieron el gusto de conocerse, cuando menos de intercambiar símbolos sanguinolentos. Por si fuera poco, lo de la heráldica es un invento varios siglos posterior (aproximadamente hacia el s. XII). El tema ha sido tratado con el rigor que merece por historiadores tan reputados como Martin de Riquer y Menéndez Pidal de Navascués.

Sea como fuere, las cuatro barras (bandera originaria del reino de Aragón) han acabado formando parte de las banderas de Cataluña, Aragón, Reino de Valencia y otras regiones o países, integradas en las armas de Andorra y en
las de las regiones francesas de Languedoc-Rosellón y Provenza-Alpes-Costa Azul, de los departamentos de Piroineos orientales y Lozère, así como en las de diversas poblaciones de estos territorios como Formiguères, Latour-de-Carol, Le Perthus o Barcelonnette; aparecen en las enseñas de las provincias italianas de Reggio Calabria, Catanzaro y Lecce, y especialmente como enseña abreviada en Nápolesy en las banderas de algunas villas y ciudades de América Latina. Los mismos colores, con diferente composición y equilibrio forman, también, la de España.
Pero los símbolos nacionales, que debían ser de todos, acaban, inexorablemente, acaparados por los que más ruido hacen o más fuerte gritan y así la bandera de España, que representa a la nación y por lo tanto nos la podemos arrogar, sin distinción ni rubor todos los que disponemos del DNI emitido por el estado español, ha acabado representando de manera falaz y torticera solo a los que mantienen actitudes carpetovetónicas propias de detestables tiempos que muchos queremos relegar a su verdadero lugar: la historia real del pasado, luces y sombras incluidas.
En otras comunidades se está suscitando en los últimos tiempos parecido fenómeno. Las antedichas cuatro barras que tanto juego han dado hasta ahora (sea cual sea su origen, que eso es pura anécdota) y bajo cuyos colores se han agrupado sin excepción tirios y troyanos en Cataluña, se ha visto ahora sustituida por otra que ha de encabezar el nuevo estado que salga de esta complicada maraña en la que se van a ver envueltos los catalanes y el resto del país, a mi entender por una pésima gestión de los políticos de uno y otro extremo.
Dice Paco el Cacaseno que los símbolos son solo símbolos y no le quito la razón, pero por los símbolos se han hecho muchas guerras y matado no pocas personas, así es que no hay que jugar demasiado con las cosas de comer.
La peligrosa deriva es considerar que los que se agrupan bajo el nuevo símbolo separatista, la estellada, son buenos catalanes, catalanes de mena, y los que siguen apegados a las tradicionales barras, no. Eso es, sencillamente, además de falso, estúpido. Es desmantelar de un plumazo el espíritu democrático que con tanto esfuerzo (quizás también con tantos errores) hemos logrado llevar hasta el presente.
Por lo que su feliz gobernación corresponde, me permitiría recomendarle, Sr. Presidente, unas calderadas de tacto y conocimiento a repartir entre Ud. mismo y los ministros del ramo a fin de no exacerbar con sus inoportunidades y desconocimiento un tema que puede acabar por ser sangrante para todos, no vaya a ser que se cabree SM. y le sacuda un par de pescozones, que ya sabe Ud. que cuando se enfada, hasta a los elefantes les entra cagalera.
Suyo afmo., como siempre.