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EL HOMBRE DE LA PIPA

                                      


            El hombre de la pipa
















Mariano Sanz Navarro








© Texto: Mariano Sanz Navarro
© Editor: El Kiosko, Santomera

marianosanz43@hotmail.com
                     
No se permite la reproducción total o parcial de este escrito, ni su incorporación a un sistema informático, ni su trasmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor.
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2014
Colección: “Literatura de cordel (II)”   


Código: 1407311609783
Fecha 31-jul-2014 7:13 UTC



PATINETE

El hombre de la pipa no tiene prisa, puede que ya lo tenga todo hecho. Quizás por eso se sienta en el incomodo banco de esa plaza donde otros, tan aburridos como él, dejan pasar las horas. Hay un dulce silencio poblado de palomas que levantan el vuelo cuando un niño sobre un patinete atraviesa el grupo de aves. Luego, todo vuelve a su sitio. El sol calienta en demasía y aún bajo la sombra de los tilos, el aire es pesado. Los viejos, con el bastón durmiente entre las piernas, se mueven despacio, como lagartos al sol del verano. Discuten con pereza, solo para continuar engañando al tiempo. Una pareja de guardias atraviesa la plaza lentamente, los chalecos fosforescentes brillan al sol. Se paran un momento junto al banco y charlan con los tertulianos. Luego dicen 
—Vamos a seguir la ruta
Y se marchan.
El hombre de la pipa recuerda cuando él también fue un chico que espantaba a los grupos de palomas con su patinete.

AJEDREZ

El hombre de la pipa sabe que es un sueño equivocado y se empeña en despertar sin conseguirlo. Él no estuvo en Copenhague y mucho menos subió en aquella estúpida montaña rusa que descarrilaría poco después matando a mucha gente. Tampoco navegó nunca por las tranquilas aguas de los fiordos que recorren los drakkar vikingos, ni se le ocurrió pisar las faldas del Himalaya donde nace la madre Ganga. Está inmerso en un sueño que debe pertenecer a otro.
Por eso no se inquieta cuando el jugador de ajedrez abandona la partida con el Caballero para venir en su busca.

 EL MONTSENY

Una vez, estuvo en el Montseny. Recuerda que, aun en plena canícula, el aire era fresco y el paisaje trufado de verdes diferentes. Puede que fuera domingo -eso ya no lo recuerda- y los pequeños restaurantes que abundan al borde de la carretera estaban llenos de excursionistas con perros y mochilas. Quizás se detuvo en alguno de ellos y pidió un Cható que solo hacen en El Vendrell, y unos pies de cerdo náufragos en exquisita salsa de setas. Puede que luego se sentara debajo de un gran castaño que vigila la masía y se tomara una copa de Mascaró a pequeños sorbos mientras la pipa humeante le acompañaba. A lo mejor fue entonces cuando comprendió cómo el Buda había recibido la iluminación. 
El hombre de la pipa acaba de recordar que un tal Cortés quemó sus naves para no tener que volver nunca a sus orígenes, y se pregunta si no será este un buen momento para hacer lo mismo con las suyas.

 SÓLO

Al hombre de la pipa se le antoja que quizás algunos lo cataloguen de hombre solitario. Una vez, sorprendió a un amigo diciendo de él.
— Es un tipo muy sólo.
Y no sabe si será cierto o no, pero él se encuentra satisfecho a solas con sus soledades.

PERROS

Se ha adormecido a la sombra arlequinada del gran árbol. La obscuridad interna propicia la sensibilidad a los sonidos. Cerca, una pareja añosa reprende a uno de los dos grandes labradores que llevan atraillados.
   Estigues quieta, Blenda, deixa tranquil al teu germà.
El hombre de la pipa nota que la obscuridad tiene muchas ventajas y le parece que es  uno de esos niños que se creen invisibles cuando se tapan los ojos.

NÚMEROS MÁGICOS

Una gran cantidad de personas cree en la influencia mágica de los números. En la cultura judeo-cristiana todo gira en torno al siete, al nueve, a combinaciones de los dos y de sus múltiplos y divisores. Cualquier acontecimiento puede relacionarse inmediatamente con alguno de ellos, es cuestión de imaginación. Hasta no hace mucho tiempo, la gente crédula atribuía al polvo de momia egipcia propiedades curativas. Puede que algunos aun lo crean, como  el valor afrodisíaco del cuerno de rinoceronte o los huesos de tigre indú.
Al hombre de la pipa no le atraen demasiado las cosas esotéricas. Piensa que ya es bastante difícil entender el mundo que le rodea como para ponerse a elucubrar sobre fantasías improbables.
Solo tiene claro que son sesenta y ocho los escalones que debe superar para alcanzar el jardín florido.

SEQUOYAS

El sueño de la razón hace salir monstruos de los aguafuertes, y la naturaleza produce cosas gigantescas, como las ballenas jorobadas, el río Amazonas o el Jabal Tubcal en la cordillera del Atlas. Comparadas con  los humanos, esas son cosas desaforadas. Los gigantes de los arboles se llaman Sequoyas, tienen centenares de metros de altura y viven muchísimos años. Son arboles americanos, de California, pero también se encuentran en las faldas del Montseny. Puede que algún naturalista los trajera de pequeños. Se ve que el mundo es cosa reducida.

VIAJES

Viajar es una de las prácticas más recomendables que existen. Viajando se conoce a gente que piensa de forma distinta, incluso opuesta a la nuestra, se descubren otros países y otras formas de vida, se toma contacto con diferentes formas religiosas y se aprende que nadie está en posesión de la verdad o que la verdad no es única, sino múltiple y variopinta.
Lo malo de los viajes es que, antes o después se acaban. Queda el pequeño consuelo de relatar esas vivencias a familiares y amigos, incluso abrumarlos a fotos, pero es flaco consuelo. La magia de la aventura ha acabado y es preciso preparar la próxima.

TRANVÍA
Con frecuencia se me olvida alguno de los libros que suelo escoger como cómplice para mis recorridos en tranvía. Al mismo tiempo que yo ha subido una muchacha cargada de carpetas. Guardando las distancias, se acomoda unos cuantos asientos más adelante. Tiene una larga cola que deja ver dos orejas diminutas, como de porcelana. Los cabellos que no ha atrapado la cinta que constriñe el pelo, dibujan caracolillos en un cuello blanco y terso. Está en esa edad que solo despierta ternura en un corazón viejo.
La pipa, a medio consumir, duerme entre las manos quietas.
Enfrente, dos hombres de edad, uno de ellos con pantalón corto y piernas llenas de varices, dialogan con frases cortas.
—Empezó que si tal y que si cual y yo pensé, ¡válgame la hostia! 
El otro asiente muy serio.
A mi espalda, dos señoras, jóvenes a juzgar por las voces cristalinas, discuten en un idioma extraño. Al principio me parece portugués, pero luego me inclino por una lengua eslava, igual de ininteligible para mí, quizás checo o rumano.
Pasamos ante un enorme letrero. Un hombre joven y apuesto, tocado de gorro blanco y mascarilla anuncia " Clínica fulanita, tratamiento indoloro de hemorroides y fístulas anales". Vaya, me digo, puedo considerarme afortunado.
Suena la campanilla y el conductor frena. Es mi parada. El tranvía sigue.
                                                                                      
                                                   *
DJINS

Seguro que los Djins no existen, pero el hombre de la pipa conoció una vez a un individuo que tenía un amigo que decía haberlos visto. El individuo le contó que su amigo le había dicho que eran tan pequeños que podían vivir debajo de las alfombras, cabeza abajo y que se entretenían en hacer diabluras para irritar a los humanos que no creían en ellos. Quizás por eso el hombre de la pipa está convencido de que un día u otro los descubrirá y aprovecha para levantar las alfombras de casa de los amigos cuando ellos no se dan cuenta.

DJINS DE CIUDAD Y DE CAMPO

Hay dos clases de Djins, los de campo y los de ciudad. Los primeros viven libres y sin prejuicios, comen aire puro y beben perlas de rocío que recogen en las hojas de col al amanecer. No gustan de ir en grupo y casi siempre  se reúnen en grandes corros para cantar a la luna cuando está llena. Los de ciudad aman la promiscuidad, caminan cabeza abajo y temen las uñas de los gatos que los olfatean bajo las alfombras. Muchos no han probado las perlas de rocío ni han cantado nunca a la luna llena. Se distinguen porque los de campo llevan un gorro verde y los de ciudad jamás se cubren la cabeza.

IMIRIKLI

Una vez estuvo a punto de ver un Djin; fue en la zona del Imirikli, donde hay una gran población de ellos, según dicen los beduinos. Al caer la tarde oyeron las canciones que entonan en corro los Djins cuando se disponen a pasar la noche, y a la mañana siguiente antes del amanecer, los expedicionarios se levantaron para sorprenderlos a la hora en que llenan sus cantimploras con gotas de rocío. Fracasaron porque los Djins son huidizos  y no quieren que los detecten los humanos. El hombre de la pipa solo alcanzó a ver las huellas diminutas de uno de ellos sobre la arena pero no pudo averiguar si llevaba un gorro verde o no.

EL CONSEJO DE EXPLORACIONES

Para formar parte del Consejo de Exploraciones es preceptivo estar en posesión del título oficial de Chocarrero. El Consejo se reúne, en una noche de luna llena del mes de mayo, para nombrar al Djin viajero de ese año. A los Djins les gusta saber que ocurre en el mundo de los grandes y procuran espiarlos de cerca. El Djin elegido viajará cuando las grullas pasen y recorrerá el mundo a la busca de noticias. Casi siempre es un Djin con buenas intenciones y aunque ve tantas cosas desdichadas en su viaje, solo cuenta las buenas cuando vuelve, de modo que los Djins siguen teniendo un buen concepto, aunque equivocado, de los humanos.

LAJAS

Lo que más le gusta a los Djins, además de embromar a los hombres, es viajar sobre una grulla o en casos extremos sobre un ganso, como Selma Lagerlöf sabía bien. En las noches de luna llena, disponen lajas salinas de manera que, a modo de espejuelos, atraigan a las aves que vuelan de norte a sur o de sur a norte, según la época. Cuando las grullas descienden, el Djin comisionado por el Consejo de Exploraciones, salta al lomo de una de ellas, y parte con rumbo desconocido. A veces el Djin viajero vuelve con la próxima expedición de grullas, a veces no; en ese caso, el Consejo designa otro emisario.

UN DJIN VIAJERO

Cuando volvieron del Imirikli, empezaron a suceder cosas extrañas, casi todas desagradables. Los compañeros se dieron a la broma:
—A ver si nos trajimos algún Djin escondido en la mochila.
El hombre de la pipa tuvo un sobresalto. Salió corriendo al jardín y vació su mochila sobre las piedras. Ni rastro de Djins.
Esa noche, colocó unas cuantas semillas de Sicomoro entre las piedras y esperó, oculto tras la ventana semiabierta, a que una grulla bajara a por ellas.  Cuando el ave levantó el vuelo, imaginó a un Djin que cabalgaba sobre su cuello, dedicándole un saludo agradecido mientras agitaba en el aire su gorro verde.

EL DJIN DORMILÓN

Dice Ameddu uld Abdelkader, el poeta mauritano, que un primo suyo le contó la historia del Djin que cayó en el mar porque se quedó dormido sobre la espalda de la grulla que lo transportaba. Los familiares del Djin lo supieron cuando el ave volvió al Imirikli llevando en el pico un gorro verde empapado de sales y algas marinas. 
El Djin dormilón no se ahogó, porque ellos andan con gran facilidad sobre las aguas; llegó, después de caminar muchos días, a un pueblecito de pescadores en las costas griegas y decidió quedarse entre ellos para siempre porque, sin gorro, se había convertido en un Djin de ciudad.

GRULLAS Y ARBEQUINAS

Le resulta agradable pasear, ya caído el sol, por la larga alameda que lleva desde la casa rural al merendero en las afueras del pueblo. Una terraza con sillas rusticas le proporciona solaz frente a un vaso de vino del Penedés y unas arbequinas. Cerca, dos pageses se relajan después de la faena con sendas pintas de cerveza.
—Cosa de duendes –el hombre aguza el oído- como si los objetos hubieran cobrado vida. Un día aparecen los cepillos de dientes en el fregadero, otro la cafetera debajo de la cama o una silla de la cocina en medio del dormitorio. Y lo más chusco, llevo días encontrando montoncitos de semillas de Sicomoro junto a la puerta. Parece cosa de brujas.
El hombre hace ademan de marcharse.
—Perdonen, no pude evitar escucharlos ¿Hace mucho que vieron grullas por aquí?
—En primavera, como todos los años.
El hombre de la pipa se aleja sonriendo para su capote. Los campesinos quedan atónitos.                                     


 EL DJIN DE LA LUNA

Las gentes que frecuentan el Imirikli cuentan una historia que puede ser verdad o puede ser mentira. Dicen que una vez hubo un Djin que quiso ir a la luna. Convenció a una grulla ofreciéndole una gran cesta de semillas de Sicomoro y emprendieron el viaje una mañana de enero aprovisionados con un par de cantimploras llenas de perlas de rocío.
Nunca se supo si llegaron o no pero cuentan que en las noches de luna llena, si uno se fija con detenimiento, puede apreciar unas sombras movedizas que muy bien pudieran ser el Djin y la grulla sobre la que cabalga.
Hay quien dice que incluso lo ha visto agitar su gorro verde en ademan de amistoso saludo.

CAP FERRES

Un sobrino de Ahmedhu el poeta, contó que su tío le había relatado una historia de djins que le sucedió en Nuakchot. Estaba de paso para el Senegal y se quedó a dormir en casa de un familiar. Hacía calor y le pusieron una mullida alfombra en la azotea. A media noche, le despertó un murmullo que parecía venir del suelo y escuchó la siguiente conversación:
—En uno de mis viajes, la grulla que me transportaba, volando sobre Las Landas se dejó caer junto a un faro de dos colores en cuya entrada figuraba un letrero: Cap Ferres. Mientras ella descansaba picoteando unas cuantas semillas de Sicomoro, aproveché para refrescarme con unas gotas de rocío a la sombre fresca de los pinos. Mientras miraba al cielo y dejaba volar mi imaginación, aquel Cap me hizo recordar el Cau Ferrat, obra de un tal Rusiñol, pintor famoso y autor de un Auca muy divertida que había visto en un museo de Sitges hace ya años. El viaje es una fábrica de recuerdos.
La conversación continuaba de esa guisa, pero Ahmedhu no contó más porque al día siguiente no supo si había escuchado verdaderamente aquella historia o era solo un sueño.

VENENOS

El hombre de la pipa oye decir que si el tabaco esto, que si el tabaco lo otro; que si fumar hierba es bueno para el cáncer, que no, que los canutos producen esquizofrenia; que si el alcohol es malo pero un vaso de vino en las comidas es altamente saludable; que si las Pirámides se construyeron a base de cerveza…
En medio de tanto lío y de tanta información que acaba produciendo desinformación, le parece que cualquier cosa, en su justa medida, puede ser útil y que a lo mejor no existen los venenos, todo es cuestión de dosis.
                                 
                                *

DR. ZABROWSKI

El Dr. Pembrok Zabrowski, catedrático de Prehistoria Comparada y Antropología Social en la Universidad de Osuna, ha participado en importantes excavaciones en Tanzania y los montes Virunga en pos de los rastros del origen del hombre. Dice que, después de tantos años dedicados a la investigación y al estudio, ha llegado a la penosa conclusión de que el futuro de nuestra especie es desastroso y previsiblemente cercano.
El hombre de la pipa, sin contar con tantos elementos de análisis, no puede evitar estar de acuerdo con el profesor Zabrowski. Solo espera que la cercanía no se convierta en inmediatez.

POLITICOS

Dice el profesor Zabrowski que una vez tuvo la tentación de meterse a político. “Así podre hacer algo por mis conciudadanos. Devolveré a la sociedad parte de lo mucho que me ha dado”. Luego descubrió que la política se ha convertido en un oficio de por vida, que corrompe con peligrosa facilidad (El ser político tiende necesariamente a la corrupción moral, decía Labordeta) y que, con frecuencia, es una permanente carrera tras los votos necesarios para mantenerse sobre el lomo del macho. Entonces, decidió dejarlo. “Poco tiempo me habría de quedar para trabajar por el bien de mis conciudadanos”, le dijo al hombre de la pipa.

DIOSES Y RELIGIONES

Una vez el hombre de la pipa estuvo a punto de abrazar una religión.
Es fácil, le dijeron, tu ya eres un hombre bueno (le sorprendió que para ser bueno tuviera que ser religioso), solo tienes que reconocer que Dios (este) es el único verdadero.
—Sí, pero si me convierto en seguidor de este dios, me enemisto de inmediato con todos los demás que aspiran a ser igual de importantes. No lo veo claro.
El hombre de la pipa decidió, por el momento, dejar las cosas como estaban.


MELANCOLÍA

El Dr. Zabrowski se entristece con frecuencia en los últimos tiempos. Una suerte  de melancolía tenaz lo invade.
—No veo más que estupidez a mi alrededor, estupidez, sinvergonzonería, choriceo en nuestros dirigentes y pasividad aborregada entre mis conciudadanos y en mí mismo. Este es un país desdichado que ha perdido el norte. Nos hemos vuelto insensibles a la desfachatez y permitimos que los caraduras nos den lecciones de moralidad. Luego seguimos votando a los mismos corruptos y estafadores que nos han engañado y se han alzado con el santo y la limosna. Y no te digo si les pones en las manos una tarjeta de crédito.
El hombre de la pipa lo escucha un poco avergonzado y cree comprenderlo.



DIOSES Y GUERRAS

—Las creencias son el peor veneno de la humanidad, y cuando se toman en grandes dosis producen grandes catástrofes, dice el profesor Zabrowski.
El hombre de la pipa, sorprendido por tan rotunda declaración, intenta templar gaitas:
—Hombre, Pembrok…
—Lo que yo te diga. Si no existieran los dioses, y por tanto las creencias, desaparecerían como por ensalmo una gran parte de los motivos de controversia entre las gentes.
—Quedaría la cuestión territorial…
—En efecto, pero en eso siempre se puede llegar a un acuerdo, en lo que jamás se puede conciliar es en hacer convivir a dos dioses que son antagónicos por principio. Mira el desastre que está sucediendo en Palestina. Y todo porque el pueblo elegido quiere el mismo territorio que tuvo hace ya unos miles de años, el que su dios, según dicen, les confió. Ahora se sienten obligados a desplazar a los que ocuparon la zona con posterioridad amparados por los países que querían quitárselos de encima. Y si no se quieren marchar, exterminio con ellos, que los judíos han sufrido una larga experiencia al respecto.
El hombre de la pipa guarda silencio y se hace el firme propósito de reflexionar sobre el tema.

IGNORANCIA

—Y le diré otra cosa: sobre la creencia, planea de forma tétrica y amenazadora la sombra de la ignorancia. Ese es el gran problema, la mayor lacra de la humanidad. De la que se aprovechan, por un lado los que se cuidan del gobierno de nuestros cuerpos y por el otro los que se sienten obligados a preservar nuestros espíritus para ignotas bienaventuranzas.
—Pero Ud. dice siempre que la ignorancia es responsabilidad de todos…
—Y lo mantengo. La ignorancia es la mejor arma de los poderosos y la hemos abandonado en sus manos. Un pueblo ignorante es sumiso y un pueblo sumiso es fácilmente manejable, más si se le atonta con creencias, castigos divinos o paraísos ilusorios como recompensa a su resignación. Mientras, los poderosos medran a costa de ellos y se dan la gran vida.
— ¿Los políticos?
—No, hombre, no, los políticos son marionetas irrelevantes, los verdaderos poderosos pasan desapercibidos, son los que manejan el capital mundial, ese que no tiene nombre ni patria; los que deciden el futuro de los pueblos, los que hacen subir o bajar la Bolsa, los que gestionen el hambre y la salud de los pobres, los que mantienen las guerras mientras venden armas a los dos bandos. Esos desdichados son los auténticos dueños del cotarro. Los que piensan que van a vivir eternamente y se nutren de la podredumbre que crean a su alrededor.
El hombre de la pipa escucha atentamente y se promete firmemente no volver a tirarle de la lengua a su amigo Pembrok.

VALORES

A decir de los Libros, cada dios creó a los suyos y dejó fuera a los otros. A unos les llamaron fieles y a los otros infieles. Algunos dioses, además, escogieron de entre la amplia humanidad a uno de los pueblos para que, siguiendo la ley única trajeran al redil a los demás. Casi todos ellos prometieron a sus criaturas, como recompensa por la docilidad y el acatamiento, paraísos y venturas para cuando se traspasara el umbral de la vida, de modo que no sabemos con certeza si tal recompensa existe.
Dice el profesor Zabrowski que ya podían haberse puesto de acuerdo los dioses y hacer una faena conjunta. Los hombres nos hubiéramos llevado mejor y ellos también.
El hombre de la pipa piensa que su amigo Pembrok casi siempre está en lo cierto y que, quizás por ser de padres distintos, las vidas de los hombres tienen valores muy diferentes.

REFLEXION

Al hombre de la pipa le inducen a reflexión los comentarios de su amigo Pembrok. He aquí un párrafo encontrado en la lectura de George Santayana (El Soviet Estético, Revista Turia nº 109-110 p. 154) que parece venir al pelo sobre el asunto de las religiones:
Si las grandes religiones tienen un carácter diferente y parecen más bien gobiernos o ejércitos imperiales es porque no representan solamente el exceso devocional o el elemento especulativo de la sabiduría humana sino que procuran seriamente ajustar al individuo a las fuerzas que controlan su vida: llegan en nombre del Señor, con ira en su voz y manos llenas de promesas.
Y, esta otra de Mauro Armiño en: Tres fragmentos suprimidos de Madame Bovary, Revista Turia nº 109-110 p. 48: Perdóneme -interrumpió el Sr. Homais-, se puede permanecer en el buen camino sin seguir para nada el de la Iglesia. Mejor admitir todo. Seamos tolerantes y filósofos, examinemos las cosas; y no es para atacar la religión. Yo la respeto, sé que se necesita una; pero, en fin, el dogma no implica en absoluto moral, como tampoco la virtud depende de la creencia.
Puede que sea así, piensa el hombre de la pipa.
LA PINZA DEL NEANDERTAL

Asegura el profesor Zabrowski que el logro fundamental del desarrollo humano fue el pulgar oponible, el que permitió en interacción con el cerebro y que ambos se perfeccionaran hasta alcanzar una gran complejidad. En realidad, no fue un invento neandertal, estos lo habían heredado de los primeros homínidos cuando se separaron de sus abuelos los monos. Ahí empezó el proceso que ya no se detendría.
La pinza permitió la fabricación de herramientas cada vez más complejas y el cerebro fue capaz de establecer pensamientos abstractos y complicados. Entre ambos lograron construir un mundo lleno de avances tecnológicos y de maquinas capaces de reproducirse a sí mismas. El hombre descubrió que puede alterar la naturaleza, comunicarse a grandes distancias y fabricar instrumentos que almacenen una cantidad de datos que para su propia capacidad son imposibles.
Dice Zabrowski que no es una utopía que esos ingenios puedan algún día alcanzar una potencia superior a la del cerebro humano y ponerse a pensar por su cuenta. Mientras tanto, la pinza va perdiendo su función. Para iniciar el manejo de las grandes maquinas pensantes, basta pulsar unos cuantos botones o pasar la yema del dedo por una superficie sensora. Puede que hayamos entrado en un proceso de involución en el que la pinza ya no sea necesaria, ni el cerebro tampoco.
A veces, las reflexiones del Dr. Zabrowski resultan escalofriantes.

CASOAR

En el momento menos pensado se tuerce el tobillo y le ponen una escayola. Después de unos días de reposo, se aventura a dar un paseo y ve las calles llenas de personas que también andan cojos. Quizás es entonces cuando aprende a desconocerse, como si de pronto se hubiera transformado en un casoar.
Tiempo después, le entra una esquirla en un ojo. El doctor se la extrae y le recomienda permanecer durante un tiempo con el ojo tapado. Cuando sale de paseo, ve tuertos por todas partes. Eso le hace pensar en un mundo de casoares con un solo ojo.

Pasan los años y en la calle se ve rodeado de viejos, todos tienen ojos lánguidos y tristes.  Pasan más años, el fuelle se le acaba. Cuando llega al cementerio, le  tienen que buscar un espacio porque apenas queda sitio. 

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