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En cada una de las pestañas encontrareis una seccion diferente: en "Pagina principal", las entradas habituales. En "Trabajos y días", articulos de literatura e historia, "De mis lecturas" reúne notas, resumenes y opiniones sobre libros que me interesan y he leído en los últimos tiempos. En la pestaña "Desde el Asilo" (Libro), están todas las historias contenidas en ese libro, en cuyo inicio se explica el titulo de este blog. "Cuentos truculentos" reúne los comprendidos en el libro del mismo título. Cualquier texto que aqui se publica está a disposición del publico, naturalmente citando la fuente. Sírvase usted mismo.















CUENTOS TRUCULENTOS (LIBRO)




CUENTOS TRUCULENTOS


                            Mariano Sanz Navarro




La Monja


Otras noches complacida
Sus palabras escuché;
La dichosa sencillez

Y la calma venturosa

Me hicieron apetecer
La soledad de los claustros
Y su santa rigidez.
Más hoy la oí distraída,
Y en sus pláticas hallé,
si no enojosos discursos
a lo menos aridez.

D. Juan Tenorio


El convento está situado a las afueras del pueblo. Hace ya muchos años, un patricio rural de negra conciencia quiso lavarla donando a las monjitas de Sta. Clara un hermoso huerto de limoneros. Se hizo común, después de la guerra, que muchos hipócritas con historias sucias sobre la conciencia, se redimieran donando tierras a la Iglesia o comprando santos que sustituyeran a los muchos que las llamadas hordas rojas habían destruido en su afán incendiario y purificador.
Las monjitas una vez dueñas del huerto, se las ingeniaron para que, entre unos y otros, les construyeran un convento desangelado y frío, pero muy espacioso, en cuya parte trasera todavía quedaba suficiente lugar para que alborotaran cantarinas, gallinas y ocas. La comunidad estaba formada por mujeres de origen sencillo, en la mayoría de los casos cedidas por los padres a edad temprana como escapatoria de un horizonte cierto de hambre y miseria. Una boca menos que alimentar era una liberación y el convento garantizaba, amén de la frugal comida, el vestido, la ocupación virtuosa y las plegarias que habrían de beneficiar a toda la familia; al fin y al cabo, nunca se ha oído decir que un exceso de indulgencias le haya hecho daño a nadie.
Como monjas de clausura, tienen un horario rígido y reiterativo sin resquicio para la actividad personal. “Ora et labora” dice su máxima, que así se evitan los malos pensamientos generados por la ociosidad. Sólo en Semana Santa y en Cuaresma aprovechan para intensificar la mortificación en recuerdo de la Pasión de Nuestro Señor, y para hacer los ejercicios espirituales, contemplando más de cerca las postrimerías del hombre, que el sano temor a las horrorosas y sempiternas penas del infierno ha de mantenerlas lejos de las improbables tentaciones. El día empieza al amanecer con los maitines y está lleno hasta la hora nona, de rezos y cantos, con sólo unas pocas dedicadas al trabajo de la encuadernación o del huerto, con cuyos ingresos y las limosnas viven de forma sencilla, que les es suficiente.
Nada hay imprevisto, salvo la lucha diaria con el Maligno, del que las santas mujeres tienen la imagen tétrica y amenazante que les han ilustrado sus guías espirituales. Se lo imaginan, pervertidor gratuito de almas virtuosas, con negras alas de murciélago, lengua rojiza de dimensiones vergonzosas, pie hendido y rabo largo y vicioso. El resto del mundo, el siglo proceloso y desconocido, que comienza más allá de la tapia del convento, también está lleno de maldad y de pecado. Ellas, que se sienten co-responsables de los pecados de la humanidad, rezan de continuo pidiendo a Dios y a sus dulces San Francisco y Santa Clara, clemencia para el orbe de descreídos que viven extramuros.
La hermana Inés lleva treinta y dos años de religiosa. A los catorce entró de novicia, profesó a los dieciocho haciendo votos de pobreza, castidad y obediencia, y ha dejado otros tantos en este convento. Desde entonces, su vida ha sido cada día igual. Se levanta al amanecer, ora, trabaja, canta, medita… Pero hace tiempo que se siente inquieta. El desasosiego desconocido se apoderó de  ella un aciago día, y hace que se distraiga en el rezo y en la meditación. Ya no le resultan dulces las plegarias que antes le llenaban el espíritu de sosiego, su voz enronquece insincera en la plegaria y la paz del descanso cotidiano la ha abandonado. El confesor, al que tiene que recurrir cada vez con mayor frecuencia, le dice que son cosas normales, quizás propias de la edad, la reconforta y le recomienda que intensifique el rezo y que acuda a la mortificación. Desde entonces, un cilicio de alambre le lacera el muslo y una cuerda de basto cáñamo le oprime la cintura, bajo el hábito.
Pero el malestar de Sor Inés no remite. Habla con la superiora y le expone, con toda honestidad, su situación; no es feliz en el claustro. La discreta sencillez que le bastó durante muchos años, ya no es suficiente. La creencia a pies juntillas choca con su razón, necesita comprender más, necesita que su mente y su corazón acepten lo que la fe le impone. Se da cuenta de su falta de formación para entender muchas cosas. Las preguntas que se hace, a pesar suyo, quedan siempre sin respuesta, y van amontonándose en un fardo cada vez más difícil de soportar.
La Madre superiora, con un sobresalto que esconde cuidadosamente, le habla de pérdida de vocación, del alejamiento de la gracia con que Nuestro Señor quiere probarnos a veces, de la fe que debe pedirse a cada instante…Procura devolver la paz a aquel espíritu atormentado, pero ha advertido, aterrorizada, la llamarada de la razón que abrasa la pobre cabeza llena de niebla. A lo largo de meses, sostienen varias charlas hasta que, de común acuerdo, con el capellán, concluyen en una retirada temporal del convento. Sor Inés debe probar la vida del siglo y si le acomoda, la Madre superiora pedirá dispensa al Santo Padre para que vuelva al mundo seglar.
Sor Inés dudaba dentro del convento, pero también duda fuera. Se ha instalado en casa de una vecina, bonachona y mística, monja frustrada sin duda, que tiene aburrido al marido y a los hijos con sus beaterías de santurrona y con sus remilgos de virgen retestinada. Sor Inés, en su compañía, sigue con los rezos y busca trabajo. Acaba por darse cuenta de que no sabe hacer nada que sea útil, como no sea limpiar, si acaso puede ayudar a encuadernar libros, como hacía en el convento. Acaba colocándose como cuidadora de una señora anciana que está impedida, con la que pasa las noches. Ahora experimenta la caridad cristiana de forma diferente y aunque es caridad pagada, a veces se exaspera y tiene que recurrir a toda su paciencia ante las impertinencias insoportables de la vieja que no se decide a morir.
Llega un momento en que ya no puede más. El gato vivo que tiene en el estómago cada vez se pone más rabioso. Un día se despide de la casa diciendo que se siente enferma y que vuelve con su familia. Reúne sus cuatro pingos en la misma sobada maletucha de cartón que sacó del convento y toma un billete para la lejana ciudad del norte en la que ha nacido. Deja la maleta en consigna y, ya entre dos luces echa a andar por la vía; su tren no pasa hasta la media noche. Durante el paseo, que le relaja los nervios, le viene a la cabeza la hermosa ilustración que ha contemplado durante tantas horas en el convento. Alguien les trajo a restaurar un viejo códice, un libro de horas muy antiguo en el que había un grabado representando a San Juan el Bautista recién decapitado por un esbirro, al lado del cual Salomé, la instigadora del crimen permanece esperando con una bandeja sobre la que depositar la cabeza del Bautista. Un chorro de sangre pintado con aire lleno de infantil sencillez salpica las hierbas que rodean la casa, por una de cuyas ventanas, de bruces, asoma el cuerpo sin cabeza.
Al revivir la sangrienta escena que tantas veces en los últimos tiempos se le ha presentado en la imaginación, siente de pronto una paz desconocida y como en un destello repentino, descubre el camino de la liberación. A lo lejos escucha el pitido de una locomotora y entonces ya no duda. Se arrodilla junto a la vía y coloca la cabeza sobre el raíl. El frío del hierro la estremece cuando coloca el cuello sobre él, echando hacia atrás el pelo que ya va teniendo largo. Acomoda el cuerpo sobre el talud y vuelve la cabeza para no ver el tren que, en la oscuridad, se acerca ganando velocidad.
Un segundo después oye un gran ruido, como una explosión, después la libertad.


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El cascarón

Dígale – sonrió el coronel- que uno no se muere cuando debe, sino cuando puede.
Cien años de soledad.

No ha pegado ojo en toda la noche. Tendido boca arriba en el jergón de perfolla de panocha duro y lleno de nudos, ha escuchado los ronquidos intermitentes de su mujer, el ladrido de los perros, el canto del búho. Empieza a clarear y los ojos abiertos como platos, otean la oscuridad en la que se vislumbran las grietas del techo. En algunas, cabe un dedo. Por un momento se dice, como todos los días, que tiene que arreglarlas, pero al minuto siguiente sabe que nunca las arreglará. A partir de hoy, ya nunca arreglará nada. Sin amargura recuerda otra noche, hace años, en que también permaneció con los ojos abiertos, pensando en las rajas del techo. Sus hijos aún no habían nacido ni él se había casado con la Antonia, a pesar de ser, ya entonces, mozo viejo. Fue la noche en que decidió unirse al maquis antes de que lo detuvieran por prófugo. Aquella madrugada, moviéndose con sigilo para que no lo oyera su madre, que dormía en la misma habitación y en la misma cama donde ahora él permanece despierto, se levantó y recogió sus pocas ropas, los únicos zapatos, un pan grande y un trozo de queso. De herramientas, la navaja grande y la escopeta con los diez cartuchos que le quedaban. Recuerda que salió por el patio, sin hacer ruido, con un nudo en la garganta, no sabría decir ahora si de frío o de miedo.
Los encontró, donde habían quedado, bajo el puente de la rambla. Bultos oscuros envueltos en mantas muleras de las que salían, como antenas, los cañones de las escopetas. Desde aquella noche habían pasado veinte años. Lo recuerda como si fuera ahora. Aquella fue la primera de muchas pasadas al raso, con frío en invierno, con hambre muchas veces, con miedo siempre. Tiros habían pegado pocos. enseñar las escopetas, sí, para pedir comida o alguna manta, pero tiros, sólo aquella vez que se habían topado de casualidad con dos civiles que andaban, entretenidos en la charla, tan perdidos como ellos y que echaron mano a los naranjeros con tan poca gana y tanto sobresalto como ellos a las escopetas. Se metieron debajo de las jaras, dieron unos tiros y en cuanto pudieron, salieron cada grupo por su parte y procuraron alejarse en direcciones contrarias. Quizás aquel encuentro fue el que los decidió a terminar con la vida de huidos. Después de diez años, las aguas habían vuelto a su cauce y en las aldeas donde se aprovisionaban oían decir que habría perdón para los que se entregaran si no tenían hechos de sangre. Los cuatro, que seguían juntos, eran más ignorantes que malos y acabaron entregándose, después de enterrar tres de las escopetas, por si un por si acaso.
Andrés, pasó los inevitables días de cárcel que fueron los mínimos para identificarlo, hacerle papeles nuevos y pegarle todas las hostias que se le ocurrían al que se lo tropezaba. volvió a su casa, diez años después, más o menos con lo que había salido; unos pantalones con remiendos de pana en las rodillas, un camisón mugriento, una chaqueta deshilachada y una gorra con más mierda que el rabo de una vaca. Dinero, ni se sacó, ni había usado, ni traía. La escopeta quedaba bien liada en un saco, donde él sabría encontrarla en caso de necesidad.
En la cama, cuya dureza ya no nota al cabo de tantos años de sentirla, recuerda cuando llegó, andando, desde Albacete. La madre había muerto. La casa se cerró y así llevaba tres años. Tuvo que saltar la tapia del patio y descerrajar la puerta de atrás, que tampoco fue difícil. Las cuatro cosuchas que tenían estaban en el mismo sitio que las recordaba, y comenzó a vivir de nuevo como si se hubiera ido el día antes.
Tenía cuarenta y tres años, una casa y dos manos para trabajar en la tierra, que es lo único que sabía hacer. Se casó al poco con la Antonia, que era medio pariente suya y también moza vieja. Fue un buen apaño.
Al poco tiempo nació el nene y a los dos años el Antoñin. La madre parió y crió bien, que era ancha de ancas y de buenas tetas. Mamaron hasta que les salieron los dientes y se empinaron jugando en el patio con las gallinas y los cabritos, con el culo al aire y las pichicas como gusanos golpeándoles los muslos cuando se echaban a correr detrás de los pollos.
El nene no arrancó a hablar hasta los cuatro años, y aún ahora no se le llega a entender bien lo que dice. Salió algo torpe, la criatura, quizás del hambre que pasó de pequeño, que muchos días no había más que una sartená de migas con poca sustancia para comer y a la noche un mendrugo, para roerlo mientras les venía el sueño. El Antoñin es más espabilao, se lo llevaron a la escuela cuando tenía ocho años, y sabe leer y escribir. vino un día la asistenta social y se puso a decir que los chiquillos no se podían criar como las bestias, que tenían que ir a la escuela, que para eso estaban los autobuses del ayuntamiento, que los recogían por la mañana y los traían por la tarde, y además les daban de comer. Él se dejó hacer porque no quería líos, pero bien sabía que lo que tenía que aprender la criaturica, lo podía aprender sin salir de la casa.
Todo eso le ha pasado por la cabeza en un momento. El canto del gallo lo sobresalta y le recuerda que tiene que levantarse. Se cala la gorra que duerme en la mesilla y sale al patio. “el pistón”, el perro lanuo, se le restriega en la pierna. ¡Chucho!, le dice y coge la cuerda gorda, la de atar las garbas de leña, se la echa al hombro y sale por la puerta del patio camino del coto.
¡Lástima que se hayan torcido las cosas! En estos últimos años, parecía que todo iba bien, entre el jornal fijo suyo y la paga que le daban al nene por inútil, no escapaban malamente. Las cuatro cabras que vivían a base ramuja de limonero, el puñao de gallinas y las dos conejas que la Antonia criaba con cerrajones, también ayudaban.
Lo jodío fue el accidente aquel. Ya ves que cosa más tonta. Él iba al pueblo por su derechica, como siempre, a paso de carro, que el amotillo no daba para más y el chiquillo, enjugascao con la pelota, le salió del huerto como una bala. Casi no se hizo ná, cayeron los dos al suelo y el zagal se aporreó en una pierna, que se la esolló una miaja, eso fue todo. Y ahora dicen que la culpa es suya, que tenía que haber frenao antes. ¿Cómo iba a frenar si el amoto tiene más años que la luna y la única forma de pararlo es con los pies?
Bien claro lo dice el papel: que tiene que ir al juez el día veintisiete. Y los jueces te meten en la cárcel, y lo que es peor, igual te quitan la casa y dejan a la Antonia y a los zagales en la puta calle. Mira que se lo ha dicho siempre; no salgáis de aquí que puede pasar cualquier cosa. Pues ahí lo tienes, ya ha pasado.
Menos mal que él no es tonto, que para eso ha visto mucho mundo. De algo le tienen que servir los años que ha estado por ahí tirado. Todo el asunto va con él ¿no? pues muerto el perro, se acabó la rabia.
Se adentra en el coto, que tan bien conoce. Sabe el árbol que busca: el pino grande de la hondonada, donde tantas veces ha puesto las trampas para conejos. Trepa despacio, poniendo los pies en los tocones astillados hasta que llega a media altura. Ata la punta de la cuerda a una rama gorda y hace una lazada con el otro extremo. Se la echa al cuello, la anuda y sin pensarlo dos veces, se deja caer a plomo por entre las ramas. Después del tirón del cuello y el estallido de luz, ya no siente nada más.
Dos meses después, unos cazadores, siguiendo el rastro de una zorra coto adentro, encontraron a los perros peleándose por unos restos humanos debajo de un enorme pino. Lo más grande que quedaba era el cascarón, con piltrafas de carne seca pegada a las costillas, debajo de una cuerda podrida por el sol y la lluvia.


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El gato
De quince a veinte es niña; buena moza
De veinte a veinticinco, y, por la cuenta
Gentil mujer de veinticinco a treinta;
¡Dichoso aquel que en tal edad la goza!
Francisco de Quevedo


Claudia cumplirá los dieciocho a final de septiembre. Ha sido un curso estupendo. Además de haberse convertido, casi por ensalmo en una espléndida mujercita de carnes prietas y pechos desafiantes, ligeramente caídos hacia arriba, ha aprobado la selectividad con suficiente nota para entrar en Ciencias Exactas, que es lo que pretendía desde hace tiempo. Ha sido duro, no se ha perdido ni un día de clase, del instituto a su casa, de su casa al instituto y a no levantar la cabeza del libro hasta muy tarde todas las noches, innumerables horas de biblioteca… Los fines de semana, como único esparcimiento, salida con las “pavis” ataviadas de Mata-Hari pueblerinas a tontear a las tascas, pero ahí está el resultado. Ahora, durante  todo el verano, a divertirse, hasta que se le olviden las fatigas pasadas. El curso que viene, empezaremos de nuevo y ya veremos qué pasa.
Mientras se revuelve, nerviosa en la cama, Claudia piensa en todas esas cosas y en el interesante viaje de fin de curso que empezara mañana y para el que han estado recogiendo dinero y haciendo loterías  durante todo el curso. Se van las cuarenta alumnas de cou a Roma, acompañadas de los dos dragones más carcas de entre todos los profesores, pero eso no les preocupa. Ya sabrán darles esquinazo cuando la ocasión se presente. Ellas son mayores y se las saben todas.
Una vez en Roma, Claudia se siente extasiada. Lo que ve supera a su más alocada fantasía. Le habían contado lo hermosa que resultaba la Plaza de San Pedro, la había visto ya en postales y grabados, pero no podía imaginarse lo que de verdad se siente cuando uno se encuentra en medio de ella; hasta tienen ocasión de ver al Papa de lejos en una de aquellas multitudinarias audiencias con gentes de todos los colores; lo mismo le pasa con la Capilla Sixtina, y con la Fontana de Trevi, con el Coliseo, la Plaza Nabona y con todo lo que ve. Se siente realmente impresionada, se queda con la boca abierta a cada paso.
Al tercer día de estancia, el personal ya ha hecho travesuras de todos los tipos y el cansancio de tanto monumento y de tanta cultura de autobús empieza a hacer mella en sus incansables naturalezas. Después de convencer, con mucho esfuerzo a las dos cariátides remisas, deciden irse de compras en pequeños grupos, a disfrutar de la libertad de los últimos días. Claudia y sus dos mejores amigas, Begoña y Cristina, una vez comidas en el hotel, para ahorrar, salen rumbo al Trastévere en busca de aventuras. Después de cambiar de autobús dos o tres veces y perderse otras tantas, llegan al barrio, pasean, miran, exploran, se meten en las tiendas, preguntan precios una y otra vez, compran alguna chuchería, se ríen, se divierten como locas, viven, en fin la desbordante juventud que se les sale del cuerpo. A la caída de la tarde, agotadas, se sientan en una terraza a tomar un refresco. Begoña, que es la más lanzada pide un extraño vermut de un color rosa pálido, lleno de burbujas cosquilleantes que le proporciona un agradable mareillo lleno de desinhibiciones. Se compran un paquete de rubio y se ponen a fumar como crías jugando a mujeres fatales. Charlan y se ríen como chiquillas que son. Unas mesas más allá, tres chicos de veintitantos años, hace rato que no les quitan el ojo de encima. Ellas se han dado cuenta, y como quien no quiere, se hacen las interesantes echándoles sonrisitas y miradas de reojo, se les ríen las carnes y sienten un cosquilleo especial en el cogotillo. Por fin se les acercan; el que dirige la pandilla se presenta, muy fino, en un castellano macarrónico especial para turistas. Tiene más tablas que Margarita Xirgu, pero ellas lo encuentran espontaneo y natural. Se llama Gino; les presenta a los otros dos camaradas. Resulta que están de paso, son de la Toscana y vienen a visitar a unos parientes de Gino que tienen un palacio no muy lejos de allí, ¿No les apetecería verlo? Son gente muy simpática. ¿No les gustaría comprar algo de cristal? Su tío, casualmente, tiene tratos con una fábrica de Murano y a veces se trae piezas con un pequeño defectillo, casi inapreciable; se las podría vender a muy buen precio.
Las pavis están alucinadas con aquellos seductores de opereta que las amontonan en un Fiat destartalado para pasearlas por Roma y se alucinan aún más con el palacio que resulta ser un enorme caserón medio desvencijado en las afueras, decadente pero aún lleno de objetos valiosos,  restos de tiempos mejores. El tío es un personajes astuto y elegante, un tanto melifluo y obsequioso, que si las nenas no fueran tan jóvenes les habría recordado al inefable Totó de las películas de los años setenta. La señora de la casa, gorda y distante, pintada como un cromo y empavesada como un navío preparado para revista, les ofrece un café expreso; especial – les dicen – como solo se puede tomar en Italia. Por fin, les colocan un juego de café en el triple de su precio, pero eso sí, con un aura de misterio que es probablemente lo que más vale del conjunto. Gino se las apaña para apartar del grupo a Claudia con la excusa de enseñarle la casa; se la lleva por lóbregos pasillos y la besa en el primer recodo con un arte producto de muchos ensayos. La cría siente un temblor en las piernas que está a punto de tirarla al suelo y el estómago se le pone del tamaño de una nuez. En los brazos del habilidoso mozo ha dejado de pensar; es como si hubiera llegado a otra galaxia donde oye unas músicas que nunca había oído y siente unas cosas que nunca había sentido. Todo se precipita y la cabeza parece estallarle cuando Gino la recuesta, sin violencia, sobre una cama de alto dosel, encima de una colcha de terciopelo rojo con colgantes de oro que a ella le parece maravillosa y que a la luz del día hubiera revelado un extenso mapa de historias parecidas escritas con manchas de todos los colores y arrugadillos de sudor retestinado. La experiencia le resulta extraña, no ha sido dolorosa pero tampoco placentera. Se ha quedado como levitando. El corazón se le encoge, necesita tiempo para digerir aquello. Un manojo de sentimientos diferentes y desconocidos le bullen en la cabeza.
Esa noche no pega ojo; al malestar físico que siente, un malestar extraño y nuevo que en algunos momentos resulta agradable, se añaden vagos sentimientos de culpa y una sensación de ternura recién nacida por aquel galán que ha prometido venir mañana a despedirla al aeropuerto y con el que ya ha empezado a forjarse pintorescas historias que, en el fondo, sabe solo fantasías.
En efecto, el mozo aparece unos minutos antes de que salga el avión, trajeado como un dandy de opereta, oliendo a colonia barata y el pelo embadurnado de brillantina. A la luz del día parece un poco más vulgar. La besa con familiaridad, como si de antiguos amantes se tratara; a ella vuelven a temblarle las piernas y la carne se le hace aguate; le promete ir a España pronto, se muestra tierno y comedido y la chiquilla se derrite sintiendo que todas las dudas en que ha pasado la noche se disipan. Le ha traído, como regalo de despedida un paquetito del tamaño de una caja de zapatos, primorosamente envuelto en un elegante papel de colores, pero le pide que no lo abra hasta que el avión salga; quiere que sea su “hasta pronto”, que sea su vínculo de unión, para que lo recuerde como él ha de recordarla siempre. Se despiden una y mil veces, se besan con el ansia desesperada de la partida; embarcan y Claudia ocupa presurosa su asiento llena de impaciencia por conocer el misterioso contenido de la caja. El avión ya está despegando cuando la abre y se queda muda y horrorizada; dentro de la caja, un gato menudo y renegrido con el pelo hirsuto y entrapizado yace, con el hilo de nylon que lo ha ahogado, aún anudado al cuello. Una baba blanquecina y espesa le llena las fauces desencajadas, de pequeños dientes puntiagudos; y las patas estiradas y rígidas dan fe de los momentos de agonía aún recientes. Tiene sobre la barriga un cartón con letras toscas, mayúsculas, en el que se lee: “Bienvenida al club de los sidosos”.

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El colilla

En esta sazón le presentaron unos niños para que pusiese sobre ellos las manos y orase. Más los discípulos, creyendo que le importunaban, les reñían. Jesús, por el contrario, les dijo: dejad en paz a los niños y no les estorbéis de venir a mí; porque de los que son como ellos es el reino de los cielos. Y habiéndoles impuesto las manos y dado la bendición, partió de allí.
Mateo, 19-13

El padre de Luisito, don Mamad Rovira y Fernández de Montiel, era alférez provisional, ex–cautivo, simpatizante de la masonería de toda la vida, caballero donde los hubiera y notario del ilustre colegio de Albacete; culto, elegante, aunque algo relamido y con su poco de cursi a la antigua usanza. La notaría, aledaña a la vivienda, tenía un amplio despacho de  estilo chippendale con estanterías hasta el techo que albergaban libros referentes a cuanto dios crió. Era el sancta-sanctórum en el que Luisito se aventuraba cuando la ocasión lo permitía para “explorar”, como él decía, en un estado de febril excitación lleno de continuos sobresaltos y temores a ser descubierto.
En sucesivas incursiones había ido desvelando pequeños misterios escondidos en la profundidad de los cajones; lápices bicolores y extraños de épocas pasadas cuidadosamente afilados a navaja por ambos extremos; agendas resobadas con indescifrables anotaciones y largas filas de números cabalísticos; un sacapuntas camuflado bajo la estatuilla de bronce de una bailarina con la pierna extendida; y otros muchos objetos pretéritos e inusuales. Luisito, a sus once años, era el más atrevido de los hermanos y se había convertido en un experto en registros, sobre todo desde que había dado con la pistola.
Era un revólver del calibre 32 que dormía en el doble fondo de un cajón, con cachas de madera primorosamente talladas, niquelado y reluciente sobre cuya procedencia Luisito se hacía fabulosas elucubraciones, figurándose al ahora inefable y pacífico don Mamed como arrojado y secreto aventurero en su juventud, capaz de imponer respeto y aún terror con aquella temible herramienta pendiente del cinto, en una hermosa funda de rígido cuero bien sobada. En su calenturienta imaginación veía a su padre corriendo innumerables aventuras y siendo el aterrador azote de los villanos sanguinarios que poblaban los tebeos de Roberto alcázar y piedrín. en la soledad del despacho, sacaba el revólver de su funda y se entretenía haciendo visajes con él, disparando a imaginarios enemigos y viendo caer a sus pies a los que habían osado resistírsele, atravesados por las certeras balas de omnímodo poder que les colocaba entre ceja y ceja con una puntería que envidiaría Billy el niño.
(Luisito nunca llegaría a saber que el arma era depósito, que un amigo de D. Mamed, policía de la secreta, le había confiado después de la guerra. este lo había sepultado en el fondo del cajón y ambos, policía y notario habían olvidado el hecho para siempre).
cuando aquel año su padre lo matriculó en el colegio de los venerables hermanos, Luisito había estado a punto de confiarle el fascinante secreto de la pistola a manolo, su compañero de banco, que era el primero y mejor amigo que en el colegio había hecho; pero contenida la primera intención, lo pensó mejor y el audaz descubrimiento quedó silenciado.
El hermano que les tocó en suerte ese año era tan bajito que parecía de rebajas y su cabeza no sobresalía por encima de los educandos cuando salían a paseo de romanos y cartagineses por los alrededores del colegio. Era el hermano José, universalmente conocido como “el colilla”, bonifacio y algo tontucio aunque resabiado, lo que no resultaba nada extraño sobre todo, si se tiene en cuenta que se veía obligado a lidiar en tan desventajosas condiciones físicas con treinta cabroncetes de diferentes pelajes. Su cabecilla monda, que recordaba el perfil de uno de esos blanquecinos garbanzos del bierzo, tomaba tintes apopléjicos cuando se enfrentaba al hecho de que, salvo los cuatro pelotas de la primera fila, nadie hacía el más puñetero caso de sus doctas explicaciones.
Luisito se había alineado de forma natural con los réprobos que compartían los últimos bancos, las peores notas en conducta y los castigos de los jueves por la tarde. El boletín de notas se repartía cada quince días y era una libretita azul donde se acumulaban, para vergüenza de su poseedor, la larga trayectoria de fracasos y maldades reflejadas en puntuaciones raquíticas en el apartado de “conducta” que, en su caso, nunca remontaba el tres y medio. Era preceptivo que lo firmaran los padres, pero d. Mamed llevaba mucho tiempo sin echarle la vista encima; unas veces porque se perdía, otras porque “no los han repartido todavía” y las más porque su firma era hábilmente falsificada. el castigo por aquella vergonzosa escasez de puntos, consistía en pasar la tarde de los jueves, que “los buenos” tenían libre, encerrados en un aula donde bajo la mirada implacable del hermano de guardia, “los malos” tenían que soportar tres horas de sedente inmovilidad, con la vista fija en el libro y en el más ominoso de los silencios.
Luisito fue a la primera sesión, pero visto lo visto, no volvió nunca más, perplejo ante la estupidez de que hacían gala los buenos hermanos pensando que él iba a acudir a un sitio como aquél por su propia voluntad. ¡Había que estar pirado! así, fue acumulando falta sobre falta, lo que acabó llevándole a ocupar el vergonzoso lugar de la tarima, a los pies de don colilla, lugar reservado a los reos de carácter recalcitrante e irrecuperable. Allí permanecía acuclillado, solitario y aburrido, mientras el diminuto profesor que raras veces osaba descender al nivel de los mortales para no verse diluido entre la multitud asilvestrada, pretendía gobernarlos desde las alturas a golpes de “chasca”.
era éste un maléfico instrumento de madera torneada inventado, en principio, para dar, con un sonido seco, paso a las preguntas de un alumno a otro, pero que había acabado por convertirse en arma agresora cuando el hombrecillo, perdida la paciencia y al borde de las lágrimas histéricas, lo empleaba sobre alguna de las duras cabezas de los díscolos.
Y fue la chasca la que tuvo la culpa de todo. A Luisito no le preocupaba lo de las notas de conducta, ni que lo hubieran suspendido en matemáticas, que al fin y al cabo se lo merecía, pero lo de la chasca ya era harina de otro costal. El hermano se equivocó el día que sorprendió a Luisito haciéndole jeribeques y sacándole la lengua a su espalda. En su nerviosismo, cometió el error de darle un golpe con aquel maldito instrumento en la cabeza empleando toda la escasa fuerza de sus esmirriados bracillos. Se produjo un momento de tensión cuando el chico retiró  los dedos llenos de sangre, le miró en silencio con unos ojos en los que se leían las crónicas completas de todos los crímenes cometidos a lo largo de la historia de la humanidad, y salió para lavarse la herida. El colilla, avergonzado de su exceso, continuó la clase como pudo, en medio del silencio general. Luisito volvió al poco con las mandíbulas prietas y los ojos rojos de haber llorado, pero serio y circunspecto, rumiando venganzas.
Al día siguiente la clase empezó como si nada hubiera pasado. Más amigos que cochinos, salieron al recreo de media mañana para jugar a “churro, media manga, mangotero”;  participó el colilla como uno más. - “para que veáis que quiero estar cerca de vosotros, y lo pasado, pasado”-. cuando le tocó a su grupo agacharse para recibir a los contrarios, dando muestras de su buen hacer y de la camaradería que lo unía con sus alumnos, ocupó el primer lugar, arremangándose la sotana y presentando el lomo con la cabeza humillada, dejando al aire un colodrillo liso como el culito de un recién nacido. Luisito se acercó a él sin prisa, como si fuera a tomar distancia para el salto. La mano, por debajo del babi llevaba rato acariciando la cálida culata del amigo. Sacó el 32, con toda parsimonia lo apoyó en la nuca reluciente de sudor y tiró del gatillo.
Tuvo que dar un paso atrás cuando la cabecilla de garbanzo estalló como una sandía madura, esparciendo trozos sanguinolentos alrededor, y el hombre de negro cayó fulminado.
A Luisito, lo de la chasca, no le había gustado.


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La tinaja


Es la mujer del hombre lo más bueno
y es la mujer del hombre lo más malo;
su vida suele ser y su regalo,
su muerte suele ser y su veneno.
Cielo, a los ojos cándido y sereno,
que muchas veces al infierno igualo;
por raro al mundo su valor señalo,
por falso al hombre su rigor condeno.
Ella nos da su sangre, ella nos cría;
no ha hecho el cielo cosa más ingrata;
Es un ángel y, a veces, una arpía;
Quiere, aborrece, trata bien, maltrata,
Y es la mujer, en fin, como sangría,
Que a veces da salud y a veces mata
Lope de Vega

La Pezonera era una finca de secano, plantada de viñas, con  dos o tres peluchones de oliveras cornicabras, pastos para poder dar cobijo a dos cientos de borregas y una hermosa cañada donde se recogía panizo para ayudar a alimentar a los tres pares de mulas necesarios para la labranza y al averío que picoteaba por los alrededores. En esa zona de Jumilla la tierra es hermosa pero ingrata, y es difícil arrancarle algo más que el áspero cultivo de secano, que en los buenos años daba su mediana cosecha de cereal. Cerca del caserón grande, el de los señoritos, en un estanque que sólo se secaba en verano, aleteaban patos y gansos, y en el enorme patio que guardaba el ganado por la noche, correteaban histéricas y vocingleras, veinte o treinta gallinas de variado pelaje que ponían los huevos necesarios para las tortillas de patatas con que la tía María remendaba las hambres ancestrales de los muleros. Aquella finca la llevaban los padres del Usebio a rento, desde ni se sabe, por lo menos desde tiempo de los bisabuelos.
El nació allí, en la casa pequeña, igual que la Tomasa y la Macaria, sus hermanas; en la cama de la madre y sin más ayuda que la de Candelaria. Después de tres años de escuela a la que acudía a lomos de su burrico nano, el Usebio ya nunca salió de la finca como no fuera para ir a Palma de Mallorca donde le tocó hacer el servicio. La verdad es que más valía que no hubiera ido, porque no hizo cosa de provecho. Lo mandaron a una batería de costa en lo alto de un cerro donde no se veía más que el mar y el cielo, allí hizo todas las guardias del mundo. Cuando le daban permiso cada quince días, en Pollensa que era la ciudad más cercana, la gente no lo entendía, o parecían no entenderle, nunca llegó a saberlo. Seguro que no era de España, tan lejos, al otro lado del mar y con aquel lenguaje extraño. Pasó tanto tiempo que creyó haber entrado en la eternidad, pero por fin estaba licenciado, le dieron una cartilla verde y un papel donde ponía que estaba libre para toda la vida. Él se calló – aprendió a callarse desde que, al día siguiente de su incorporación, cuando yendo en el tren de Valencia, le preguntara al sargento lo que faltaba para Mallorca, éste le soltó una ostra que le rompió el oído - y fue rezando lo poco que recordaba hasta que volvió a la Pezonera. Se colocó el traje de pana parda que llevaría en adelante y la boina menuda y capada que habría de acumular sudores y roña a lo largo de los años y se sintió una persona de nuevo. Al poco se casó con la María, moza de un caserío vecino a la que rondaba antes de irse y que le dio, a su tiempo, tres hijos sanos y lustrosos; la nena y dos chiquillos.
Los años pasaron veloces, unos mejores y otros peores; las cosechas no fueron malas del todo; la almazara se llenaba de vino y de aceite y los hijos se hicieron grandes. Pero a medida que el tiempo pasaba el carácter se le fue agriando de forma insensible, lo mismo que algún año el vino salía con menos grados de la cuenta… porque sí.
Empezó a darle a la frasca; al principio porque le aliviaba las dolencias y le hacía dormir mejor, luego porque se había convertido en una costumbre cultivada con esmero a lo largo de la jornada, y en los últimos tiempos porque el vino formaba parte de su vida, desde que amanecía hasta  la noche, a la que llegaba en un estado de agresivo embrutecimiento que pagaba con el primero que se le ponía a mano, casi siempre con la María. Los hijos, hartos de broncas y palizas, se fueron cada uno por su lado y él, sin fuerzas para tanta faena, tuvo que vender las mulas y buscar al desesperado de turno que le hiciera el trabajo de la tierra cuando llegaba el tiempo. Sólo se quedó el Matías, un mozo venido de no sé sabe dónde, chepado y medio tonto sin más cobijo que aquél y que recibía más de un palo como recompensa cuando al amo se le iba el traque, que era un día sí y otro también.
La María había aguantado siempre, sumisa y en silencio, al principio en recuerdo del buen hombre que el Usebio había sido y de lo felices que recordaba los primeros años, luego por los chiquillos hasta que se hicieron grandes y ahora porque no tenía dónde ir y porque no le cabía en la cabeza lo de abandonar al marido, por más que los hijos se lo dijeran antes de tirar cada uno por su lado. Le tocó esa cruz y tenía que apechugar con ella, al fin y al cabo, peor hubiera sido tener un hijo tonto o que se le fuera muerto alguno de los tres. Gracias a Dios, todos estaban sanos y la nena, con una chiquilla que daba gusto verla, y el Usebio, tampoco era malo; la culpa era de la bebida, que lo ponía como loco. Ella, en esas ocasiones, se encerraba en la almazara, echaba la tranca a la puerta grande y en la frescura silenciosa de los toneles y las tinajas rezaba el rosario o pensaba en los buenos tiempos. Para entretenerse, hacía astillas de pino para la lumbre, con el hacha mediana; encima de un tajo a propósito, colocaba los troncos y tras, tras, tras, tras sacaba trozos resinosos y menudos que ataba en gavillas para encender el fuego en las mañanas de invierno. A veces, quedaba pensativa, con el hacha en alto entre golpe y golpe, y la cabeza se le llenaba de malos pensamientos; esperaba a que el silencio de afuera le dijera que su marido ya estaba durmiendo y entonces se iba a  su camastro pidiéndole a Dios perdón por aquellas malas ideas que de vez en cuando le venían a las mientes. A la mañana siguiente, como si no hubiera pasado nada, la historia empezaba de nuevo, con más gritos y más porrazos. Cuando la cosa se encabronaba mucho, pensaba que alguna vez…
Pero de pronto, las cosas cambiaron. Después de una de aquellas broncas estúpidas y vinosas, el Usebio desapareció. Lo echaron de menos cuando el Matías encontró al morueco, jefe del rebaño, muerto. Tenía la cabeza abierta y casi separada del cuerpo a golpes de hacha. Pensaron que el Usebio, ¡vaya Vd. a saber por qué!, en uno de sus accesos de furor, la había tomado con el animal y luego, avergonzado y borracho se habría escondido en algún sitio.  Pasados dos días sin que diera señales de vida, avisaron  a la guardia civil, temiendo que hubiera hecho alguna otra barbaridad antes de irse. Removieron Roma con Santiago, pusieron telegramas a los hijos y publicaron el único retrato que encontraron, de cuando estuvo en la mili, treinta años atrás, pero todo fue inútil. Era como si se lo hubiera tragado la tierra, nadie lo había visto ni nadie pudo dar pista alguna. La María, durante aquel ajetreo, estaba como ausente y, con frecuencia, se le saltaban las lágrimas; iba por la casa como un fantasma y contestaba con monosílabos, si contestaba. Procuraron importunarla lo menos posible compadeciéndose de ella, que se quedaba sin arrimo, aunque aquel fuera un mal arrimo.
Poco a poco, sin grandes penas, en la finca fueron echándolo en olvido. Desde que el amo faltaba, aquello era una balsa de aceite. Ese año, la cosecha fue buena; la María tuvo que contratar una cuadrilla de manchegos para la siega y la casa se volvió a llenar de voces roncas y risotadas de hombres, de olor a sano sudor de gente trabajadora y a pestucia de tabaco liado. Los vecinos le ayudaron con la trilla y ellos mismos le compraron el grano, luego entre ella y el Matías se cogieron la oliva, ya a principios del invierno y repararon los grandes cofines de esparto para la vieja prensa de madera.
El aceite salió espeso y negruzco, un aceite estupendo que le valdría sus buenas perras una vez decantado en la enorme tinaja que nunca se vio vacía. Acabaron por olvidarse del desaparecido; hasta el Matías parecía andar más derecho desde que era el único hombre en la casa. Pasada la Pascua, llegó el tiempo de sacar el aceite; daba gloria ver salir, por el grifo de madera incrustado en la panza de la monumental tinaja, de más de cien años, el chorro redondo, verdoso e inmóvil, llenando garrafa tras garrafa, como oro líquido.
En aquellas estaba el Matías, en la soledad de la almazara, cuando el aceite dejó de fluir y por el cañete apareció un pedazo de trapajo blanco; le hurgó con un palitroque, pero aquello, fuera lo que fuera, estaba bien atrancado desde dentro. Se ve que había caído alguna hila por la boca, el tiro del aceite lo había llamado y era lo que cegaba el grifo. Cogió una caña larga, afirmó el perigallo a la tinaja y se subió con la intención de ver si por dentro podía pescar el trapo o lo que fuera aquello. Una vez arriba levantó la tapa de madera protegida con sacos para hacer un buen cierre, y el grito que iba a salirle de la garganta se le metió para adentro haciendo brotar un sonido ronco y entrecortado que se tragaba entre espasmos; el Usebio, espatarragado en el fondo, con la espalda apoyada en la redonda pared, lo miraba a través del aceite con ojos vidriosos y fijos, separados por el enorme tajo que le partía en dos la cabeza, dejando los sesos al aire. La punta del faldón de la camisa atrancaba la salida del líquido, que seguía cayendo con un ruidillo como de sumidero.


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El fantasma señorito

Este hombre del casino provinciano
Que vio a Carancha recibir un día,
tiene mustia la tez, el pelo cano,
ojos velados por la melancolía;
bajo el bigote gris, labios de hastío,
y una triste expresión que no es tristeza,
 sino algo más y menos: el vacío
del mundo en la oquedad de su cabeza.
A. Machado

No es que fuera malo el señorito, no. Tenía también sus cosas buenas, lo que pasa es que era como era y había que respetarlo; para eso era el amo. Al fin y al cabo, la finca había sido siempre de la familia y estaban acostumbrados a hacer y a deshacer sin tener en cuenta las opiniones de los demás. Cuando su padre murió, tuvo que venirse de Madrid, que dicen que estaba estudiando Medicina, para hacerse cargo de las tierras. La verdad es que no entendía un carajo, ni de medicina, ni de tierras ni de nada, que no había hecho más que el gandul y tirarse a las criadas de sus parientas las marquesas, con las que estuvo alojado tres años, diciendo que estudiaba sin llegar a matricularse siquiera. Eso sí, lo que aprendió bien fue a hacer el golfo y a ser más fresco que una lechuga, pero no se puede negar que tenía palmito, clase, un porte y una distinción que daba gusto verlo. Vestía como el marqués que le hubiera gustado ser. De las mozas, no digamos, las embobaba con una labia que parecía destilar miel y almíbar y cuando se venían a dar cuenta, ya estaban preñadas. El pobre Don Leandro sabría los disgustos que se llevó apañando, a base de perras, los desaguisados que le hacía el señorito, y más de una vez había estado a punto de tener un mal encuentro con el padre o con el hermano de alguna moza engañada; con ellas no, que no se sabe que les daría el señorito, pero las muy tontucias lo defendían y lo tapaban pasara lo que pasara. Por eso, cuando se fue a Madrid, todo el mundo respiró aliviado y se conoció en “Los Agrios” una temporada de tranquilidad, aunque se oyera también más de un suspiro femenino.
Después de muerto Don Leandro, cuando se casó, ya fue otra cosa. Cambió como de la noche al día; una vez dentro del santo matrimonio, se convirtió en un meapilas integral y parecía que en su vida había roto un plato, hasta miraba a las mozas de reojo y con recato, claro que ella tampoco le hubiera permitido otra cosa. ¡Bonica era! Lo hizo de Misa diaria, confesión semanal y cursillista de cristiandad, donde compartió charlas admonitorias, mesa y mantel con amigos y conocidos, pecadores arrepentidos como él, y después de confesarse públicamente en una de aquellas clausuras de catarsis colectiva e histérica que eran como un concurso de arrepentimientos, renunció para siempre a su vida pasada, y lo que es peor, pretendió que nunca había existido y jugó durante el resto de sus días a esa patraña sólo aceptada por él.
Fue lástima lo del crío, era el primer chiquillo y a lo mejor lo hubiera cambiado todo, pero tuvieron la mala suerte de que se encasquillara y después de uno de aquellos partos terribles, fruto de la ignorancia y de los medios de entonces, la criatura nació muerta y la madre quedó inútil para el menester. Lo aceptaron, eso sí, con resignación cristiana, pero algo se les torció para siempre, porque a pesar de ser los de mejor posición de la familia, siempre les tuvieron un poco de envidieta a los demás, que con menos fortuna disfrutaban de la felicidad de innumerables hijos sanos y traviesos.
Quizás fue por todo esto, y por lo aburrida que resultaba la convivencia en la soledad de la finca, con aquella mujer arrugada y frígida para los restos, que el señorito, desarrolló el gusto por las bromas. La primera vez fue cuando tuvieron de invitado a un amigo, rico, solterón y misógino recalcitrante. Para darle un poco de aliciente a las largas noches de invierno y una vez que, al amor de la lumbre se había concluido el soporífero rosario al que convocaban a los labradores, añadiéndoles aquel suplicio a las fatigosas tareas cotidianas, se conchabó con el Julián, el encargado, y entre los dos prepararon, con todo sigilo, un bulto que semejaba un personaje yacente sobre la cama del invitado. Lo remataron con una calavera de cartón que tenía un aspecto escalofriante. El muerto les quedó tan propio que cuando el buen hombre, quinqué en mano se dispuso a acostarse en la fría habitación llena de sombras, se pegó tal susto que los aullidos se oyeron en la fin del mundo y hubo que darle dos o tres vasos de tila antes de que dejara de dar diente con diente y consintiera acostarse en aquella cama, una vez eliminado el fardo y la calavera. La autoría del hecho se atribuyó a los chiquillos de la finca, pero el huésped se marchó al día siguiente pretextando no sé qué asuntos urgentes recordados de súbito. Al señorito se le acabó la diversión, que ya tenía preparadas dos o tres bromas del mismo calibre para días sucesivos.
Ensayó con otros personajes, pero cada vez le iba resultando más difícil encontrar víctimas propiciatorias y en algún caso el asunto estuvo a punto de acabar malamente, así es que se dedicó a darle bromas a las gentes de los alrededores, que de mejor o peor talante se veían obligados a aguantarlas. El que siempre salía mal parado era el Julián que, como más cercano a la casa, se veía involucrado en aquellas travesuras de adulto trasnochado, quisiera o no quisiera.
En poco tiempo, la habitación de las bromas quedó obsoleta porque todos los conocidos estaban ya en el secreto, (que era el secreto peor guardado de los que en el mundo han sido), y nadie se atrevía a entrar en ella sospechando encontrar muertos en la cama, ahorcados con una larga lengua de trapo rojo colgando en el armario y zorras embalsamadas con los dientes al aire debajo de la cama, cosas todas que ya no daban miedo a nadie, así es que el señorito tuvo que ampliar sus andanzas al exterior; y dio en disfrazarse de fantasma – disfraz, por otra parte muy al alcance de cualquier imaginación por limitada que ésta fuera - con una sábana de cama camera y la famosa calavera que tanta mili llevaba ya. Una linterna sorda que había rescatado de entre los trastos viejos de la buhardilla, completaban el sencillo disfraz.
Salía de semejante guisa y con la linterna apantallada, a escondite de su casta esposa que para esas horas reposaba en un virtuoso sueño, llamaba a cualquier puerta de los caseríos vecinos y esperaba inmóvil con los brazos abiertos bajo los pliegues de la sábana, imaginando tener un aspecto terrorífico, aunque sólo era patético. Cuando las gentes abrían la puerta o se asomaban por la ventana que era lo más probable, destapaba la linterna para que se lo viera bien y exclamaba con voz cavernosa:
-          ¡Las animas benditas!...
El Julián, a pesar suyo, se veía obligado a secundarlo en todas aquellas estúpidas aventuras y estaba hasta la boina del señorito, de la madre que parió al señorito y de su genial sentido del humor que nadie entendía más que él mismo, de manera que se decidió a hacerle probar su propia medicina, aun arriesgándose a tener un disgusto; estaba tan harto, que ya nada le importaba, así que una noche se preparó la sábana, la careta y la linterna de los sustos, y cuando todo el caserío estaba en silencio, se echó encima todos los apechusques y se metió en la casa grande por la puerta del patio. Debían ser más de las once y podía oírse el tejer de una araña. El Julián, liado en toda aquella parafernalia, con el sabanon arrastrando como la cola de una novia avanzaba despacio, con cuidado de no hacer ruido, tenía pensado llegar hasta el cuarto del señorito y despertarlo cuando estuviera en la cabecera de la cama, a ver si del pasmo se le quitaban las ganas de seguir haciendo el gilipollas. Cuando pasó del recibidor se extrañó de que por debajo de la puerta se viera luz, una luz parpadeante, de vela. A lo mejor el señorito no se había dormido todavía y estaba leyendo, pero era raro, ¡no leía de día y se iba a poner a leer de noche!
Extrañado, abrió la puerta con mucho cuidado para que no hicieran ruido los goznes del año del pele y metió la cabeza por la rendija; entonces la sangre se le heló en las venas y se quedó mudo, respirando con ansia dentro de la careta de cartón. El señorito yacía acostado en su cama de alto dosel, más muerto que su abuela, amortajado con el lienzo que había sido sudario de su padre y que Julián conocía tan bien; con un pañuelo atándole las quijadas, las manos blancas como la cera cruzadas sobre el pecho, los ojos vidriosos y fijos, como si estuvieran viendo algo que a él solo le estaba dado contemplar. Y todo ello, a la parpadeante luz de cuatro gruesos cirios de iglesia, uno en cada una de las esquinas de la cama. Un poco más lejos, en el extremo de la habitación que quedaba en la penumbra, la señorita rezaba arrodillada en el reclinatorio de la capilla, con un rosario colgándole de las manos y la cabeza medio tapada con la mantilla negra de los domingos.
El asustador resultó asustado hasta que el pánico le puso la piel fría como el hielo. Dejó caer la careta al suelo, dio media vuelta y salió corriendo arrancándose a manotazos la sábana y derribando a su paso todo lo que se le ponía por delante, corrió en silencio mientras le brotaban las lágrimas de espanto y la voz no se decidía a salirle de la garganta. Atravesó la era dando trompicones y se metió por en medio de los huertos. Allí, por fin, arrancó a gritar con un aullido largo y terrible que resonó en medio de la noche. El señorito lo oyó cuando estaba levantándose de la cama y desenrollándose la mortaja; soltó el pañuelo que ya le estaba cortando el resuello y sacudió la harina que le embadurnaba manos y cara, recogió la mantilla de su señora que le había puesto al maniquí arrodillado en el confesionario y se dispuso a guardar todos los aparejos mientras, con una sonrisa sardónica y malévola, iba diciendo para sí por lo bajini:
- ¡Je, Je!, ¡A mí me iba a dar un susto ese!
El Julián, aún hoy, en el psiquiátrico de Don Raimundo en el que hubo de ingresarlo al día siguiente, cuando no está idiotizado mirando a su infinito personal, sufre periódicos ataques en los que aúlla igual que aquella noche; se pone como loco el pobretico y en medio de los gritos y las babas, masculla como un poseso:
-          ¡El señorito!, ¡el señorito!, me se ha muerto el señorito!
Y sigue y sigue, hasta que le tienen que poner una inyección.


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El alacrán

La vara y el castigo dan sabiduría;
El muchacho consentido es la vergüenza de su madre.
Proverbios, 29.15 

Aquella fue la tarde más amarga de su vida. En la mesa apenas pudo probar bocado, sentado en medio de los tíos que comían en silencio, sin quitarle la vista de encima. Sentía sus miradas acusadoras y vengativas clavándosele en la frente que mantenía obstinadamente baja, a pique de meterla en el plato. Le parecía oír el sonido de sus pensamientos:
- ¿Con que sí, eh? ¿Te creías que se puede tratar así a los que se desviven por ti y se preocupan de tu bienestar como no te mereces?, ¡desagradecido! Pues ahí lo tienes, así aprenderás a no faltar al respeto.
Fidel calla y mascujea en silencio pasándose el bocado de un lado a otro de la boca y amasando con la cuchara la comida que le queda en el plato. Se le ha hecho una bola en la garganta que le impide comer, una bola de tristeza, de desamparo y de rabia. ¡Si estuviera en su casa! Odia a aquellos parientes fríos y mezquinos a los que solo les preocupa que todo esté en orden y que nada altere las buenas costumbres de las gentes de su clase. Añora, con un desgarro interno que le hace daño en el corazón, el acogedor desorden de su casa y el cariño envolvente y protector de su madre que siente tan lejana. Al principio, cuando los tíos dijeron que pasara con ellos una temporada para ver si desechaba la robinera le había parecido una aventura atractiva. Con ellos, que no podían tener hijos, pasaría a ser protagonista, en una gran casa de campo, con todas las comodidades; él, que en la suya era el mayor de ocho hermanos, sujeto a la disciplina de las familias numerosas y atado a los molestos trabajos domésticos que se asignan a los más responsables. Se había ido tan contento, sobreponiéndose a la pequeña punzada de añoranza que lo asaltó en la despedida. Ya lo echarían de menos, ya... Pero aquella sensación de seguridad y de protagonismo ¡ay! había durado bien poco. En los días que llevaba en la finca, que le parecían una eternidad aunque solo hubieran pasado pocas semanas, las cosas habían ido  de mal en peor. Le habían impuesto unas costumbres diferentes de las suyas, con un horario férreo en el que no había tiempo para el juego, y la alegría o la risa estaban proscritas.
Era aquella una casa de una tristeza rancia, de siglos, donde el aire de ñoñería beata parecía flotar desde siempre. Todo era antiguo o viejo, y más viejo que antiguo; los muebles, las ropas, las costumbres...  Y las personas, contagiadas por aquel ambiente, habían ido adquiriendo un aspecto triste y fantasmal.
Con los tíos vivía, por temporadas, un cura alto y seco, que años más tarde habría de reconocer en el dómine cabra de sus lecturas, con la misma raída sotana llena de lamparones y un apetito desaforado que intentaba saciar después de la misa diaria, engullendo como un tragabolas cantidades inauditas de tostadas con miel. Tenía unas orejas como soplillos que oscilaban como las de un elefante africano y un aspecto admonitorio y severo que utilizaba para aterrorizar a los chiquillos del caserío, amenazándoles con las rigurosas penas del infierno en las interminables y plomíferas sesiones de catecismo a las que la señorita les obligaba a asistir todas las tardes. El puñetero cura se convirtió casi de forma visceral, en otro enemigo. A Fidel le pareció, desde el primer momento lo que era, un huésped vago y gorrón, como una caparra negra y ávida, pegada a la primera oreja que se le presentara. Le repugnaba su presencia, sus ademanes mujeriles y blandos, hipócritas, y la piedad artificial y falsa que pretendía imponer a todas las actividades de la casa.
Toda esa sarta de desdichas pasa por su cabeza como en un revuelo fugaz. La comida acaba sin que se haya roto el silencio, ominoso y denso. El bonifacio hipocritón del cura devora a dos carrillos las porciones de requesón con miel e higos del postre, la tía pela una manzana con cuchillo y tenedor, llena de remilgos de señorita cursi y el tío ajeno a todo, como pide la importancia de quien no la tiene, ojea, que nunca ha leído, el periódico de ayer.
Fidel se levanta de la mesa y va a esconderse a su lugar favorito debajo del pino grande, en la pedrera. Se recuesta en el tronco dejándose caer a bonico, que aún le escuece el culo, lleno de desollones. Se le agolpan las lágrimas cuando recuerda la vergüenza de verse con el culo en pompa, en medio del patio, y la tía restregándole con el estropajo de hijuela.
¡Tampoco era para tanto! Bien es cierto que lo de cagarse en la entrada esta feo, pero ha sido un impulso repentino que no ha podido resistir. El cura le había amargado la mañana con la historia de la santísima trinidad; aquello no había quien lo entendiera. Bien estaba que le virgen concibiera por arte de birlibirloque con un saluda angelical, pero aquello de los tres en uno era demasiado. El dómine habia acabado cabreándose y le habían quitado el mazo de tebeos que eran su único respiro.
Le vino el apretón casi de encargo; allí mismo se tiró los pantalones abajo, se aponó lo justo y dejó caer la pastelada hermosa y humeante. El disgusto de la catequesis y el atracón de higos medio verdes de la tarde anterior tenían, casi seguro, que ver mucho con la textura liviana de la masa. La cara se le ilumina cuando lo recuerda. Menuda sorpresa se llevó la mojigata de la tía cuando vio la montonera, en medio del amplio recibidor lleno de muebles antiguos y con frescos de caza en las paredes. No dudó ni por un momento quien era el autor de la broma, le echó mano, lo abocó en el pilón del agua, le bajó los pantalones y le restregó el culo con el estropajo a la vista de todo el mundo.
A sus pies rebullían, entre las piedras, una pareja de alacranes, quizás dos machos peleándose. Los estuvo mirando un rato, hurgándoles con un palico para enfurecerlos hasta que se le ocurrió la maligna idea. Buscó un bote y los metió dentro. Luego se los llevó a la casa y los puso entre las sabanas de la tía, después de haberles arrancado las patas para que no se fueran demasiado lejos.
Cuando lo despertó el alarido, estaba entre dos sueños y saltó como si lo hubieran disparado con una ballesta. El tío, con su camisón largo y ridículo, acababa de hacerlos gacheta con la zapatilla mientras la pobre mujer, entre gritos descompuestos, se cogía el pie donde le habían picado que se hinchaba a ojos vistas tomando un repugnante tinte negruzco.
Nunca se habló de cómo pudieron llegar hasta allí aquellos bichos, y el estado en que habían quedado daba para pocas autopsias, pero de común acuerdo, una vez pasado el episodio,  Fidel fue devuelto a la bohemia de su destartalado hogar, perdiendo, por fortuna, la magnífica oportunidad de convertirse en heredero de aquellos respetables señores y llevar una vida ordenada y digna.


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El avaro

¡Ay! ¡Mi pobre dinero! ¡Mi más querido amigo! Al privarme de ti, al arrebatárteme, he perdido mi sostén, mi consuelo, mi alegría; se ha acabado todo para mí, y ya no tengo nada que hacer en el mundo. Sin ti, me es imposible vivir.
Moliere

Al estallar la guerra, el padre del Joan, el Sr. Oriol, llevaba tiempo preparando de forma minuciosa la estrategia  que le permitiría poner a salvo, en una caja de seguridad de un banco suizo, gran parte del dinero que habían obtenido con los productos textiles de la fábrica familiar y el honrado trabajo de sus veinte empleadas, casi todas monjas seglares que trabajaban por cuatro duros. Dos veces al año, una en invierno para ir a la nieve y otra en verano para tomar las aguas, habían estado haciendo viajes con maletas repletas de dinero que amontonaban en su caja de seguridad. Desde el principio lo habían ido cambiando en francos franceses porque el señor Oriol, que iba con frecuencia a Perpignan (donde las malas lenguas aseguraban que tenía una querida que mantenía con mediano lujo, en un coquetón pisito junto a la avenida que bordea el río), estaba acostumbrado a manejar esa moneda y muchas de sus transacciones las hacía en el país vecino, donde se sentía como en casa; el señor Oriol solía decir, cuando se encontraba entre gentes amigas, y más o menos de “la seva”, que él era: primero catalán (de tota la vida ¿sap?), luego francés y después español; le había costado mucho trabajo adaptarse a la vida de Barcelona, una ciudad llena de “charnegos”, sobre todo desde que empezaron las obras del metro y habían llegado las collas de murcianos; y donde casi todo el mundo hablaba castellano, lengua desconocida para él y que había oído por primera vez cuando llegaron del pueblo. Toda su vida recordaría las lágrimas que se le agolparon en los ojos aquella madrugada fría y oscura, en la estación de Francia, pensando que habían emigrado a otro país.
Cuando su padre decidió dejar la modesta pañería que regentaba en Olot, para instalar en medio del ensanche, a mitad de la calle Lauria la fábrica de boatina, el señor Oriol se sintió, a sus ocho años, totalmente desamparado. Echaba de menos la tranquilidad del pueblo, la escuela a la que asistía con el placer del buen estudiante, los amigos, la vida de familia… Allí, en la ciudad, su padre estaba siempre afanado en  el lóbrego y enorme bajo donde se habían instalado los telares circulares que no paraban durante la jornada de doce horas, la madre apenas tenía tiempo para dedicarle entre el cuidado de su hermana Mercé, que había nacido ya en Barcelona, y el trabajo que le daba cortar los pijamas que le llevaban en grandes fardos desde la fábrica y que elaboraba, con paciencia de hormiga, en la amplia galería que daba al interior de la manzana.
El señor Oriol había crecido en aquel ambiente de trabajo y austeridad. A duras penas pudo estudiar el bachillerato nocturno; cuando llegaba a su casa después de una jornada agotadora, de hombre, desplegaba libros y libretas sobre la mesa del comedor mientras el padre leía la Vanguardia o hacía cuentas y más cuentas. La mayoría de las noches, la madre tenía que despertarlo para que se fuera a la cama, de donde lo sacaba a las seis y media en punto para que fueran a la fábrica, a la que, como buenos patrones, debían llegar los primeros. Quizás por todas aquellas cosas, se había dedicado a hacer dinero de forma compulsiva, y como no tenía tiempo para gastárselo, la fortuna fue aumentando poco a poco a pesar de que en la casa no se privaban de lo necesario; dos veces al año se permitían costosos viajes a Suiza todos juntos (aunque estos viajes se amortizaban bien) y la Mercé y la Montse, que vino un año después, habían estudiado todo el bachillerato en el Liceo francés, que era lo más caro de Barcelona. Eso sí, en los estudios no se escatimaba nada.
El  Joan no. Él  hubiera querido estudiar, que se le daba muy bien. En el bachiller había sacado casi todo matriculas, pero el lugar del “hereu” estaba en la fábrica, junto al padre, igual que el del padre había estado junto al suyo. Ya se sabe, las cosas son así. El Joan había empezado a ir al trabajo a los catorce años, todas las mañanas de todos los días de la semana, a abrir la puerta de triple cerradura a las siete en punto, con luz si era verano y con una linterna que les ayudaba a encontrar los agujeros de las llaves en invierno. Ese fue su sino y él lo había aceptado. A cambio, el porvenir estaba resuelto; los gastos suyos y más tarde de su familia, cubiertos; los hijos podían estudiar, y cuando muriera el abuelo, la fábrica pasaría a ser suya, para que él repitiera el ciclo perpetuamente con sus descendientes. Aunque tenía acceso a algunas cuentas, no llegó a saber el montante de la caja de Suiza. Nunca había podido contar la montonera de billetes franceses que yacían en fajos muy bien apretados unos contra otros, como los arenques de bota, y el Sr. Oriol jamás le reveló a cuánto ascendía aquella parte de la fortuna familiar; esos eran temas reservados de los que nunca se trataba. Aquello era el racó para casos de emergencia. Cuando compraron el solar para hacer el edificio de pisos que albergaría la farmacia de la Mercé, tuvieron que pegarle un bocado a la caja, pero ya hacía muchos años que lo habían repuesto: en cuanto vendieron dos de los siete pisos que habían construido. Aquel fue un negocio redondo con el que se  cerraba la cadena de pisos que el Sr. Oriol había ido comprando, poco a poco, uno para cada uno de los hijos.
El sólo sabía que la caja estaba también a su nombre, y que cuando él padre muriera (dentro, si Dios quería, de muchos años) tendría que hacerse cargo de los billetes, administrarlos con mesura y aumentarlos en todo lo posible para que permitieran seguir la buena marcha del negocio familiar.
Por eso, cuando estalló la guerra y el Sr. Oriol decidió traerse los billetes de Suiza, el Joan se acojonó un poco. Él era una buena persona, había sido un buen hijo y era un buen padre desde que, hacía ya cuatro años, había montado con la Nuria, su propia familia. Tenía madera de hombre honrado y trabajador, pero no de héroe. El plan del padre era que, desde Olot, donde el Joan se había emboscado desoyendo la llamada a filas, pasara la frontera con una cordada de montañeros, atravesara Francia, entrara a Suiza, sacara el dinero de la caja en una maleta y volviera a Barcelona por el mismo camino. La noche que, después de la cena familiar, se lo dijeron, al Joan por poco le da un patatús. Estuvo tres o cuatro días que las tripas se le hacían agua, entre el miedo cerval que le inspiraba la aventura y el deseo vehemente de verse con la fortuna al alcance de la mano. Pero desde el primer momento supo que iría. Soñaba con la montonera de billetes que un día pasarían a su poder, y por la que había ido desarrollando, poco a poco, un amor apasionado y enfermizo. Pensar que pudieran perderse y que él no volviera a tenerlos ante su vista, a tocarlos con sus manos, lo sumía en un estado febril que le impedía pensar o hacer cualquier otra cosa. Puso todas las dificultades que se le vinieron a la cabeza, reclamó todo el dinero que se le ocurrió para sufragar los posibles gastos, pero al final se decidió a partir. El Joan era un hombre fuerte, de casi ochenta kilos de fibra musculosa y un metro ochenta de altura, lo que le ayudó a soportar bien las fatigas de una aventura que iniciaron de forma clandestina y misteriosa. Atravesaron montañas inhóspitas, en pésimas condiciones de alojamiento y comida, y en un viaje demencial que recordaría siempre como una pesadilla, llegó a su destino y volvió con una maleta llena de billetes de mil francos que sumaban muchos millones.
Entró en Barcelona de forma subrepticia, una noche de invierno riguroso, en un Fiat balilla, conducido por personajes mafiosos expertos en aquellos menesteres que habían sacado su buena tajada del porte. En casa fue recibido como un héroe. Al padre se le saltaron las lágrimas a la vista de los fajos recuperados, la madre y las hermanas le mostraron la adoración debida antes solo al hombre de la casa, y él se sintió, todavía con la nube del miedo y de la aventura en la cabeza, como el triunfador que nunca se había propuesto ser.
El Sr. Oriol que, como siempre, las tenía todas pensadas, dispuso el lugar donde colocar a buen recaudo el dinero de forma que, estando seguro, lo pudieran tener a mano en caso de necesidad. Aquella noche lo dejaron en la casa y al día siguiente, domingo, fueron a la fábrica para depositarlo en una abertura del muro preparada durante los días anteriores con todo sigilo. Sólo era cuestión de colocar la maleta en el agujero, poner los ladrillos en su sitio, revocar con yeso, volver a colocar el armario de los libros de contabilidad ocultando el sitio, y santas pascuas.
A la operación asistieron todos, menos la Nuria. A ella no le dijeron nada; no es que desconfiaran, pero al fin y al cabo, aun siendo de la familia, era sobrevenida y de aquellas cosas cuanto menos supiera, mucho mejor para todos. A la lucecilla de la lámpara de mesa, con la maleta abierta, se pusieron a contar los billetes y en el silencio lleno de sombras amontonaban fajos y fajos, todos de la misma altura, atados cada uno con una gomita que le daba dos vueltas, unos más nuevos y otros más viejos.
La cantidad resultó enorme, al cambio eran…¡Vaya Vd. a saber! Muchos millones. La cabeza empezaba a darles vueltas cuando la Mercé que era la más finústica de todos y a la que siempre le pasaban las cosas, dio un grito terrible y sostenido de contralto cursilona: un ratoncillo, acababa de pasarle corriendo por entre las piernas. Los hombres se asustaron, pero fue del grito y de los nervios; los ratones eran cosa corriente en la fábrica, por más que pusieran ratoneras y trampas repletas de queso, pero la chica, medio histérica gritaba y gritaba subida a una silla, de modo que, olvidando por un momento la maleta que tenían todavía abierta en el suelo, se dedicaron a la caza del bicho. Después de su fulgurante aparición, al ratoncillo parecía habérselo tragado la tierra. Corrieron los muebles, apartaron sillas y mesas, golpearon por debajo de los armarios; todo fue en vano. Hartos ya del asunto, fatigados y nerviosos con tantas emociones, cerraron la maleta y le dieron sepultura donde estaba previsto. El Joan, mañoso, hizo su poco de yeso en un cubo a propósito, tapiaron la abertura y allí quedaron los billetes herméticamente cerrados a salvo de cualquier peligro. Satisfechos y con el espíritu sereno, volvieron a casa dando un largo paseo, sintiendo la seguridad de tener resueltos todos sus problemas económicos por mucho tiempo.
Y como no hay mal que cien años dure, la guerra terminó, aunque terminara malamente, como todas. Tuvieron suerte y se las apañaron muy bien, sin tener que echar mano a los fondos secretos, y estos quedaron en su sepultura constituyendo el nexo de unión más fuerte de la familia, al que nunca se referían sino con veladas alusiones que los hacían aún más cómplices.
El Sr. Oriol murió, por lo suyo, años después y los hijos, como buenos hermanos se repartieron las cosas de la única manera que hay para no tener disgustos, que es no repartirlas. Siguieron haciendo fondo común y recreándose en la seguridad de su fortuna emparedada. El único que estaba en un sin vivir permanente era el Joan. Un gusano gordo y negruzco le corroía el corazón cada vez que se acordaba de los billetes que dormían, ordenados como soldaditos de plomo, en su maleta de cuero. Se despertaba de madrugada y permanecía inmóvil y en silencio mirando al techo sin verlo, recordándolos tal como los había visto por última vez, sintiendo todavía el tacto sedoso y un poco rígido del papel al pasarlo por los dedos, humedecidos con saliva. Jamás había olvidado aquella sensación que lo torturaba a cada instante con mayor fuerza.
Un día ya no pudo más, se quedó sólo en la fábrica a la hora de la salida y provisto de una picoleta se dispuso a contemplar el dinero, aunque fuera por una sola vez. Picó con mucha maña el agujero que tenía muy bien localizado en su cabeza, recogió la runa y el polvo y sacó la maleta, que estaba exactamente igual que la habían dejado años antes. La puso sobre la mesa del despacho, le echó tres en uno a las cerraduras y la abrió con todo cuidado. Entonces se quedó estupefacto, con los ojos desorbitados y temblando como un azogado; de los billetes no quedaban más que unas tirillas polvorientas, finamente desmenuzadas y sobre ellas, el cadáver de un ratón de piel grisácea que se deshacía al contacto con el aire, amojamado y reseco, con los menudos dientecillos abiertos en un rictus agónico. El Joan, con la mandíbula desencajada caída sobre el pecho, no supo el tiempo que tardó en reaccionar. En realidad, a partir de aquél momento, ya nunca recordaría nada. Salió de la fábrica como un poseso, dejando las puertas abiertas, y echó a andar, a trancos largos y desarbolados, con la mirada perdida Lauria abajo, hasta llegar a Las Ramblas. No volvieron a verlo nunca más.
Años después, apareció por Perpignan un “clochard" de los tradicionales, de los de sombrero mugriento de alas anchas, botas astrosas dos números mayores de su talla, sin cordoneras y con la lengüeta fuera, gabán de manchas infinitas colgándole hasta los pies y barbas largas, descuidadas y grasientas. Era un hombre alto y flaco, viejo para joven y joven para viejo que dormía en un banco de la alameda, siempre el mismo, salvo en los días más crudos del invierno en los que, a regañadientes, admitía posada en el albergue de indigentes. Nunca se le vio pedir ni se supo de donde vino ni que nacionalidad tenía. Ayudaba de madrugada en la descarga del mercado de verduras y carnes y con lo poco que le daban, iba tirando. A veces, hablando consigo mismo, se le iluminaba la mirada de suyo mortecina e indiferente y farfullaba, en una mezcla casi ininteligible de catalán y francés, increíbles historias de fabulosas fortunas que los ratones se habían comido.

Pero nadie, nunca, le hizo caso.

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El traje

De bueno, confiado y olvidadizo que era,
me hice vengativo, disimulado, perverso,
o más bien impasible como la sorda y ciega fatalidad.
Entonces me lancé por el sendero que me estaba trazado.
                   El Conde de Montecristo.

Al Pascual lo conocí hace muchos años, cuando ninguno de los dos levantábamos un palmo del suelo y yo llegué a la finca, de vacaciones, el primer verano. Aunque teníamos la misma edad, él ya hacía un trabajo de hombre: todos los días, sin excepción, tenía que llevar el ganado a pasturar, lo mismo daba que fuera sábado, domingo o día del Corpus; el Pascual, a aquellas alturas aún no había aprendido lo que eran fiestas, y no digamos vacaciones; seguramente ya no lo aprendería nunca. Se levantaba al amanecer, tomaba a tragaloperro un gran tazón de leche con sopas que la madre le tenía preparado y con las primeras claras salía para el monte arreando las borregas y el puñado que cabras de la familia. En el último instante, la madre le colgaba al hombro un sobado zurrón con medio pan de trigo amasado por ella, un poco de queso o un trozo de fiambre con el que tendría que hacer frente al largo día; completaba la dieta, si tenía suerte, con almendras, higos, granadas o lo que pillara por las faldas del monte. En aquellos tiempos, el hambre era una constante que cada cual aliviaba como buenamente podía.
Como por la zona no había muchos críos de mi edad, el encuentro fue inevitable. No recuerdo muy bien cómo, pero acabamos yendo juntos con el ganado, mejor dicho, acabé yo acompañándolo en aquellas largas jornadas llenas de encanto que vivíamos, perdidos, lejos del mundo, sin más compañía que la de las ovejas y los perros,  dedicados a asimilar las infinitas y desconocidas maravillas con que la naturaleza nos regalaba a cada paso. Con el Pascual aprendí cosas imprescindibles, como subirme a los árboles, tirar piedras con tino, silbarle a los perros con los dedos metidos en la boca, hacer salir lagartos y topos de las madrigueras, atrapar culebras por la cola para sacudirlas contra el suelo como látigos, hasta matarlas; y otras muchas que no dudo han sido las claves más importantes de mi fulgurante éxito en la vida.
Para mí era fiesta lo que a él le resultaba duro trabajo, pero de eso no me di cuenta hasta mucho tiempo después, cuando empecé a notarle, al segundo o tercer año de compartir veranos, que iba entristeciéndose progresivamente y que su cara infantil adquiría la seriedad de los hombres, con una pátina oscura en la que las arrugas, que empezaban a dibujársele como a cincel, se veían de un color más claro cuando el rostro avejentado por el sol y el aire, se distendía. Se volvió más taciturno y pronto dejó de interesarse por los juegos de chiquillos para llevarme a misteriosas conversaciones de sexo que yo no entendía y que me ponían las orejas coloradas de vergüenza, suponiéndole unos conocimientos que yo, listillo de ciudad, no tenía.
Por aquellas fechas fue cuando me enteré que su madre se había vuelto a casar con un hombre que no tenía muy buena fama. El padre del Pascual no volvió de la guerra, y al cabo del tiempo lo habían dado por muerto, de manera que su madre había acabado por casarse (o juntarse, que nunca lo supe) con el Lucas, uno que trabajaba de tractorista en la finca. Era hombre mal encarado, al que le gustaba el bullicio de más y cuando bajaba al pueblo, no se sabía cuándo iba a volver ni cómo. Había protagonizado algunas peleas callejeras estando borracho y de vez en cuando se le iba la mano con la Justa y los chiquillos. La gente del pueblo no lo miraba muy bien, decían que se había torcido porque le envenenaba la sangre tener que ocuparse de los hijos de otro y no haberlos podido tener él, que la Justa bien que valía para tenerlos. Decían que tenía los huevos gárgoles, y eso lo sacaba de tino.
Esas cosas las hablaban las mujeres en voz baja y yo me iba enterando a trompicones, por retazos de conversaciones pescados aquí y allá. De esto nunca hablé con el Pascual, por más que le viera, a veces, señales de golpes y moretones en los brazos o en la cara. El, si se presentaba la ocasión, decía que se había caído, o que había tropezado con algo, pero todo el mundo sabía que aquel hombre los llevaba a mal traer.
Con el tiempo, yo me marché a estudiar fuera. Nuestros encuentros se fueron espaciando, aunque aquella amistad de infancia no llego a perderse nunca. Cada cuatro o cinco años nos veíamos, pasábamos un rato juntos, a la vera siempre de las borregas que ahora eran ya suyas, y nos poníamos al día de los avatares sucedidos a uno y otro. Así supe que el Lucas desapareció un buen día, hacía ya años, con el poco dinero que la Justa tenía sin que hubieran hallado una sola pista de él, como si se lo hubiera tragado la tierra; que la nena se había casado con el Antoñin el del Pilón y que él mismo esperaba su primer hijo. Él supo que yo había acabado mi carrera y que me había afincado en otras tierras, que trabajaba en una fábrica de extraños elementos de plástico y que también me había casado... Los años fueron pasando, poniendo distancia entre los dos, sin que nunca perdiéramos aquella buena relación de niños.
Un buen día, me desperté muy lejos de mi tierra y me di cuenta, sorprendido, de que mi vida había transcurrido en un soplo, había cerrado los ojos una noche y cuando desperté me había convertido casi en un viejo, así es que hice las maletas y me volví a los campos de mi niñez a esperar la dulce muerte en calma.  Lo encontré todo prácticamente igual. El progreso solo había deteriorado detalles poco relevantes del paisaje pero los viejos montes de crestas vencidas por la erosión y el tiempo estaban en el mismo sitio, las casas atemporales y decadentes permanecían todavía en pié y la rambla, aunque encauzada de cemento, seguía igual de seca que siempre. Tardé en reencontrar mis viejas costumbres lo poco que tardé en instalarme en la vieja casona a la que tuve que hacer no pocos remiendos. Las gentes seguían siendo las mismas, y al segundo encuentro, la relación se reanudaba fluida, como si no se hubiera interrumpido nunca. Oí decir que el Matías andaba de médicos y fui a encontrarlo en la cañada donde solía atardecer con su rebaño. Sentado en una piedra, con el eterno caliqueño en la boca, lo encontré, con la mirada perdida, embobado con su minúscula radio, cordón umbilical a través del cual se mantenía unido con el resto del mundo. Se había hecho más pequeño y más enjuto, las arrugas de cobre eran una máscara poco expresiva y la sonrisa amplia y permanente tenía un aire bobalicón. Pero los ojillos pardos seguían siendo transparentes y limpios, con el aire astuto y lejano que yo recordaba tan bien.
- No, si estoy bien, el médico, que quiere que viva para los restos. Ahora dice que el tabaco es malo, que lo deje, que tengo una mancha en el pulmón y que me perjudica, ya ves. ¿Para qué quiero yo dejarlo, a estas alturas? ¡Como si uno fuera a vivir para siempre! Dice que el polvo del ganado es malo, que me deje el ganado también. Ese lo ve todo muy fácil, no hay más que dejarlo y ya está. Seguro que mañana viene él a traerme las perras a la casa. Lo que más me jode es lo bien que disponen de la vida de los demás. No, si yo le digo a todo que sí, no tengo ganas de discutir. Luego hago lo que me da la gana, y cuando se acabe, se acabó. Si me da un parpaleque, pues aquí la espicho, con las borregas, que es donde he estado toda la vida; yo no tengo miedo, ya pasemos bastante de críos. ¿Te acuerdas? ¡Aquellos sí que eran buenos tiempos! Si no hubiera sido por el hijoputa del Lucas, que le amargo la vida a mi madre!.. Ahora, que yo lo arreglé bien arreglao. Nunca se lo he contado a nadie, pero para lo que me queda ya me da igual. Te lo voy a contar a ti, porque sé que no lo dirás hasta que llegue el momento. ¿Te acuerdas que desapareció con todo lo que pilló por la casa? Pues yo fui el que le dio el pasaporte. ¿Te acuerdas de la mina del cabezo? La que hay en la parte de atrás, donde la gente tiraba las bestias muertas? Pues cuando ya se me hincharon los cojones de aguantarlo, decidí que ese acababa allí. Tenía mucho tiempo para pensar, estando todo el día solo con las borregas, así que lo preparé con mucho cuidado. Un miércoles de mercado, esperé desde la loma del monte hasta que mi madre y la nena se fueron, con las capazas a la cabeza, andando hacia el pueblo. Entonces bajé corriendo, y desde lejos llame al Lucas diciéndole que una borrega se me había caído a la mina y que viniera con una cuerda para sacarla. El muy tontucio se lo creyó y salió corriendo cegándose en todos los atriles. Cuando llegamos a la mina, se abocó para ver la borrega y no tuve más que pegarle un empujón. Cayó rebotando en las paredes y se quedó allí abajo, todo lo largo que era en medio de los esqueletos de mulas y de perros. No rebullía, así es que pensé que se había matado. Baje corriendo otra vez para la casa, recogí su ropa y la metí en la maleta de cartón que se había traído cuando llegó. Me quede dudando si meter el traje; era un buen traje que parecía una persona de respeto colgando dentro del armario y me daba pena desprenderme de él, pero pensé que no había más remedio y lo metí también. Volví a la mina y lo tire todo dentro. El Lucas, mientras tanto, se había recordado y se quejaba como un crío allá abajo; decía entre gimoteos:
- ¡Sácame, cabrón, sácame de aquí, que me he roto la pata!
 Yo creo que no se había dado cuenta de que aquello iba en serio, pero no me dio lastima ninguna, se la tenía jurada y ya no había marcha atrás. Así que empecé a tirarle las piedras más grandes que encontré a mano. Alguna le debió de dar bien, porque dejó de quejarse enseguida. Seguí echando piedras hasta que lo taparon a él y a la maleta, y entonces me fui con el ganado para otro sitio.
No, no lo hice solo por lo mal que trataba a mi madre y a nosotros de pequeños, ¡qué va! Te voy a decir por lo que fue, que no se lo he dicho a nadie. ¿Te acuerdas de lo que te he contado del traje? Pues ese era el traje con el que se casó mi padre, el único que tuvo el pobre, que se lo compró el señorito  para que fuera decente a la boda, y el hijoputa del Lucas tuvo los santos cojones de ponérselo para casarse con mi madre. Yo se lo dije, dos o tres días antes de la boda:
—Si te lo pones, ¡te mato!
Pero entonces yo era un chiquillo y él se creyó que lo decía por decir. ¡Debía de haberme hecho caso, ya ves!

*  *  *

Se estaba haciendo oscuro y el airecillo era frío. No sé si era el aire o la historia, pero se me estaba erizando el lomo. El ganado se arremolinaba a nuestro alrededor, inquieto, así que dejamos la plática y nos encaminamos hacia la casa, a encerrarlo, sin más compaña que el son de los cencerros de las borregas que nos seguían, dóciles. El pascual y yo nunca volvimos a hablar de aquello. Murió a principios de invierno.

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Los ojos de cristal

Le comenté:
 Me entusiasman tus ojos
Y ella dijo:
-¿Te gustan solos o con rímel?
-Grandes
Respondí sin dudar.
Y también sin dudar
Me los dejó en un plato y se fue a tientas.
Ángel González


Mi amigo Zenón Reviriego, desde siempre, o por lo menos desde que yo lo conozco, ha tenido una especial fijación con los ojos de cristal. Recuerdo la primera vez que me habló de ello, hace ya muchos años, cuando los dos éramos unos críos. Una tarde, al salir del colegio nos sentamos a comer pipas y a hablar de cosas importantes en el poyete del Malecón con las piernas, aún de pantalón corto, dando rítmicos y alternativos taconazos en la pared. Pasamos de una cosa a otra, en una de esas conversaciones que se tienen poco antes de abandonar la niñez, en las que se piensa resolver gran parte de los enjundiosos problemas de la humanidad doliente, hasta que empezó con la dichosa historia.
Se trataba de su abuelo, hombre fascinante que había aterrizado por la casa después de haber vivido durante muchos años en no sé qué lejano país, de donde volvió cargado de peculiaridades tan extrañas como la de usar en invierno y verano gruesos calzoncillos de felpa que le llegaban a los pies. Zenón espiaba al misterioso personaje cuando todos dormían, intrigado por la extraña metamorfosis que sufría, descubierta por casualidad. En medio de la noche, arrastrado por su irreprimible curiosidad, se levantaba con sigilo y se llegaba de puntillas hasta la habitación del anciano; a la luz de una mariposa de aceite que siempre estaba encendida, contemplaba con ojos como platos la dentadura postiza que descansaba en un pocillo con agua en la mesita de noche. A su lado, en una concha de plata, sobre un primoroso trapo con rebordes de ganchillo, un ojo de cristal ovalado y frío permanecía mirando al techo con insistente fijeza. El resto del abuelo, diminuto y cenceño, dormía plácidamente. De su boca sin dientes salían, con extraño ritmo de orquestina, unos sonidos de flautita temerosa y la cuenca vacía que Zenón veía desde su escondite al lado de la puerta, era profunda sima, refugio de sombras misteriosas. La habitación danzaba a los compases silenciosos de la inquieta lucecilla en un baile fantasmagórico. Cuando el frío de las losas le trepaba por las rodillas desde los pies descalzos poniéndole la carne de gallina, volvía corriendo a la habitación, aterido, y hundía la cabeza bajo las sábanas maquinando, en cuanto reuniera el valor necesario, cómo preguntarle al viejo por aquellos adminículos extraños y por su historia, que imaginaba llena de misterio.
Al día siguiente, lo observaba con avidez, a hurtadillas, pero la sombra decadente de permanente luto se había convertido en otra persona; su sonrisa, un tanto artificial, destellaba de blancura, aunque habla de forma ininteligible, con los dientes entrechocando en un crotorar de cigüeña con levita, y su mirada, por el lado del ojo ajeno, tenía una inquietante fijeza, como de ojo divino, que todo lo ve. No se parecía al caballero yacente y desmenuzado de por las noches y Zenón se hacía un lío entre la curiosidad que le impulsaba a interrogarlo, el respeto que al personaje se le debía y la repugnancia que le inspiraba aquella cuenca vacía que acechaba por las noches.
Lo cierto es que nunca llegó a desvelarse el misterio, el mínimo abuelo murió aquel mismo invierno de una gripe mal curada y fue enterrado con todos los apechusques, llevándose el secreto de su despiece a la tumba.
Aquella, como muchas otras historias que en la niñez suceden, se me olvidó con el tiempo, y el ojo de cristal no hubiera dejado en mí mayor rastro de no ser porque, llegada la hora, el glorioso ejército español decidió que me convenía hacerme un hombre. Y utilizó para tan alto fin el singular procedimiento de mandarme a la serranía de Ronda para hacer instrucción de a caballo. Allí, para mi sorpresa, encontré a mi amigo Zenón, vestido de caqui y jugando también a los soldados. En la terrible soledad de aquella multitud extraña, volvimos a juntarnos como pichones hermanados, retomando viejos conciliábulos de infancia. Y el buen hombre aprovechó la circunstancia para descargar sobre mis laceradas espaldas el relato de los ojos cristalinos que seguían persiguiéndolo sin tregua.
Había descubierto que el capitán de su compañía tenía un ojo de cristal, según me comunicó en un aparte lleno de misteriosas advertencias. No pude por menos que tratarlo de maniático y afearle aquellas obsesiones que acabarían trastornándolo, pero tanto porfió que no tuve más remedio que acompañarlo a espiar al capitán, no recuerdo con que excusa. Y el caso es que sí, de cerca parecía de cristal su ojo derecho, justo aquél con el que hacía unas punterías maravillosas que lo habían convertido en el campeón legendario de todos los concursos de tiro. Cosas curiosas, las que pasaban en aquel ejército de broma y más curiosas aun las que le pasaban a mi buen Zenón...
Terminamos lo de las milicias como pudimos y procuramos olvidar cuanto antes aquella lamentable época. Dejamos de vernos por una temporada, al cabo de la cual volví a encontrar a mi amigo, a su regreso de un viaje al Sahara, donde había compartido la dura vida de los campos de refugiados argelinos. Me contó pormenores de sus interesantes experiencias en el desierto y resulta que ¡cómo no!, se había encontrado con el inevitable y fatídico ojo de cristal. Con pelos y señales, me hizo relato de sus días en la inhóspita hamada de Tinduf;  de los hospitalarios y sufridos saharahuis, feroces guerreros con corazón de niño, y de cómo se había  encontrado con el ojo de cristal más disparatado y estremecedor de los muchos que en su vida viera.
Cerca de Rabuni, en el centro de acogida para los visitantes, hay una pequeña tienda entre contenedores metálicos que parecen haber florecido como por ensalmo en medio del desierto, donde se comercia con artículos que allí resultan de lujo. Una coca-cola templada o un paquete de Malboro son fantasías con los que uno puede regalarse en aquel tenducho al atardecer. El beduino que regenta tan minúsculo bazar es hombre de mediana edad, con un largo historial guerrero y heridas de cien combates al que, entre otras cosas, ¡cómo no!, le falta un ojo. Los rudimentarios elementos de medicina de que disponen los saharauis no han dado más que para colocarle, como de un puñetazo, un ojo de cristal, ¡vaya Vd. a saber sacado de donde!, en la cuenca surcada por una terrible cicatriz que le divide la cara. El ojo permanece fijo, como investigando inmisericorde a todo el que se adentra en la penumbra abigarrada del chamizo y ocho o diez moscas borriqueras, inquilinas permanentes del reborde sanguinolento, se alternan en pequeños vuelos sin que el hombre, insensible y resignado, las ahuyente.
Me contaba Zenón, su fascinación ante el espectáculo del ojo desorbitado y fijo cubierto por aquel enjambre negruzco, al que era  arrastrado cada tarde por una fuerza irresistible. Mi sentimiento de asombro iba en aumento...
- Pues eso no es nada, me dijo. Si tienes paciencia y no me interrumpes, te voy a contar lo que me ha pasado este verano y me darás la razón cuando te digo que lo mío con los ojos de cristal es como una extraña maldición que me persigue desde niño y que empiezo a creer que no ha de abandonarme.
Más que solicitar permiso me imponía atención, necesitado como estaba de vaciar el costal. Como me sentía atraído por aquella serie de despropósitos pintorescos y extraños, y la tarde era plácida en la terraza en que nos encontrábamos, no tuve más que asentir. El bueno de Zenón, atormentado por la implacable persecución de los ojos de cristal, siguió con su relato.
-¿Te acuerdas que siempre tuve ganas de visitar los castillos de Luis II de Baviera, el rey loco? Pues este verano, aprovechando que había conocido a una chica encantadora, con la que me las prometía más que felices, decidí hacer ese viaje que se presentaba lleno de posibilidades. Te ahorraré detalles para ir al fondo de la cuestión. Recalamos en un precioso albergue en medio de las montañas donde nos anunciaron una exquisita cena a base de Besugo regado con vino del Rin. A la llegada, tuve un mal presentimiento cuando observé, con mi especial sensibilidad para esos asuntos, que la señora que atendía el pequeño hostal tenía un ojo de cristal. ¡Tate, me dije, ya apareció el peine! No quise decirle nada a mi acompañante, que ignoraba todo lo referente a los misteriosos fenómenos que me venían persiguiendo hacía tantos años, pero no pude evitar un helado estremecimiento cuando la dueña del restaurante, ajena por completo a mis aprensiones, vino a tomarnos nota para la cena fijando en mí la taladrante mirada de su ojo postizo. Salí del paso como pude, encargando por la vía rápida el besugo “au dos” que era famoso en la localidad, preocupado sólo por dejar de ser objeto de aquella mirada que nada bueno presagiaba. Nos sirvieron el pescado, yacente sobre un colorido lecho de verduras y la buena dama se acercó con interés profesional, inclinándose sobre mi plato para observar lo adecuado del condumio.
En aquel momento sucedió la catástrofe; el ojo vítreo se desprendió de la órbita en la que se encontraba encajado, por lo visto someramente para caer en el plato, rebotando con un tintineo metálico y deteniéndose por fin sobre el lomo plateado del animal. Por un instante nos quedamos atónitos, mientras yo me debatía entre la sensación presentida de la desgracia y el asco de ver arruinado para siempre aquel magnífico bocado. La hostelera, balbuciendo excusas en un idioma desconocido se puso a tantear el plato en busca de la prenda, con tan poca suerte que dio con el ojo del besugo antes que con el suyo propio, y en un precipitado ademán que pretendía borrar cuanto antes el desdichado suceso, se lo encajó en la cuenca vacía.
Quiso su mala fortuna que el pescado estuviera condimentado con sal, pimienta, y algún toque de guindilla, de modo que notó con más intensidad de lo que hubiera deseado la violencia del condimento en la carne enrojecida y tierna. Y la pobre mujer, dando un aullido feroz, de bestia herida, salió corriendo hacia la cocina tapándose el ojo del pescado mientras yo me quedaba horrorizado contemplando mi plato, donde, al lado del besugo quedaba la mirada fija, burlona y única cuyo recuerdo me persigue todavía. Comprenderás ahora que lo mío con los ojos de cristal es un trágico destino del que no sé si podré librarme algún día.

*     *     *
Yo había escuchado, asombrado, el relato que me parecía creíble por inverosímil y no atinaba a articular palabra. Él, acabada la historia, permanecía cabizbajo y mudo mientras dos lágrimas se descolgaban lentamente por sus mejillas. Levanté la mirada y se me erizaron los pocos cabellos que me quedaban: Zenón me contemplaba fijamente, como si viera a través de mí, con sus dos ojos de cristal.


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Los zapatos 

                                               Pues quien este caso viene
                                                           Con razón decir podrá:
Desdichado del que muere
Si al paraíso no va.
Sebastián de Orozco

Hacía más de mil años que no llovía y mira tú por dónde, aquel día le dio por llover que parecía el diluvio universal. Estuvieron esperando a que amainara desde por la mañana, confiando en que el traslado hasta el cementerio podría hacerse a pié enjuto, pero ¡quiá!, llegó la hora del entierro y el agua caía sin compasión, como si hubieran quitado los tablachos del cielo. Apareció el cura después de comer, a regañadientes, con los dos monaguillos cargados de utensilios bajo los paraguas y chapoteando en el barro con la sotana a media pierna. En vista de que aquello no había quien lo parara, enjaretaron el cortejo con resignación y se encaminaron hacia el campo santo tapándose como podían del aguacero y del viento, mientras los goterones gordos como naranjas de güasinton tamborileaban tétricamente sobre la tapa del ataúd con los abultados restos de la tía Pepa.
Desfilaron, en un orden recompuesto a cada paso, el cura con los acólitos bajo paraguas, los hombres dando tumbos con la caja y detrás los hijos de la difunta y demás allegados. Las gorras encasquetadas y las solapas de las chaquetas protegían el pescuezo de los canalillos de agua que pugnaban por colarse hasta los entresijos. Juan, el mayor, quiere que a la madre no le falte de nada, se vuelve de tanto en tanto y gruñe con aire hosco:
—¿Se llora o no se llora?
Y el personal reanudaba con ahínco los llantos y lamentaciones interrumpidos por mor de los adversos elementos, que aquel aguacero era capaz de distraer al más pintado.
Llegaron al cementerio como Dios les dio a entender, calados hasta el tuétano y ateridos de frío; bajaron al panteón los pocos que cabían dentro y dieron fin a aquella pesadilla entre suspiros de alivio. Luego las mujeres se fueron a las casas, a preparar la cena y los hombres se metieron en la taberna del Rufino, a secarse las ropas al amor de la estufa de cáscara de almendra, que estaba al rojo vivo y a echarle el alboroque a la tía Pepa, que se lo merecía.
Allí fue dónde surgió lo de los zapatos. Cuando ya llevaban varias rondas y el ambiente se había distendido lo suficiente, alguien comentó:
—¿Le habréis quitado los zapatos…?
Y otro, seguramente de la familia, contestó:
—¡Pues claro! ¡No se los íbamos a dejar puestos!
De todos es sabido que al difunto, luego del velatorio, hay que quitarle los zapatos, de lo contrario, aprovechando que puede desplazarse a su antojo por el reino de las sombras, se aparecerá a los vivos, quejándose del enorme peso que lleva en los pies, del que nadie tuvo la caridad de liberarle.
El Juan, se quedó tranquilo de momento, y con los nervios del asunto y los vasos de vino, aquello se le olvidó, pero al día siguiente empezó a preguntar a los de la casa, uno por uno, para averiguar dónde estaban los zapatos de la vieja. Y resultó que todos daban por hecho que se los habían quitado, pero nadie sabía decirle donde estaban. Las sospechas empezaron a crecerle cuando, por más que los buscó, no hubo manera de encontrarlos por ninguna parte.
Pasados unos días, atosigado por la idea, ya era un manojo de nervios y estaba llegando a la conclusión de que no podría tener paz hasta que no comprobara si su madre tenía o no tenía puestos los dichosos zapatos. Pero, claro está, era un despropósito pensar siquiera en abrir la sepultura, lo que estaba rigurosamente prohibido, como le había dicho Serafín, el sepulturero, cuando se lo contó, entre vinos, al cabo de darle vueltas y vueltas al magín; Se conformó aparentemente, pero el gusanillo que le roía por dentro no dejaba de atormentarle ni por un momento. Cada día estaba más desequilibrado y más inquieto, dejó de comer y se mantenía a base de chatos en la taberna, dándole la murga a todo el mundo con la historia de los zapatos, hasta que acabaron dejándole de lado y pensando que la muerte de la madre le había trastornado más de lo que había estado siempre.
Y una mañana ya no pudo más. Con las ropas en desorden, el pelo desgreñado y sucio cayéndole sobre los ojos y una mirada de loco, se fue a buscar al Serafín amenazando con tirarse por un precipicio si no le dejaba entrar en el cementerio. El pobre Serafín se asustó al verlo en aquel estado, pero no se atrevió a dejarle la llave de la cancela grande, que parecía un sable de caballería, y le acompañó intentando disuadirlo de aquella barbaridad. El Juan no lo escuchaba, convencido de que no podría tener paz mientras no averiguara lo que tenía que averiguar.
Llegaron al sitio, bajaron a la cripta y empezó a darle golpes de picoleta a la paretilla con que habían cerrado el nicho. Cedieron enseguida los ladrillos dejando a la vista la caja, tal como la habían colocado quince días antes. Retiró el escombro y agarró el catafalco, que estaba a media altura, sacándolo del agujero y haciéndolo resbalar hasta apoyarlo en el suelo. Fue al levantar la tapa cuando los gases de la descomposición de aquella notable barriga, prisioneros en tan reducido espacio, la hicieron explotar como una bomba, llenando los alrededores de trozos de carnaza podrida y pestilente. Juan dio un respingo, quitándose las hilachas de la madre de encima. Pero no había llegado hasta allí para que lo detuviera un pedo de podredumbre por gordo que éste fuera, así es que, escarbó frenético en la masa sanguinolenta hasta que encontró los zapatos. Dio un aullido de satisfacción, los arrancó del cadáver como pudo y exclamó, poniéndoselos bajo las narices al aterrorizado Serafín, mientras sentía, por fin, liberada su conciencia:
—¡Anda, que si no llego a abrirlo...!


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El viejo

       De todo corazón honra a tu padre
  y no te olvides de los dolores de tu madre.
Acuérdate de que les debes la vida.
¿Cómo podrás pagarles lo que han hecho por ti?
                                                  Eclesiástés 7,29

Dedicat a la meva filla Agata que, encara, quan veu bitxos amagadissos, fà la pipa i plora.

Llevaban andando desde el amanecer. Habían salido con las primeras claras y ahora que el sol estaba alto, el cansancio empezaba a pesarles en las piernas, pero el viejo, terco, se empeñaba en seguir.
—Ya pararemos, - decía señalando con la garrota hacia adelante, - en la peña negra, junto al roble grande. Y seguía con el mismo paso, mesurado e igual, que podía mantener días enteros. La cachaba le ayudaba, tanteando algún paso difícil o apartando un ocasional espino. Se las arreglaba para poner el pié siempre en el sitio preciso, parecía que las ásperas esparteñas que él mismo hacía, supieran de forma misteriosa donde debían llevarle los pies.
Conversación poca, ninguno de los dos era muy hablador y lo que había que decir, hace ya mucho tiempo que se lo habían dicho. Esa mañana, el hijo había salido animoso, como si le hubieran quitado de encima un peso de muchos años; la maletilla de cartón a la que desde siempre le faltaba un cierre, le había parecido más liviana al principio. Total, llevaba las dos mudas, los pantalones de los domingos y un par de camisas (al final no le dejaron meter el mazo de esparto picado que se había empeñado en llevar), pero después de tres horas de cambiarla de mano ya le pesaba más de la cuenta. Suspiró aliviado cuando el viejo dijo por fin de parar.
Era la leche, el tío, no había quien le llevara la contraria, siempre había sido de ideas fijas y no había consentido en descansar hasta que llegaron debajo del roble, en el borde de la rambla. Desde aquel altozano se veía el pueblo con la torre en medio, como despertando entre la neblina que empezaba a abandonar el valle. Se sentaron cada uno en un grueso bolo de piedra. El viejo sacó, parsimonioso, la sobada petaca de cuero renegrido, echó la boina hasta la coronilla y se puso a liar un cigarro con tanta atención como si fuera lo último que tenía que hacer en la vida. Echó la picadura sobre el papel hasta que estuvo a punto de derramarse; le gustaban gordos y apretados como morcillas. No lo podía remediar, cada vez que sacaba la petaca pensaba en la mili. Allí había empezado a fumar, que delante de su padre nunca se atrevió. Una mueca parecida a la sonrisa se le escapa por entre los labios finos acostumbrados al dialogo interior.
El hijo lo vigila de reojo, ¿de qué se reirá el puñetero? A saber lo que estará pensando ahora, siempre ha sido muy sólo, el jodío, él va a su avío, y los demás que arreen. Y no es que sea mala gente, no, pero es muy suyo, eso sí. Al principio no estuvo de acuerdo con su mujer cuando le dijo de llevarlo al asilo, pero al cabo de tanto machaque, acabó por darle la razón. En la casa ya no era más que un estorbo, todo el día sentado en la puerta, venga a hacer metros y metros de cordeta, que no servían para nada, y luego los chiquillos, que no les hacía ni caso. ¡Si por lo menos hubiera aprovechado para estarse al cuidado de ellos!, pero le importaban un carajo (en realidad todo le importaba un carajo), como aquella vez que de poco se abrasan en la cocina y él ni estremecerse cuando se pusieron a gritar como locos; luego dijo que le había parecido que estaban jugando... Ahora la cría ya tiene edad para dormir sola y necesitaban la habitación, que no está bien que duerma con los otros dos zanguangos, allí todos revueltos como si fueran animales, que un día nos van a dar un disgusto. Además, en el asilo ha oído decir que están la mar de bien, tienen sus tertulias, juegan a las cartas y las monjas les dan de comer como a un obispo. Hasta se emparejaban en los bailes viejos y viejas, y los que pueden, les restriegan la cebolleta, los muy jodios. Y tabaco no le ha de faltar, que tiene su paga y casi toda se la queda él. Algo de regomello sí le había dado al principio, que el meter a alguien de la familia en aquellos sitios siempre se ha dicho que es una cosa fea, pero después de pensarlo bien, ya lo veía como lo más natural. Es ley de vida, los viejos con los viejos, que los jóvenes tienen toda la vida por delante.
El padre le da las últimas chupadas al cigarro, tira la colilla, pisándola contra la arena hasta que está bien apagada  y se pone de pié. Compone el cinturón, primero a la derecha y luego a la izquierda, con los mismos ademanes de toda la vida.
Luego, sin mirarlo, agarra la maleta y echa a andar con su paso largo y preciso de montañés, en dirección a la polvorienta carretera que lleva a la ciudad. El hijo lo ve marchar sin rebullir siquiera, la cabeza inclinada le permite vigilar por debajo de las cejas juntas, como se aleja tanteando con el garrote y apartando matujas, mientras va descendiendo por la pendiente hasta que ya es solo un punto perdiéndose de vista en medio del valle.

Nunca volvieron a verse.


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Los ratones

Por los males que me fizo
Pido a todos que ahora mesmo
Y aquí mesmo lo empareden;
Y para escarnio y ejemplo
Le dejen fuera una mano,
la mano del brazo diestro.
La venganza de D. Mendo

Allí estaban otra vez los malditos ratones. Desde la cama oía sus ruidos claramente perceptibles en el denso silencio de la noche, sus agudos chillidos, las carreras y escaramuzas; parecía que se dedicaban a pasárselo bien, los muy jodios. Permanecía inmóvil, como una estatua, con el oído atento a aquellos sonidos que le resultaban tan familiares. En los últimos tiempos, la situación era idéntica todos los días; despertaba al clarear y esperaba que levantara el sol mientras oía los ratones deambular por la casa. Durante el día jamás les había echado el ojo encima, pero por la noche eran los dueños y señores del enorme caserón. Había intentado sorprenderles muchas veces, sobre todo al principio, pero era inútil; cuando se levantaba y encendía la luz que proporcionaba la mísera bombilla llena de polvo y de cagadas de mosca ancestrales, no había ni rastro; a lo sumo alguna sombra fugaz que nunca llegaba a averiguar si era solo un producto de su fantasía y, eso sí, restos negros, ahusados y repugnantes por todos los rincones. Había registrado la casa palmo a palmo en busca de madrigueras, pero no había encontrado nada, ni dentro, ni en la almazara, ni en los grandes alforines que almacenaban el grano. Eran como  vampiros que solo cobraran vida por las noches. Se trajo de una granja vecina una pareja de gatos, pero lo único que hicieron antes de aburrirse y salir cortado, fue llenar la casa de cagadas pestilentes y robar de la cocina todo lo que pillaron; a los ratones, ni llegaron a verlos.
Y el caso es que en aquella casa, desde que él era pequeño, no recordaba que nunca hubieran tenido problemas de ese tipo, si acaso alguna rata en tiempo del panizo, pero eran ratas sanas, de campo, grandes como conejos, que vivían en los bancales de al lado del aljibe, con rabos largos y retorcidos como cordetas de esparto, y a las que cazaban con la escopeta de balines; dentro de la casa, nunca.
Regulo se entretiene en esos pensamientos mientras disfruta del calorcillo de las mantas y oye, a su lado, la suave respiración de la Antonia que duerme como los chiquillos, de media anqueta y con la trompa de punta, como si mamara de un pezón que solo ella ve en sueños. La plaga empezó poco tiempo después de que se marchara la señora, cuando la guerra estaba a punto de terminar. Él era todavía soltero y recordaba muy bien la madrugada que su padre había salido para llevarla en el viejo y majestuoso Ford de principios de siglo, hasta el pueblo donde debía tomar el tren. Nadie supo donde se encaminaba aquella mujer cargada con los grandes baúles y las cajas de sombreros del año de la picor, y aquel porte de artista de ópera que recordaba a Gloria Swanson en “El ocaso de los dioses”. Pero siempre había sido así la señora marquesa, altanera y distante, con sus sombreros estrafalarios y puesta de guantes a todas horas, desconfiando de los labradores en los que solo veía enemigos prestos a robarle lo que por nacimiento le pertenecía. Era igual de miserable en las minuciosas cuentas que les llevaba, que pródiga en las cacerías que organizaba para sus amigos de la capital. ¡La vieja avara! Hinchando a los gorrones de la ciudad que se instalaban en la casona durante la temporada, a gazpachos de conejos, liebres y palomos y mandando unas lonchas de tocino rancio a la casa de los peones porque “las migas son lo que más le gusta a esa gente”.
¡A saber dónde había acabado aquella buena mujer! Primero dijeron que se había marchado a Suiza, y luego que estaba en Argentina, a donde había mandado el dinero, que las joyas las llevaría ella seguramente escondida entre las ropas (siempre contaba que eso era lo que habían hecho las zarinas cuando los perversos bolcheviques las habían arrojado al destierro y luego a la muerte), pero el caso es que desapareció como si se la hubiera tragado la tierra. Roque, el padre del Régulo, que era el último que la vio con vida y que podía saber algo de sus intenciones, no soltaba prenda. O no sabía nada o lo que sabía no quería contarlo. Aquel también, cuando arrugaba el morro no había quien le sacara una sílaba. Cuando las cosas vinieron a lo suyo otra vez, habían pasado los años y la señora marquesa no daba señales de vida; acabaron dándola por desaparecida después de una somera investigación en la que nadie puso demasiado interés y resolviendo lo de la aparcería a favor de ellos, que tampoco había herederos legítimos. Así fue como “Los Cabreros” acabaron siendo los amos de aquellas tierras de las que la señora se sentía tan ufana y a cuya familia habían servido desde hacía cuatro generaciones. Cuando el tío Roque se vio dueño de todo, estuvo a punto de reventar de orgullo. Se compró un chaleco de terciopelo negro, que ya no se quitaría ni en invierno ni en verano, y se colocó un enorme Roscoff con cadena de oro cruzándole la opulenta panza, que paseaba con ostentación cuando los jueves bajaba en su tartana al mercado del pueblo. Se acabaron los tiempos de trabajar de sol a sol y las sartenadas de migas. Siguieron en la tierra, pero ahora eran ellos los amos y tenían quien se levantara al alba a hacerles las faenas.
Regulo sonríe con satisfacción recordando el entierro del padre. Sintió pena el día que lo encontraron fulminado de un ataque al corazón, pero no pudo reprimir un estallido de gozo que parecía que iba a ahogarlo. ¡Por fin era todo suyo! La casa, las tierras, los dineros, las bestias, el ganado, todo, todo suyo! El tío Roque “El Cabrero” tuvo el mejor entierro que se recordaba en la zona, y estuvieron después dos días echándole el alboroque a base de chino y vino del Pinoso; todo el que quiso comió hasta hartarse, no falto de nada. El hombre se tenía que haber ido contento, después de tantos años de fatigas y de trabajar como un esclavo para otros, había logrado por fin, ser el amo, y había tenido un entierro digno del amo. Se fue con su traje de boda, encima de su chaleco negro de terciopelo, al que, en el último momento, ¡menos mal! el Regulo se había acordado de quitarle el reloj con la leontina de oro.
Bueno, aquello había estado muy bien, pero ahora tenía que acabar como fuera con aquellos jodios ratones que lo estaban poniendo a pique de que se le fuera la cabeza, y eso iba a ser hoy mismo, para eso había sembrado de harina toda la sala de abajo y los pasillos, para poder seguir las huellas que los bichos dejaran y ver donde se refugiaban, que algún escondite habían de tener.
Regulo se tira de la cama, se embute los calzones de pana y las gruesas botas con polainas sin hacer ruido. La Antonia se da la vuelta y gruñe algo entre sueños,
- Duerme, le dice él, dándole un palo cariñoso en el robusto lomo, y se asoma al pasillo con mucho cuidado, pero no acierta a ver ni un solo ratón, parece que lo presienten. Con maña para no borrar las huellas, empieza a seguir los rastros de las patícas en la harina. Parece que hubiera nevado dentro de la casa; cuando la Antonia se levante, le va a armar una buena, pero para entonces ya habrá dado con la madriguera de los bichos, la habrá cegado con cemento y cristales y la cosa no pasará a mayores. Se ve que esta noche han estado divirtiéndose porque hay huellas por todas partes y en todas direcciones. Las sigue hasta donde confluyen la gran mayoría, allí donde la harina casi ha desaparecido formándose una senda que se pierde bajo el marco de la alacena. Se tira al suelo, emocionado con el placer de la caza, venteando como un perro perdiguero, y descubre un agujerillo minúsculo donde parece que no cabría ni un lápiz, abierto en el muro, que penetra en el armario donde se guarda la ropa de cama del piso alto, el que antes era de los señores. Perplejo, comprueba que entre las ropas, olorosas a base de membrillos no hay rastro de ratones ni señales de que las hayan mordisqueado. Intrigado, empieza a tantear las paredes en busca de la galería por donde desaparecen los muy asquerosos hasta que da con el agujero; en la pared del fondo, donde debe continuar el muro de carga, encuentra por fin el agujero, negruzco del roce de los muchos cuerpecillos que por allí han pasado. Presta atención y oye, dentro, un rebullir sordo al tiempo que del agujero sale un olor asqueroso y caliente, a podredumbre y meados retestinados, de años. Tantea los alrededores del agujero y se sorprende al ver que aquello suena a hueco; No puede ser, la alacena está abierta en el grueso muro y es imposible que este sea hueco. A menos que... haya un doble fondo de ladrillo... se le vienen a la cabeza de pronto las historias de tesoros enterrados de cuando la guerra, lo que le contaba su padre de aquella partida de maquis que pasaron unos días en la casa y de la que siempre se dijo que tenían dinero y joyas que no se encontraron cuando la Guardia Civil les dio caza en medio del monte. Parece que va a marearse, baja corriendo al patio, procurando no hacer ruido para no despertar a la mujer que sigue durmiendo su sueño angelical y vuelve con el pico, saca las ropas y las amontona en el suelo de cualquier modo, agarra la herramienta y comienza, abonico, a dar golpes en la pareta del fondo. Aquello, efectivamente, suena a hueco. Se calienta y empieza a sacudir con ganas. Es un débil tabique de ladrillos en el que pronto se abren agujeros. A los pocos golpes, la pared entera se tambalea y amenaza con venirse abajo. Regulo se aparta, voltea con fuerza el pico y lo lanza con fuerza contra los ladrillos. La pared cede y se desploma hecha un bloque, y entonces, atónito, ve a la señora marquesa hecha carne momia, con su vestido de viaje que le cuelga flotando alrededor, y los restos de la pamela hechos jirones alrededor de la cara, las manos con sus finos guantes de cabritilla, engarfiadas donde antes estaba la pareta y una sonrisa de oreja a oreja en la que resaltan sus dientes de oro  verdes de moho. Está cubierta de ratones que bullen como una gusanera gris de rabos asquerosos, recorriéndola de la cabeza a los pies. El Regulo se ha quedado inmóvil, horrorizado, mientras el esqueleto cae hacia delante. Retrocede y tropieza con la almaina, cayendo de espaldas. Un enjambre de bestezuelas grises de pelos asquerosos se abate sobre él cosiéndolo con miles de diminutas dentelladas y siente un espanto inenarrable cuando nota que empiezan a roerle los labios y no puede quitarse aquel horror de encima porque le han comido las manos.


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El naufrago

Quince hombres éramos
sobre el cofre del muerto
¡Yo-ho-ho! ¡Y una botella de ron!
La bebida y el diablo se llevaron el resto.
¡Yo-ho-ho!¡ Y una botella de ron!
La isla del tesoro
                                     
Para José Ramón Pascual, cuyos relatos inspiraron este cuento.

Estoy seguro de que muchos de vosotros conoceréis a mi primo José Ramón, el avezado marinero de rostro curtido por mil brisas, que en su juventud recorriera los siete mares al frente de su arrojada tripulación  en busca de gloria y de fortuna.
Pero lo que no es probable que sepáis es la tenebrosa historia que se esconde en el fondo de su hermético corazón y que explica el ignorado y misterioso tiempo en el que estuvo perdido para todos en los lejanos mares del Sur. Incapaz de retener el terrible secreto que durante tanto tiempo ha guardado en lo recóndito de su alma, no hace mucho que, en una interminable travesía en que nos vimos envueltos, arrastrados por nuestro familiar afán de aventuras, me contó, en las plácidas noches de nuestra singladura la terrible historia que ahora voy a relataros.
Es el caso que, siendo aún muy joven su espíritu audaz lo llevó, abandonando la regalada vida que llevaba en la casa de sus padres, a embarcar en una airosa goleta con base en Plimounth en busca de la fortuna que, en forma de copra, cosechan los nativos de las islas Cook y que habría de proporcionarle fabulosas ganancias. Embarcó, como digo, insensible a los ruegos de su padre y a las lágrimas de su madre, que tenían para él previsto otro destino más pacífico  y opulento. Y durante años se dedicó al lucrativo tráfico, obteniendo fama y dineros sin cuento y llegando a ser reputado por uno de los más valientes capitanes de aquellos mares, cuyas dificultades vencía, una y otra vez con su arrojo sin igual y con la bien demostrada pericia que todavía exhibe en sus costeras razzias pinatareñas contra magres y jureles.
Pero la diosa fortuna, que es mudable y caprichosa, lo abandonó en una terrible tempestad, a la altura del Cabo de Hornos y desarboló su embarcación de elegante casco arrojándola con furia contra los arrecifes. Allí se perdieron en un instante barco, carga y tripulación, engullidos por la fuerza de las aguas. Nuestro héroe, después de una interminable lucha contra los elementos, se vio arrojado a las costas de una desconocida isla a la que llegó exhausto, casi inconsciente.
Los ardientes rayos del sol, que ya estaba alto, lo despertaron tumbado en la caliente y blanca arena, solo, como se encontró Ulises cuando fue arrojado por la furia de los elementos a la isla Esquéria, patria de los feácios, ínclitos navegantes, gobernada por el magnánimo Alcinoo.
Mientras lloraba con amargura la pérdida de sus compañeros - me contaba José Ramón- el recuerdo de lo sucedido al héroe homérico trajo un poco de luz a su atribulado corazón, preguntándose si, al igual que aquél, el destino, adverso hasta ahora, no le tendría preparado, como lenitivo de sus desgracias la compañía de otra dulce Nausicaa. Atormentado por estos tristes pensamientos, adentróse en la isla en busca de algúna fuentecilla que aliviara la sed que ya le afligía más de la cuenta, cuando lo sorprendieron un grupo de salvajes medio desnudos que cayeron sobre él con violencia maniatándolo en un santiamén.  Creyó llegada su ultima hora y el momento de encomendar el alma a Dios, pues aunque nunca se había distinguido por fervoroso, era aquella ocasión en que, pensó enfrentarse de forma inmediata con el sumo hacedor si lo hubiera.
Entre empellones y alaridos, en su bárbaro idioma, aquel grupo compuesto a lo que parecía exclusivamente de feroces guerreros, le hicieron comprender que debía seguirlos, lo que él hizo cabizbajo y resignado a pesar de su espíritu indomable. Al cabo de dos o tres horas de caminar por trochas y sendas impracticables llegaron hasta un claro en el que un grupo de cabañas con techumbre de hojas constituían el poblado de aquellos salvajes. Salieron a recibirlo en informe montón mujeres y niños que se abalanzaron sobre él tentándole brazos, piernas y cuerpo, y gritando desaforadamente:
-—Unca, unca, chicha, chicha
En un principio, no prestó atención a aquellos gritos, pero al rato de oírlos y a la vista de los ademanes que los indígenas hacían llevándose las manos a la boca con gestos inequívocos de masticar y ojos golosos, se dio cuenta, aterrorizado de que iban comérselo. Se quedó rígido de estupor al ver que todos tenían los dientes afilados, como vampiros, y que la chicha a que se referían no era la fuerte y excelente bebida mejicana que tantas noches de alegría le había proporcionado en sus añorados viajes por el Caribe, sino su propia y pobre carne mortal. Volvió a encomendarse a todos los santos que recordaba, dejándose llevar sin resistencia ante el gran jefe, un animalote negruzco y repelente cubierto de abalorios que esperaba, con ademán pomposo lleno de ferocidad al resto de la expedición en un trono adornado con macabros trofeos. El pobre preso recordó, en un soplo fugaz, la decoración de huesos humanos de la capilla de Sta. Maria della Concepcione de Roma que visitara en su juventud y que entonces le había parecido risible y algo tétrica haciéndole bromear, irreverente, con sus compañeros de viaje. Se arrepintió una vez más, ¡Ay, ya tarde!, de su impiedad inconsciente y juvenil.
El jefe, felicitaba a los suyos, e inmediatamente se enfrascaron en una violenta discusión de la que el náufrago pudo entender, por los expresivos gestos, que había dos facciones enfrentadas: una que proponía el inmediato sacrificio, haciendo molinetes con las terribles mazas de guerra, y otra que optaba por engordarlo un poco más, señalando lo escuálido de sus brazos y piernas que, desde luego, dejaban mucho que desear desde el punto de vista gastronómico.
Para alivio, al menos momentáneo, pareció triunfar la facción “conservadora” y entre gritos, y algún que otro pinchazo de sus afiladas lanzas de madera, lo condujeron hasta el extremo del poblado donde lo encerraron en una incómoda jaula de fuertes cañas de bambú. Y allí, como Hansel y Gretel, permaneció durante una temporada en la que lo cebaban cada dos o tres horas con toda clase de exquisitos manjares regados con una especie de cerveza repugnante que lo mantenía sumido en un sopor idiotizado.
Fueron pasando los días, volvióle el vigor físico de que siempre había hecho gala y eso fue sin duda lo que alteró el curso de un destino que ya parecía trazado de forma indeleble. Apareció Nausicaa en forma de la bella Taga, hija del jefe, que se enredó perdidamente en la sonrisa pícara y en los azules ojos del hombre blanco, cayendo rendida a sus pies. El prisionero, vio en la doncella la oportunidad de salir del trance y se afanó en hacerle cucamonas hasta que logró convencerla de que, portándose bien, allí tenía esposo para los restos.
-Te excusaré detalles – contaba mi primo- de cómo me hice el jefe de aquella gente y de cómo llegué a ser un buen guerrero que los condujo a muchas expediciones contra las tribus del otro extremo de la isla, de las que obteníamos la principal fuente de proteínas frescas. Sí, yo también me hice comedor de carne humana y acabó pareciéndome la cosa más normal del mundo. Es roja y fuerte, como la ternera o el buey, pero un poco más dulce, con la ventaja de que a mí me estaban reservados los mejores bocados. Casi siempre me tocaban los sesos, si no estaban muy estropeados por los golpes de maza, y te aseguro que, asados sobre piedras calientes, son un bocado exquisito.
Con el tiempo, sus superiores aptitudes le hicieron afianzar el puesto conquistado, y para él fueron la mejor cabaña, los mejores alimentos y las mejores mujeres, pues está extendida entre aquellos salvajes la costumbre, como en otros muchos pueblos, de tener tantas como el rango social lo permita, y siendo el temperamento de mi primo fogoso y su edad propicia, pronto se vio rodeado por un enjambre de chiquillos que alegraban, hasta donde era posible, la vida que había acabado por aceptar como suya para siempre.
Y entonces se produjo la conmoción: una mañana apareció, anclado en la pequeña ensenada que les hacía de puerto natural, fondeado y con las velas recogidas, un hermoso bergantín con bandera inglesa, seguramente un barco a la búsqueda de copra o de otros negocios con los naturales. Desde el oteadero en que vigilaba estrechamente las maniobras de los marineros, miles de sentimientos contrarios lo asaltaron. De pronto, todas sus ideas acomodaticias lo abandonaron y volvió a sentirse el náufrago que llegó solo y desnudo a aquella isla hacía ya tanto tiempo. En un instante se borraron de su mente los años de poder en la tribu, sus mujeres, sus hijos, sus trofeos de guerra, y por primera vez desde que estaba en la isla sintió vergüenza del ridículo tocado de plumas y hojas de palma que correspondía a su dignidad de jefe y del pequeño taparrabos de cuero que apenas alcanzaba a cubrir lo exuberante de su virilidad. Se vio ridículo y extraño como cuando uno llega a casa después de un baile de disfraces y, pasado ya el efecto de las burbujas, contempla en el espejo la patética imagen de su rostro macilento y cansado, deformado por una nariz postiza que ya no tiene ningún sentido.
Todo el día y toda la noche estuvo sentado en la cima desde donde veía la embarcación que era el puente milagroso aparecido como por ensalmo para conducirlo a la civilización. Mil veces decidió irse y otras tantas, y con la misma intensidad, quedarse. El civilizado Dr. Jeckil y el salvaje Mr. Hide luchaban en su interior ponderando cada cual un estilo de vida contrapuesto y enemigo sin que ninguno de los dos saliera triunfante. Y en esta tormentosa agonía le sorprendió el hermoso amanecer sobre el mar, que acabó por fin de disipar sus dudas y vacilaciones. Sí; debía abandonar aquella vida, olvidar para siempre la tenebrosa etapa que había sido como una nube pasajera, como un mal sueño, y regresar a la civilización donde volvería a ser el caballero que siempre fue.
Descendió de la montaña haciéndose todas estas reflexiones y llegó hasta la playa decidido a ganar la nave a nado, se volvió para dar el último adiós a aquella tierra y entonces, como un certero dardo envenenado, lo asaltó el recuerdo de sus esposas y de sus hijos, que tan dichosa y regalada le habían hecho la vida en los últimos años. Sobre todo el último, Kena, un chiquillo regordete y juguetón de hermoso color caramelo, para el que reservaba las partes más tiernas de los enemigos y que la criaturita devoraba con sus dientecillos de leche entre gruñidos de satisfacción dándose inocentes palmaditas en los muslos pringados de grasa humana, mientras lo miraba con sus ojuelos almendrados llenos de agradecimiento.
Las lágrimas acudieron a sus ojos y decidió llevárselo. Haría de él un caballero después que hubiera olvidado aquella vida salvaje. En cuatro zancadas llegó hasta la cabaña donde dormía sobre su lecho de hojas, sonriendo como un angelote, agarrado aún a lo que quedaba de una mano enemiga bien churruscada que le había proporcionado la tarde antes. Lo tomó en brazos, corrió hacia la playa y se zambulló en el mar. Nadaba a grandes brazadas, con el tierno infante agarrado a sus espaldas, cuando sintió en el cuello un mordisco feroz que le arrancó el pedazo; con un aullido de dolor, giró la cabeza todo lo que pudo y se encontró con el rostro sonriente de su hijo que masticaba con avidez y le decía señalando el cuello:
-       Nene hambre, ¡Chicha, chicha!
Lleno de repugnancia, se quitó de encima aquel monstruo de boca sanguinolenta y dientes afilados y lo arrojó lejos de sí, sepultándolo en los abismos azules del mar, donde se hundió sin remisión.

* * *

José Ramón me miró con sus hermosos ojos azules empañados por el recuerdo y la nostalgia.
- ¿Qué te parece, primo? ¿Pues no me quería comer, el hijoputa?
 
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El canario

Aquel que nunca fue cosa
Y que cosa llega a ser
Quiere ser cosa tan grande
Que no haya cosa como él
Copla popular

Con el ruido del coche y el calorcillo de la calefacción, el Marcos se había endormiscado. La cabeza le cuelga dando bandazos al compás de la irregular conducción del compañero, que parece llevar una tartana en vez de un coche. Al cabo de los vaivenes acaba por despertar y pregunta:
-—¿Falta mucho?
—- Estamos llegando.
Hacía ya rato que era noche cerrada y todavía tardarían por lo menos una hora en llegar, acomodar los perros y descargar el coche. Marcos tiene unas ganas de llegar enormes, el cansancio le pesa como una losa. Hace casi veinticuatro horas que salieron del pueblo y están derrengados; claro que palos con gusto no duelen, el gusanillo de la caza es capaz de impulsarte a hacer cualquier cosa, más si se da bien, como se les ha dado hoy, un sartal con doce perdices llevan y tres liebres que parecen cherras de dos madres. ¡Poco que se van a chulear mañana cuando lo cuenten! Se las piensan enseñar a todo el mundo. Menos sus mujeres, que están hartas de pelar pájaros y despellejar liebres, a todos los demás de la panda, los van a dejar con la boca abierta.
El Marcos se recuesta de nuevo en el cómodo asiento del todo terreno, deja caer la cabeza en el respaldo, se coloca el sombrero de camuflaje sobre los ojos y recuerda, desde el principio, la aventura iniciada hace ya un siglo.
El coto es de unos amigos del Andrés, gente rica de Madrid, y como apenas aparecen por allí, se les ha llenado este último año, que ha sido bueno. Cuando les dijeron que podían entrarle a las perdices, no se lo pensaron dos veces, aparejaron las herramientas y los perros y salieron cortando. El viaje es largo, pero la travesía, de noche, se hizo más corta con las paradas en dos o tres puticlubs de los muchos que jalonan la ruta hacia la Mancha. Cuando llegaron a la finca empezaba a clarear y ellos estaban en un óptimo estado de ánimo, dispuestos a repasar el coto a modo. Sacaron los perros del remolque, cerraron el coche y se dispusieron a peinar la zona, uno a media ladera y el otro por la parte baja. Recorrieron toda la finca dando más tiros que en la guerra de Cuba, y los perros se hartaron de correr, hacer muestras y traer perdices. A las cuatro de la tarde, rendidos y vacilantes bajo el peso de las capturas, llegaron cerca del ventorrillo solitario que guarda el camino del pueblo. Una montonera informe de construcciones bajas con tejados vacilantes cuenta la larga historia de sobrevivientes de muchas generaciones, cada una de las cuales ha dejado su impronta con un cuarto más, una tená o un nuevo cercado para las borregas. El Conjunto es abigarrado, mísero, decadente. Uno de los cuartuchos alberga el Bar, según reza pomposamente el letrero de madera podrida por los años, los soles y las lluvias. El propietario actual es Juan “El Trillo”, así llamado, según él dice porque de joven trillaba a jornal con manifiesta habilidad y según las malas lenguas porque es más gandul que uno de aquellos adminículos, que trabajan acostados. Lo cierto es que pasa los días sentado a la puerta del tugurio en verano y al arrimo de la chimenea en invierno esperando, sin ningún ansia, la entrada del viajero ocasional y contando las moscas pegadas en la serpenteante tira de papel enviscado que cuelga del techo desde que él era pequeño.
Cuando llegan los cazadores, ni se estremece, los saluda con gestos más que con palabras, mientras dejan sobre la mesa del rincón armas y caza y usean a los perros para que se queden fuera. Después, derrengados, se dejan caer en las viejas sillas de cordeta y estiran las piernas que apenas los sostienen.
El Juan, con lentitud de hombre que dosifica el esfuerzo, les coloca al alcance de la mano una botella de vino y dos vasos que llevan una semana boca abajo en el mostrador donde han dejado cercos redondos y blanquinosos. En un segundo viaje igual de parsimonioso, coloca al lado del vino un plato con cacahuetes, avellanas les dice él, algo revenidas pero aún comestibles. Las opciones gastronómicas del local no son demasiadas, aunque hay también vermut, de garrafa y unas latas de berberechos con la solera que acredita la capa de sólido polvo que las cubre.
Los cazadores, más animados, le entran al vino y a los frutos secos, mientras el Juan, que ha profesionalizado la actitud colocándose detrás del mostrador, restriega meticulosamente uno de los vasos con una bayeta grisácea otrora blanca, observándolos con el ojo bueno. El otro, cansado de la vida, ha dado un giro hacia atrás, intentando mirarse el cogote. Dicen los mismos desalmados que lo tachan de gandul, que no llora por no mojarse la espalda.
Las avellanas se acaban al compás de la botella en un plis-plas; los chicos, de excelente humor tienen ganas de seguir la fiesta y los estómagos demandan algo más sólido. Requieren al posadero para que les suministre algo de manduca, pero el Juan no está por la faena, allí lo que hay está a la vista: vino, torraos y avellanas, y no hay más cera que la que arde, a comer al restaurante, que allí no hay de qué, como no sea el canario; y señala al pobre animalico. El bicho, animado por aquella visita inusual que rompe la monotonía diaria, se hace polvo cantando todo lo que sabe dentro de su jaulica con bañera llena de cagadas ancestrales. El Juan, que ya ha dicho la gracia del día se les queda mirando con su ojo y medio, esperando que encajen la broma, pero el Andrés no es hombre que se deje picar el billete por un cantinero de campo, así que acepta el envite del canario:
—Si eso es lo que tienes, tráelo.
Al tabernero se le enciende el ojo bueno mientras el otro le gira alocadamente en las profundidades invisibles, pero no se achanta, ¡bonico es él!
—¿Lo vas a querer a la plancha? - pregunta.
—No hace falta, así mismo.
El hombre echa mano a la jaula, agarra de un zarpazo al pájaro que aletea despavorido, y se lo coloca en la mano al Andrés. Este, sin pensarlo dos veces se lo lleva a la boca, le arranca la cabeza de un mordisco y la tritura entre los dientes, escupe el pico y restos de plumas en el suelo de tierra pisoteada y negruzca. Contiene las náuseas mientras siente el regusto salobre de la sangre.
—¿Qué se debe, buen hombre?
—Darme veinte duros del vino y el companaje, la carne no la cobro.
El Trillo, al final, ha quedado encima.

* * *
El Marcos rebulle en el asiento. Con los recuerdos de aquel largo día ha vuelto a clisarse. Pregunta:
—¿Falta mucho aún?
—Estamos llegando
A los dos amigos, con aquellas palabras, se les ha venido  un regusto amargo a la boca, como de pájaro muerto.


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Un viejo verde (II)

La lectura de este cuento requiere una ligera explicación preliminar: los personajes que en él aparecen están escamoteados del que, con el mismo título escribiera D. Leopoldo Alas “Clarín”, a los que he tenido el atrevimiento de sacar a pasear de nuevo. Quiero pensar que Don Leopoldo, desde donde lo lea, no se sentirá ofendido por esta licencia que sólo pretende rendirle un devoto homenaje.

Don Andrés de Villacañas y Pando contempla, como todas las tardes desde hace mucho tiempo la hermosa puesta de sol que se avecina, desde su cómodo mirador en la falda de la colina. Es su hora preferida; sólo altera el silencio de la tarde el arrullo como de violines que el airecillo vespertino produce entre las hojas multicolores  del centenario chopo que guarda el camino de entrada. En aquellas horas, los ocasionales visitantes solían estar de retirada y la silenciosa paz invadía el recinto. Eran momentos de sosegada meditación en los que se entretenía rememorando, sin prisa, los avatares de su vida, que se le aparecían lejanos y plácidos. A fuerza de repasar sus recuerdos, en aquella aceptada soledad, había acabado por pulirlos, igual que el buen artesano retoca la obra hasta quitarle todas las imperfecciones. El pasado se le presentaba sin episodios que lamentar, y donde los hubo, habían acabado asentándose la comprensión y la disculpa. Hacía ya mucho tiempo que los rencores y las venganzas habían muerto y él se sentía, a estas alturas, feliz y sosegado.
Si alguna falta, mejor dicho, si alguna sobra le encontraba a aquel retiro que seguro sería definitivo, era la larga hilera de fúnebres cipreses que rodeaban la pareta desconchada y ruinosa salpicada por pegotes de musgo viejo. Nunca le habían gustado los cipreses; su seriedad monacal y sus acículas apretadas e hirsutas entre las que se emboscaban las renegridas bolas de semillas, siempre le dieron la sensación de un árbol estreñido, reconcentrado y miserable; por si fuera poco, presuntuoso. En cambio el enorme chopo junto a la artística verja de hierro, obra preciosista de algún artesano local y anónimo, era un árbol generoso, de ramas abiertas, como extendidas hacia el mundo, con hojas de dos colores entre las que se perseguían sin descanso los gorriones jugaceros. Majestuoso y movedizo parecía bailar, al compás del viento que lo abraza, una danza permanente, siempre nueva.
En estos pensamientos se entretenía esa tarde, cuando advirtió un grupo de damas que se acercaban parloteando, a su silencioso retiro. Eran tres mujeres de elegante vestimenta y mediana edad que se rezagaban en el paseo bajo sus sombrillas que ya empezaban a resultar inútiles, y a las que la curiosidad había seguramente llevado hasta allí. Entretenidas en la charla iban a pasar por delante del edificio sin detenerse cuando una de ellas dirigió la mirada hacia la puerta y se quedó inmóvil como una estatua, asombrada, mientras se le demudaba el semblante. Había visto, en el frontispicio, sobre el arco de piedra, el escudo que debió resultarle familiar y la leyenda que la había impresionado. 
Avisó a sus acompañantes para que siguieran adelante sin ella y se acercó, intentando atisbar, con la mano haciendo visera por entre los barrotes, a través de los cristales polvorientos.
Don Andrés, de cerca, la reconoció enseguida, a pesar del tiempo transcurrido. El corazón le dio un vuelco; era ella, ella, Elisa Rojas, su Minerva. El primer sentimiento fue de desconcierto y de vergonzoso temor; instintivamente se echó hacia atrás, confundiéndose con las sombras, aún a sabiendas de que era imposible que pudiera distinguirlo en aquella oscuridad, a través de los opacos cristales.
Y una oleada de recuerdos lo asaltó por sorpresa, inundando su corazón de encontrados sentimientos. ¡Cuánto había amado a aquella mujer! ¡Y cuanto la había odiado también! Fue su musa, su ideal durante los muchos años en los que la adoró desde la oscuridad, desde el silencio, desde el anonimato reverente, con una devoción que ella parecía aceptar complacida aunque siempre distante; hasta aquel aciago día en que, con una frialdad inesperada lo había arrojado de sí, como se desecha una prenda inservible, haciéndole caer en el más espantoso de los ridículos. Fue el principio de su fin. Ya nunca se recuperó. Se retiró de la vida social, fue apartándose poco a poco de sus amigos que tuvieron la caridad de fingirse ignorantes del terrible desengaño, hasta que la melancolía y la tristeza habían acabado conduciéndolo a aquel retiro donde halló, por fin, la paz.
Recordaba con toda claridad la primera ocasión en que sus ojos se habían encontrado. En el Teatro de la calle Recoletos, con ocasión de un memorable concierto de Jesús de Monasterio que interpretaba el “Concierto de violín” (así como hay un sólo cuadro, el retrato del Papa Inocencio X, hay un sólo concierto de violín: el Concierto para violín y orquesta de Beethoven). Ella, bellísima y elegante, como siempre, estaba rodeada por las amigas y una parienta que ejercía de carabina, en un palco de platea desde donde prodigaba su majestad de diosa regalando el hermoso perfil de estatua griega a los numerosos adoradores que la contemplaban desde las butacas de patio. Allí se encontraba él, incondicional y sumiso, reverente, cuando la mirada de Elisa se detuvo en sus ojos y por un momento un puente de comprensión, ternura y aún pasión se estableció entre ellos. Como palomas vergonzosas se posaron en los de él y desde allí, como cernícalos carniceros cayeron sobre su alma, haciéndola suya para siempre. Él -¡qué bien lo recordaba todavía!- estuvo a punto de desfallecer; necesitó de toda su fortaleza para no desplomarse y tuvo que apoyar la cabeza en la columna vecina a su butaca. En aquel instante único, eterno, inolvidable, el mundo se convirtió en un lugar maravilloso donde no existían la tristeza ni el dolor. Su corazón volvió a latir con el olvidado ímpetu de los veinte años y el agradecimiento por aquel regalo que mendigaba desde hacía tanto, le hizo aflorar lágrimas a los ojos.
Aquella noche, enfebrecido y con el pecho a punto de estallarle de felicidad, le escribió el único billete que en su vida se atreviera a dirigirle. Con mano trémula y nerviosa le puso en un tarjetón anónimo:
 -“¡Mi divino imposible!”, y se lo hizo llegar con un propio.
Ya no hubo más encuentros. La distancia que los separaba era infranqueable, ella era una mujer en la flor de la edad, en buena posición y rodeada de pretendientes. Él un hombre mayor, casado y con un secreto tenebroso que lo inhabilitaba para pretender a ninguna otra. Su pobre esposa, presa de un mal nervioso poco conocido y peor diagnosticado, llevaba años recluida en un sanatorio donde había acabado por no conocer ni siquiera a sus guardianes. Andrés arrastraba su pena como mejor podía, con el único consuelo de aquel amor imposible, de aquel ideal que era su permanente compañía y su lenitivo en las largas horas de soledad insomne. De pronto se daba cuenta de que con aquel amor inalcanzable, había ido envejeciendo poco a poco y mientras el objeto de su adoración maduraba en una belleza esplendorosa, en una juventud permanente, él encanecía, perdía apostura, la edad lo iba doblegando, batalla tras batalla, haciéndole abandonar a regañadientes, una cuarentena insatisfecha.
Aquel sentimiento de ridículo fue haciéndolo retraerse de sus devotas contemplaciones, cesó en la persecución implacable y desapareció de los salones y los espectáculos donde sabía que era probable encontrarla, olvidando la costumbre de tantos años. Dejó de ser “su incondicional” para huir rumbo a un discreto y apesadumbrado retiro.
Pero el destino de los hombres es ineludible y sus ignotos designios imposibles de torcer; como por una burla cruel, ahora que ya no la buscaba, un aciago día se encontró, en el mismo palco que la de Rojas, casi codo a codo con ella. Se saludaron, él pálido por las antiguas ansias que se le renovaron de golpe, ella hermosa y desenvuelta como siempre, disfrutando de ser el centro de todas las miradas. Era principio de temporada y el sol enviaba sus rayos a través de los multicolores vitrales de la cúpula. Y quiso la mala fortuna que uno de ellos, quizás el último, viniera a dar sobre ambos sumergiéndolos en una aureola verdosa que los unió por un instante, el único en sus vidas. Ella, se dio cuenta del tinte mortecino que a sus rostros proporcionaba aquella luz fantasmagórica y salió del círculo, retirándose hacia la sombra con un gracioso salto. No se sabe que maligno duendecíllo rencoroso le aconsejó, en aquel momento, tomar venganza del adorador que ya no la seguía como durante tantos años lo había hecho. Sin poder evitar aquel arranque de maldad que habría de lamentar durante el resto de su vida, cuchicheó al oído de una de sus acompañantes, a sabiendas de que era escuchada por todos:
-“¡Ahí tenéis a un viejo verde!”.
Para Andrés fue como un cañonazo; igual de estrepitosas le resultaron aquellas palabras que parecieron retumbar en todo el teatro. De nada sirvió el disimulo compasivo con que los más cercanos fingieron no haber oído. La vergüenza y el ridículo cayeron sobre él como una losa. Permaneció todo lo impasible que pudo conteniendo a duras penas el temblor de sus labios y apretando las uñas hasta hacerlas sangrar sobre el pomo del bastoncillo que mantenía entre las piernas. En cuanto pudo, con discreción, se retiró del teatro y salió de aquella ciudad para siempre. No volvió a ver a Elisa Rojas.

*  *  *

Como en un relámpago han pasado por su imaginación todos estos acontecimientos, hasta hoy sepultados en el fondo de la memoria Ahora los recuerda sin rencor, con una especie de fatalismo acomodado, levemente doloroso.
La mujer, al otro lado de la puerta, ajena siempre a su presencia, ha garrapateado en el cristal algo con el brillante de un pendiente. Después, con el borde del pañuelo que lleva en la manga, seca dos lágrimas que han quedado colgando en sus hermosos ojos pardos, suspira y se aleja hacia donde sus amigas la aguardan.
Aun temblando por la emoción del encuentro, Andrés se acerca al cristal donde ella ha escrito su mensaje y lee: Mis amores. Con un nudo en la garganta, retrocede hacia el fondo del mausoleo donde le aguarda el hermoso sarcófago, y sin necesidad de levantar la tapa, se tumba en el interior para seguir su reposo sempiterno.

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Los pies de cerdo

—¡Por Dios que sois hombre extraño!
¿Cuántos días empleáis
en cada mujer que amáis?
—Partid los días del año
entre los que ahí encontráis.
Uno para enamorarlas,
otro para conseguirlas
otro para abandonarlas,
dos para sustituirlas
y una hora para olvidarlas.
Don Juan Tenorio

La mañana se había presentado, como era de esperar, llena de triunfos. Los dos casos más enrevesados que llevaba entre manos, habían entrado en vías de solución gracias a su natural habilidad para la negociación. El moroso de mayor cuantía había acabado endosándole un talón, con los ojos meones, después de media hora de sutiles reconvenciones y paternales consejos; que mire Vd. don Claudio, que a esto hay que darle una solución, que nadie tiene la culpa de que Vd. corriera las lindes sin darse cuenta, que el juicio no había quién lo ganara, y que lo de come-lindes, que dijo el fiscal, es lo que le llaman sus vecinos, sin duda injustamente, desde hace mucho tiempo...
Julito, don Julio en el despacho, estaba más que satisfecho de sus gestiones y decidió feriarse con una cañita y aditamento de hueva con almendras en su apeadero favorito, en unión de los mudos contertulios que desde el fresco (de dudoso gusto), que adorna la pared hacían plácida compañía al resto de los consumidores. Allí estaba Carlos Valcárcel con su porte distinguido y hierático, el otro don Carlos, cajero de pro; Luigi Clavel, sonriente como siempre, un poeta cartagenero de leonina melena, el propio autor, observador medio emboscado, atento a la realidad....
Además de ser céntrico hacía ese bar que se sintiera relajado y cómodo, entre tantos personajes familiares que, por cierto, eran la discreción personificada.
Chirrió la pesada puerta de cristal y cuando apareció la mujer, él le colgó los ojos sin ningún recato, como si fuera lo más natural del mundo, para eso estaba allí de miranda. Ella sabía muy bien lo que se llevaba entre manos,  bastaba ver como entró, pisando con aplomo, mirando desenvuelta alrededor como si buscara a alguien que la esperaba, encaramándose al taburete con el dominio del que está acostumbrado a torear en plazas de todas las medidas. Con parsimonia y gestos bien medidos dejó el pequeño bolso a su lado en la barra y sacó un paquete de cigarrillos y un dupont de carey que colocó encima. Era una mujer para mirarla, medía por lo menos, metro setenta, rubia con los ojos claros y un tipo que marcaba sin exagerarlo, un traje pantalón de lino tostado con camisa de seda blanca que dejaba entrever el pecho alto y justo, con los botoncicos de los pezones donde uno esperaba encontrarlos.
Julio la miraba con el descaro del que está en territorio libre y ella, sin alterar el gesto, le mantuvo el pulso con los ojos, como diciendo ¿Que pasa? Dos minutos después compartían la cerveza y unos matrimonios, sobre los que hicieron la inevitable broma. Tenían conocidos comunes, entre otros, alguno de los que desde la pared, les hacían compañía; ella le explicó que había quedado con unas amigas, pues su marido estaba haciendo un master en alguna ciudad lejana y no volvería hasta el lunes. La conversación se hacía interesante y fluida, las miradas incendiarias y los cuerpos sentían una atracción natural de la que los dos eran conscientes, y de la que no se recataban ni con ellos ni con los demás.
Las amigas no llegaron ni era probable que llegaran, si las esperaran hasta el valle de Josafat, así que después de las dos o tres primeras cervezas estaba claro que había que buscar un lugar para comer; aquello no podía quedar así, ahora que se habían conocido. Escogieron un restaurante de las afueras donde se comía bien y además resultaba discreto, cualidades muy de valorar. Cada momento que pasaba hacía que intimaran de una forma natural, la relación se hacía más sólida por instantes; hasta la música del casete les resultó familiar; a ella también le gustaba la guitarra clásica y Tárrega, especialmente los Recuerdos de la Alhambra y Torre Bermeja, ya ves tú. Escogieron vino tinto, a pesar de que ella pidió un Rodaballo a la plancha, y en ese momento fue donde Julio comenzó a deslizarse por la pendiente que conduce, sin remisión, al fracaso.
¡Mira que lo sabía!, ¡Mira que se lo habían dicho siempre!, ¡Mira que estaba hasta en los manuales más conocidos para el ligue con acoso y derribo! Que no, que cuando se va de escaramuza no conviene llenar demasiado la tripa, que hay que contentarse con una comida ligera, sin mucho alcohol y reservar las energías para los momentos difíciles, que pueden presentarse de improviso.
Pero en el relajo de la victoria que ya tocaba con la punta de los dedos, la gula lo pudo. No supo resistir cuando leyó en la carta: Pies de cerdo a la asturiana; la imaginación, sin control, se le fue hasta el Restaurante del Pí en el lejano Vendrell donde comió, no hace mucho, unas manitas amb naps y chirivía que todavía le hacían acudir lágrimas a los ojos. Un velo púrpura oscureció su razón y antes de darse cuenta estaba en ameno diálogo con el camarero sobre las diversas formas de condimentar las sabrosas extremidades de los pobre gorrinos. No se percató, incauto, del escaso interés que ella sentía por esos detalles gastronómicos que pertenecen a la esfera menos elevada del ser humano, y que la entrega incondicional que se leía en sus ojos desde el principio, empezaba a hacerse menos patente...Llegaron los pies, al tiempo que el exiguo Rodaballo. No eran la delicia del Pí, pero estaban hechos con la primorosa paciencia que el plato requiere, según una receta asturiana en la que no podían faltar ni la sidra ni el chorizo. El resultado podía ser cualquier cosa, menos ligero. Con las fauces hidratadas por el reflejo pauloviano, se dedicó a ellos por entero, reservando discretos monosílabos para la conversación que hasta ese momento había sido la atracción principal de aquel afortunado encuentro. Los pies de cerdo deben comerse hasta la última brizna de carne, para lo que se requiere chupar con toda dedicación los huesos y huesecillos envueltos por la sabrosa gelatina, de uno en uno, dejándolos luego en el plato con el cuidado necesario para que no salten inopinadamente causando estragos en manteles y trajes. Es esta operación que requiere, además de una habilidad contrastada, una dedicación absoluta para poder disfrutar de las excelencias del plato sin sembrar el entorno de despojos y osamentas, de ahí lo poco indicado que el menú resulta para una circunstancia como la que nos ocupa.
A pesar de ello, Julio, con una habilidad de malabarista avalada por la larga práctica, consiguió dar fin a las tres piezas que le pusieron delante, eso sí, empujándolas con la casi totalidad de la botella de excelente Martínez Lacuesta que le hacía adecuada compañía, y todo ello manteniendo, por lo menos, el ralentí de la conversación. Una vez en los postres, la cosa pareció reavivarse. Sin más trabajo inmediato que el de dar fin a dos o tres tapones de orujo gallego para diluir el que ya empezaba a notarse en medio del pecho, el conquistador renovó sus esfuerzos para recuperar el tiempo tan afortunadamente perdido.
Su casa de campo no estaba lejos, un paseo, podrían oír música, Tárrega precisamente y hasta descansar un rato, le decía el estómago satisfecho, con una doble intención evidente. Otras tres piezas de guitarra los colocaron en la casa y después del imprescindible paseo por la diminuta huerta fueron, de común acuerdo, por harina. Antifaces fuera y al cuerpo a cuerpo. Desde los primeros toques de carnes recalentadas por la comida y la espera, encajaron a la perfección, como ambos esperaban. El único inconveniente era el que Julio sentía en la boca del estómago y que se iba haciendo notorio por momentos. Aquellos puñeteros tapones de orujo, de los que ahora notaba el exceso, habían hecho causa común con los pies y en vez de empujarlos hacia abajo y dispersarlos en briznas digeribles como era su obligación, se plantaban obstinados, a la altura del plexo solar sin intenciones  de moverse de allí, y lo que es más grave, produciendo unas vaharadas gaseosas que lo asaltaban en el instante más inoportuno y que se veía y se deseaba para eliminar discretamente dejando perder la mirada en el infinito.
Haciendo de tripas corazón entró al trapo como un valiente, pero aquello era mucho trapo. El marido, por lo que parecía, debía estar haciendo el master desde la primera comunión, porque aquel bancal lo tenía en barbecho desde la noche de los tiempos. ¡Esta es la mía! hubiera dicho Julito en cualquier otra ocasión, pero en aquella, merced a los puñeteros pies de cerdo, que empezaba a odiar con toda su alma, corría el riesgo de verse precisado. Echó mano de todos los conocidos recursos dilatorios, a los que la dama le ayudó sumisa pero experta, y tuvo la satisfacción, entre eructos estrangulados, de ver que ella la obtenía con facilidad. Pero llegó el ineludible momento de la verdad y tuvo que entrar a matar.
Sin más remedio que buscar el alivio en aquella dura circunstancia, la colocó boca abajo y él se puso donde tenía que ponerse, de manera que la barriga, asaz cargada, encontrara lugar dónde no la martirizaran más de la cuenta. En aquella posición, si no cómoda al menos llevadera, inició la marcha que debía conducirlos al punto deseado al unísono, pero la feroz ingesta a que tan incautamente le había llevado su gula, aderezada con aquél vaivén agitó la sobrecargada caldera de su estómago, y ello fue demasiado para la pobre víscera, que antes del colapso reaccionó como la madre naturaleza le tenía enseñado; es decir, devolviendo al mundo aquello con lo que no le era posible quedarse. Las briznas de los triturados pies de cerdo ennegrecidas por el vino y adobadas con aguardiente gallego, salieron a borbotones de la aliviada garganta invadiendo espalda sometida, dorado cabello y olorosas sábanas.
La bella valkiria se retrajo ante aquella lluvia tan pestilente como inesperada, aprisionando a nuestro héroe por el lugar harto sensible que compartían, lo que añadió un espantoso dolor al asco y la vergüenza que lo asaltaron en abigarrada mezcolanza.
Desde entonces, Julio no ha vuelto a comer pies de cerdo ni a escuchar a Tárrega. Lo otro, no me consta.


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El vuelo
Monsieur le President
Je vous fais una lettre
Que vous lirez peut etre
Si vous avez le temps...
Canción francésa


Oyó el tintineo del reloj de la sala. No sabría decir si ya estaba despierto o si lo había despertado la suave campanada, apenas audible durante el día. En los últimos tiempos, se acostara a la hora que se acostara, a las seis y media en punto, abría el ojo y no podía volver a dormirse. Un fastidio, porque al menos durante el sueño se sentía relajado y tranquilo, por más que algunas veces las pesadillas lo destrozaran. Con frecuencia envidiaba a los monjes budistas que, según dicen, habían aprendido a controlar sus sueños y realizaban grandes viajes de conocimiento por lejanas regiones mientras sus cuerpos quedaban, inmóviles y en paz, en sus camas, como en una muerte pasajera. Permaneció, sin moverse, mirando al techo sin ver nada, oyendo los tenues ruidos del amanecer que solo pueden escucharse en la inmovilidad total. Otro día, otro largo día. El corazón se le encogió y una oleada de pánico lo envolvió por entero. En esos momentos, era incapaz de levantarse, de enfrentarse con el mundo, odiaba su cuerpo inmóvil, odiaba la casa, odiaba incluso a su mujer, que dormía plácidamente de espaldas a él, con el sueño sosegado de los simples. ¿Cómo podía haber llegado a esta situación? Recordaba cuando la conoció, casi una niña; había sido lo que se llamaba entonces, y que ahora le hace reír con amargura, el amor de su vida, después, en un soplo, los años de matrimonio, los hijos, problemas por todos sitios. Le parecía que fue ayer cuando se acostó siendo joven y hoy era un hombre en el umbral de la senectud, barbicano y decadente que ya no interesaba a nadie. Eso era lo peor, como el tango decía, “la indiferencia del mundo, que es ciego y es mudo, recién sentirás...”, que todo seguía funcionando a su alrededor cada vez más deprisa, más acelerado, con más cosas que tener y que aprender a manejar y él más alejado de todo, más ignorante, más aburrido, más indiferente, sin ningún objetivo. No le importaba a nadie, podía desaparecer del mapa y no lo echarían de menos hasta vaya Vd. a saber cuándo, o nunca.
Recordaba aquellos primeros años de matrimonio, quizás los únicos buenos que había tenido, aquellos y los de la pandilla de amigotes, que ahora estaban todos que daba pena verlos de gordos y fachosos.
Se casaron en cuanto él volvió de las milicias, eran jóvenes y estaban llenos de salud y de proyectos, todo les parecía bien y con todo se atrevían, hasta que llegó Pedrito, - qué Pedrito ni Pedrito, que mide metro ochenta y es Ingeniero Industrial -, pasaron dos años de fábula, Alicia estaba en todo lo suyo y él también. Salían con frecuencia, ella era monísima y tenía un tipo estupendo, todo eran risas y juergas, el sueldo del banco, bien administrado les llegaba, justo, pero les llegaba; y lo de la Compañía de Seguros de ella les daba para pagar el piso, que era de primera. Se habían metido, en la cooperativa gracias a su padre, aún de novios, y habían estado más de mil años para pagarlo, pero ahí estaba, ahora vale una fortuna.
Cuando empezaron a llegar los críos se jodió el invento, mira que se lo había dicho, vamos a esperar unos años, tomate algo, pero fue inútil, era una calenteja, bueno los dos eran unos calentejos, esa es la verdad. En la cuarentena se quedó preñada de la cría y otros nueve meses de fatigas, dándole la teta a uno y con las vomitonas del otro. No lo recuerda muy bien, pero debió ser por esa época cuando el carácter se les empezó a agriar, él siempre dice que fue ella, pero en la soledad de la madrugada, sabe que fueron los dos. Ella tuvo que dejar de trabajar, una baja maternal que se convirtió en definitiva, y él por las tardes al banco, que por lo menos no estaba en casa oyendo quejas y montando broncas y le daban un complemento que buena falta les hacía. A partir de ahí, ya no recordaba buenos ratos más que ocasionales, los bautizos, alguna fiesta de cumpleaños... Y suerte que le ligaron las trompas después de la tercera chiquilla, que si no llenan la capaza, porque se quedaba preñada con mirarla. Era igual que sus hermanas. Le habían salido todas a la madre, que había parido diez hijos, y porque el médico le había quitado la matriz que ya le arrastraba, porque ella decía que hijos los que Dios quisiera. Que atraso señor, bueno, lo que se llevaba entonces, había que hacer la patria grande y si era posible que te dieran un premio de natalidad por tener una caterva de hijos y retratarte con el caudillo en el Pardo, todos vestidos de pontifical. Ahora se arrepiente de no haberse puesto en su sitio y que le hubieran ligado las trompas, que es lo que él dijo, pero a buenas horas. Lo cierto es que siempre ha hecho lo que han querido los demás, aunque no le haya servido para nada.
Se levanta de la cama con cuidado de no despertarla, pone la cafetera al fuego y se lava los dientes procurando no hacer ruido, mientras el café empieza a olerse por toda la casa. Ahora que ya no tiene que ir al banco, no puede estarse quieto en la cama, con la de veces que se ha dicho que el día que se jubile se va a levantar a las tantas. Si por lo menos hubiera tenido suerte con los hijos, pero menos el mayor que salió estudioso, los demás eran una calamidad, eso sí, con más leyes que el Aranzadi, que se las sabían todas, aunque eran mujeres. Ya no quedaba en casa más que la pequeña, que dicen que es su ojico derecho y lo que pasa es que es la única que le hace un poco de caso. Las otras dos no lo quisieron nunca, en cuanto se empinaron les dio por la calle, lo que se estilaba por aquellos años de libertad y de sociatas. Empezaron con los canutos y a volver a las tantas. Después de las primeras broncas le dijeron que pasaban de él y se buscaron la vida. Con la madre sí que se ven a veces, pero con él no quieren nada, ni él con ellas. Para putas las de la cuesta de la Magdalena, que también la han tirado por cierto, todo se acaba. Si por lo menos cobraran, pero encima lo único que hacían era sacarles todos los cuartos que podían y no dar ni clavo en la casa aunque vieran a la madre echar el bofe. Una está en Madrid, trabajando dice, como no sea de puta o de chacha..., y la otra lleva un cacho de hierro en el labio, como si fuera una cherra y vende collares con los hippies. Nada, que le han salido a su tía Lola, que es más puta que las gallinas, que le vamos a hacer. Vaya una desgracia, criar hijos para esto. El Pedro, que es el único serio, vive en Madrid y trabaja en una compañía eléctrica. Tampoco lo ven porque la mujer es una estirada tontucia que no le gusta venir por aquí, se avergüenza de que el chiquillo tenga abuelos provincianos, claro como lo educan en el colegio alemán, que mira que se lo ha dicho veces al calzonazos de su hijo, que estudie Inglés que el Alemán no sirve para nada, pero la tía no da su brazo a torcer, como su padre estuvo en la división azul, se cree todavía que los nazis van a ganar la guerra, y Pedro que es un blando, porque mira que es blando, bueno pero blando, hace todo lo que ella quiere, que es la que lleva los pantalones. Con él tenía que haber dado, la iba a llevar más derecha que una vela. Si por lo menos la pequeña estudiara, pero lleva dos años atrancada en el Cou y no tiene pinta de salir de ahí. No hace más que pegarse filetes con el novio, que un día van a reventar el sofá, otro gandul melenudo que le habla de tú a todo dios y a ella le dice tronca, la madre que lo parió. Si no fuera por lo que es, les ponía las peras a cuarto, pero Alicia lo contiene, dice que son las cosas de ahora y que no hay más remedio que aguantarse. Se las tiene que tragar como puños, y suerte de que no le haya hecho una barriga, porque tal y como están las cosas igual tiene que apechugar con los tres.

Y encima lo del banco, toda la vida dejándose el pellejo y a los cincuenta y siete años querían que aprendiera a manejar el ordenador, como si esa fuera edad para ir a la escuela, como le dijo a Don Ramón, ya no se acordaba nadie de las tardes que había echado sin cobrar un puñetero duro cuando se tenían que cuadrar balances o cuando faltaba una peseta, entonces venga Vd. Don Luis, que es el único capaz de hacer el arqueo como Dios manda, y ahora que si no le interesaría la jubilación anticipada, eso sí, con el mismo sueldo, faltaría más, que todavía le quedan sus buenos años para disfrutar de la vida, que bien se lo ha ganado y a pasear a su señora, que para eso el banco tiene un fondo y Vd. va a seguir cobrando como antes. En realidad lo que quieren es quitarse de encima a los fósiles cargados de quinquenios y por el mismo precio contratan a dos o tres jovenzuelos con Master en cualquier universidad privada con un contrato basura que trabajan por cuatro chavos más horas que un reloj.
Los primeros días, bueno, la novedad, que suerte tienes, antes de los sesenta y todo el día para hacer lo que quieras, sin que nadie te mande y con el mismo sueldo, pero luego que hace él todo el día dando faldetadas por la casa, estorbar como un inútil, la chica echándolo de todas partes, que no me pise Vd. por donde acabo de fregar; y Alicia que por qué no te vas a pasear un rato a la perra, que os vendrá bien a los dos. La perra que la pasee tu madre, el coñazo de bicho asqueroso que esta medio ciega y hay que darle sopas de leche porque se le han caído los dientes. Tiene la misma cara que su suegra y la misma mala leche, parece que se le van a salir los ojos de las órbitas (de hecho alguna vez se le han salido) y no le muerde porque no puede, pero se le ve que se queda con las ganas.

Si por lo menos tuviera alguna afición, pero fuera de leer el periódico y la cerveza del medio día, no sabe hacer otra cosa, lo que ha hecho toda la vida, trabajar como un burro, y ella lo mismo, como tampoco le gusta salir, acaban aburriéndose como mochuelos delante de la tele. Dice que se apunten a los viajes del IMSERSO, pero eso le faltaba a él, meterse en uno de esos autobuses cargados de viejos que se les escapan los pedos, a ver la Ciudad Encantada, y si tienen suerte que vuelquen y una tanda de pensionistas menos, que para eso los pasean, a ver si acaban con unos pocos, que lo que sobran son viejos.

Se vuelve a la cocina, siempre moviéndose en silencio. Es la única hora en que se siente dueño de la casa, antes de que se levante nadie y empiecen los ruidos del día. El café esta amargo, pero lo reconforta. El reloj da las siete, con el tímido campanilleo del cristal de Bohemia. La ventana del Office, abierta, deja pasar el fresco de la mañana. Acerca el taburete hasta colocarlo debajo, pegado a la pared, termina de levantar la persiana, coloca las zapatillas bien juntas, como cuando las deja al borde de la cama y se sube a la banqueta. Nota el alféizar frío y rugoso, pero está decidido a no pensar en nada, se zambulle en el fresco de la mañana como si se tirara a una piscina y vuela sintiendo el aire que le golpea la cara, y el pijama ondeando al viento, le recuerda las escenas de paracaidistas en caída libre que se ven en la tele.

El cuerpo ha quedado sobre las losas, boca abajo, los brazos hacia adelante con las manos extendidas, como si quisieran alcanzar algo, una pierna estirada y la otra haciendo ángulo; se lo imagina igual que en las películas cuando hay un muerto y alguien traza a su alrededor una silueta de tiza. La cabeza ladeada, mira hacia la casa con expresión tranquila, descansando...
Desde la ventana donde se observa, le viene a la cabeza la canción de Serge Reggiani sobre el joven desertor al que encuentran, les pied sur la riviere il dorm, sourient com sourirait un enfant malade, pale, bouche ouverte, il a deux trous rouges au coté droite. ... “sonriendo como sonreiría un niño enfermo, pálido con la boca abierta,  tiene dos agujeros rojos en el costado derecho...”.

El fresquillo de la mañana y el recuerdo de la música que le retumba en la cabeza, le están poniendo la carne de gallina. Cierra la ventana sintiendo un escalofrío que le sube desde los pies desnudos. Un día de estos...


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El premio

     Llaneza, muchacho, no te encumbres,
   que toda afectación es mala.
   D. Quijote de la Mancha, II,26


Avelino abrió el buzón con manos temblorosas. Desde hacía unos días, justo desde la fecha en que se había fallado el concurso, su ansiedad aumentaba en aquella ceremonia diaria, sin que nunca hubiera encontrado más que cartas de  bancos y la propaganda de centros comerciales que iban directamente a la papelera. El corazón le dio un vuelco al ver esa, tan diferente de las habituales, con el membrete NH. ¡Por fin!, sintió como se le aflojaban las piernas y un sentimiento de satisfacción y orgullo se le agolpó en la garganta haciéndole  boquear como un sargo fuera del agua; si le habían escrito es porque había premio, no cabía duda. Abrió el sobre rasgándolo, desatinado, a punto de romper el interior y allí estaba, bien claro: “Primer premio de cuentos NH para Don Avelino Saravia Retuerta”. El, el Avelinico de toda la vida con un premio de Madrid, para no creérselo, vamos. Le había costado mucho trabajo decidirse y si no hubiera sido por Mercedes, su compañera de oficina jamás lo hubiera mandado, pero ella, que le corregía con mimo y paciencia inacabables, le había insistido; tenía más fe en sus cuentos que él mismo, decía que eran buenos, por lo menos tan buenos como los que escribían los demás y que una vez “podados” de redundancias, repeticiones y ..mentes de las que era demasiado amigo, podían competir hasta con los de Clarín. Eso no se lo creía él ni dando botes, pero le daba gusto que una filóloga experta como ella, aunque quizás cegada por alguna oculta pasión, tuviera confianza en sus escritos. Y ahora, aquellos señores de los hoteles le daban la razón; entre un montón de participantes de toda España, lo habían escogido a él. Aparte de la dotación en metálico que era importante, lo que más le entusiasmaba era la estancia en Madrid, donde había que recoger el premio, la visita a la Feria del libro y la publicación en uno de aquellos tomítos que la cadena de hoteles ponía en las mesillas para ayudar a conciliar el sueño a los clientes. Eso era lo mejor del asunto, que el cuento que había mandado no era precisamente el ideal para ayudar a un sueño tranquilo, sino todo lo contrario. Era una historia un poco trágica, de campo, que acababa con un hombre muerto de un hachazo dentro de una tinaja de aceite, pero Mercedes decía que “La tinaja “ era de sus mejores cuentos y se había empeñado en mandarlo; y  por lo visto tenía razón.
Subía a trancos desiguales la escalera mientras todos estos pensamientos le daban vueltas en la cabeza; se serenó un poco al meter el llavín en la puerta del piso y el entusiasmo se le enfrió de pronto cuando cayó en la cuenta de que tendría que decirle a su madre lo del viaje; el problema en el que no había querido pensar hasta entonces se le apareció en toda su dimensión. Esto de los cuentos, a la buena mujer no le interesaba demasiado; lo cierto es que los temas de los que trataban tampoco eran los más adecuados para una señora de casi noventa años y por ello, Avelino no insistía demasiado en que los conociera. Un natural pudor hacía que le ocultara las andanzas de aquellos personajes, a menudo desatinados y contrahechos, a los que hacía vivir las aventuras y placeres que a él le estaban vedados. El cincuentón soltero que cada día encontraba más dificultades para distribuir el emparrado lleno de gomina que pretendía, sin éxito, ocultar su amarillenta calva, se había resignado a la vida monótona y estrecha de una ciudad provinciana, en un ambiente rancio, al lado de aquella anciana que lo seguía tratando como cuando era muchacho y de la vieja sirvienta medio ciega, narradora impenitente de alifafes. Su vida se repartía entre el trabajo de la oficina, que hacía con la misma pulcritud que todas sus cosas y el cuidado de su madre que, con los años había ido volviéndose cada vez más voluntariosa y posesiva. Poco tiempo le quedaba para nada más; se había resignado a su soltería y se conformaba con algún “bolo” ocasional muy de tarde en tarde y el placer que le proporcionaban aquellos cuentos que escribía, desde hacía tiempo, a salto de mata con la complicidad y el apoyo de Mercedes, su tutora literaria.
En la oficina, donde ella dio enseguida la noticia, le felicitaron, seguramente de corazón, eran compañeros de muchos años y se tenían aprecio; allí empezaron a tejer las fantasías de la fabulosa aventura que el premio suponía. Tres días en Madrid, ¡ahí es nada!, ¡en un buen hotel y sin nadie que lo vigilara! Los compañeros aprovecharon para hacer un poco de broma a sus expensas, pero lo cierto es que a él lo excitaba realmente aquella posibilidad de salir, siquiera por un breve espacio, de su ambiente monótono y plomizo. Por otro lado le daba un cierto temor conocer gente de aquellos mundos intelectuales por los que sentía tanto respeto; y en Madrid, nada menos. Su madre, pasado el primer momento de disgusto y desechada la idea –que se barajó por un momento- de acompañarlo, pasaba los días que faltaban para el viaje dando órdenes contradictorias a Manuela sobre lo que debía o no incluir en la maleta según lo que dijera el hombre del tiempo ese día, machacándole con toda suerte de recomendaciones sobre la forma de comportarse, la ropa adecuada para cada uno de los actos a los que debía asistir, la necesidad de que no perdiera la misa del Domingo, el día de la entrega del premio, y sobre todo, el cuidado imprescindible que su delicado estomago requería. Ese era su talón de Aquiles. Desde siempre había sido una persona con el estómago débil y a la mínima ocasión le acometían unas descomposiciones que le duraban varios días y que solo eran capaces de terminar la sustancia de arroz y la dieta de yogurt a que lo sometían, entre su madre y la fámula, durante cinco días seguidos, ni uno más ni uno menos. Hacía muchos años que no iba a comer a un restaurante, justo desde la última vez que, con los de la oficina, habían celebrado los veinticinco años de casados de no sé quién y después de un discreto plato de caldero en “La Tana” de Cabo Palos, había estado al borde de la muerte, con una caguetilla verde que le había dejado la cara de cadáver, la crencha sudorosa cayendo desmayada sobre la oreja izquierda y unos quilos de menos; así es que tendría que arreglarse con alimentos de régimen, o a base de yogur y queso. No estaba dispuesto a que el puñetero estomago le amargara la ocasión de su vida.
Con la notificación del premio venía un bono de hotel y el billete de ida y vuelta en el talgo pendular – eso de pendular, siempre le sonaba como si al tren le diera todo igual- en el que hizo un viaje relajado y tranquilo entre la película de Alfred Hitchcock, Con la muerte en los talones que vio por enésima vez, y el whisky que se tomó en el bar, a un precio de escándalo y que le ayudo a iniciar lo que vivía ya como una aventura llena de clandestinidades.
El hotel era estupendo, un cuatro estrellas en un hermoso edificio rehabilitado y con todas las comodidades; le dieron una habitación en el séptimo piso, con una relajante vista sobre el jardín botánico a la que se llegaba por medio de un ascensor acristalado que subía por un patio interior, silencioso y futurista, como en las películas del 007. Después de la preceptiva llamada a mamá, que le reiteró todas sus advertencias y recomendaciones, Avelino se tiró a la calle deseoso de tomar contacto con la vida madrileña. Se sentía de un humor excelente, después de la ducha de media hora con que había estrenado el coquetón cuarto de baño de mármol rosado y decidió seguir comportándose como un hombre de mundo. Entró en la primera cervecería que le salió al paso y se tomó un inverosímil bocadillo de calamares luchando como un hombre con las dificultades de deglución a base de frecuentes tragos de cerveza, luego se refugió en el hotel –cuando la noche se le echó encima sintió cierta aprensión en su primer día de capital- y se tomó dos whiskys en la barra, oteando a su alrededor con un aire que suponía elegante y mundano pero que solo resultaba vulgar y provinciano y que los empleados del hotel estaban hasta la coronilla de ver todos los días. Durmió como un bendito.
El sábado amaneció radiante. Desde la terraza mínima contempló el jardín al otro lado de la calle, el museo del Prado a la izquierda y la estación de Atocha a la derecha. Decidido a pasar el día en la Feria, se regaló con otro bocata calamares en el mismo sitio, donde el camarero ya lo saludó con la familiaridad paternalista que los madrileños usan con las gentes de provincias, y luego fue caminando hasta adentrarse en el Parque del Retiro, el Buen Retiro, según decía el cartel. Les preguntó a unos guardias de a caballo por la Feria y se dirigió a ella bordeando el paseo del estanque, lleno de echadores de cartas, estafaremos de vestiduras variopintas que solo reaccionaban a la dádiva y grupos de músicos peruanos pelicoletos e iguales entre sí, con enormes cajas de resonancia que esparcían sus sones alegres y coloridos a los cuatro vientos. Se sentía feliz, ligero de espíritu y con una sensación de libertad que no había experimentado en muchos años.
Recorrió la feria como un peregrino recorre los Santos Lugares, las casetas todas iguales y en número infinito almacenaban los tesoros con los que soñaba a menudo; libros de todos los tamaños, todos los colores y todas las clases se amontonaban una tras otra. Cuanto más andaba, más habían; y en la mayoría de aquellos cuchitriles, escondidos entre la maraña de libros, acechaban los autores, rotulador en mano, prestos a firmar lo que les echaran, mientras vigilaban con el rabillo del ojo a los competidores de casetas vecinas. Allí estaban todos: el melenudo de rostro cuadrado que este año saca un libro con juego de la oca, bien documentado y con la simpatía de la juventud madurada; el facha largo de grandes orejas y sonrisa cínica que echa al mundo al marqués sesentón y a su señora madre para que le recauden fondos; viejas damas de perfil romano, dignas y compuestas para la larga tarde; el originario murciano, orondo y viperino con sus ojillos sabios burlándose de la mitad de todo; el catalán adorador de Isis, con su peluquín extemporáneo; y el triunfador permanente del evento, con su rostro de abuelita bonachona, mariconeando mohines enfundado el largo cuello de tortuga añeja y sabia en un elegante pañuelo carmesí... Se sentía privilegiado de poder presenciar aquel espectáculo único. Se dio cuenta, con cierta pesadumbre de que aquello tenía poco que ver con la literatura, y que asistía a la máxima expresión del marketing, algo que nunca había entendido muy bien y de lo que ahora presenciaba una excelente demostración práctica. Se sintió muy afortunado y se volvió al hotel después de haberse gastado una fortuna en libros dedicados por las grandes figuras que pensaba, además de leer cuando pudiera, colocar en sitio destacado de su bien nutrida biblioteca. Por algo, según decía José Gaos, “toda biblioteca personal es un proyecto de lectura”.
Esa noche se había concertado una cena con los otros dos finalistas y los miembros del jurado, de modo que tuvo el tiempo justo de dejar el montón de bolsas en la habitación y darse una ducha antes de encontrarse el en hall con la comisión. Estaba un poco cortado al principio, pero luego resultó que eran gente de lo más corriente y que incluso le manifestaban un cierto respeto por el hecho de haber ganado el premio. Por si fuera poco, la segunda agraciada, que lo era mucho y de Cuenca, era una muchacha joven –recién licenciada en literatura según le dijo- con la que enseguida establecieron una especie de complicidad de colegas. Además de escribir bien, por lo que decían, tenía un tipazo de muerte, enfundado en un traje de punto negro bajo el que parecía ir desnuda, y una sonrisa que cada vez que abría la boca, a Avelino le parecía que se abría el Cráter de la Muerte del Golfo mejicano en el que iba a desaparecer sin remedio. Les dijeron de ir a cenar a un restaurante japonés, que la organización había escogido para brindarles un punto de exotismo, y él celebró la idea sin pensar en su estómago. Cegado por el resplandor de los ojos pardos de la conquense enlutada, le daban lo mismo los japoneses que los masáis.
Como todo en Madrid, el restaurante estaba a media hora de taxi que luego era una hora y de japonés no tenía más que el nombre, a lo que parecía. La decoración era oriento-cutre y el remedo de jardín zen que daba la bienvenida era más patético que sedante. El camarero, oriundo de Castilla la Mancha por lo que su acento permitía averiguar, se reveló, sin embargo como un excelente conocedor de la comida japonesa y no se sabe merced a que extraños e invisibles geniecillos que debían poblar la cocina, la cena resultó de una exquisitez oriental.
A una excelente sopa de mijo, siguieron los minúsculos pinchitos de pollo adobados con unas hierbas que le recordaron a las marroquíes y que eran una delicia, luego una ensalada de algas maceradas en vinagre y limón, Misouki de arroz y pez y por último Satsuma; varias clases de pescado crudo, cortado con primor e imaginación, que se dejaban comer con mucho agrado mojados en una especie de mostaza de color verde esmeralda llamada Wasabi.
La cena había transcurrido para Avelino en un arrobamiento continuado, al arrullo de la conversación con la escritora cuyas pestañas lo abanicaban dulcemente. Se sentía fuerte como un roble y potente como el toro cuya silueta lo había perseguido durante el viaje; de sus viejos problemas estomacales no quedaba ni rastro y le parecían infantiles las precauciones de su madre que le había recomendado insistentemente tomar cada día media pastillita de Sulfintestin, que era mano de santo.
Merced sin duda a los densos bocadillos de calamares y a las cañitas madrileñas, su estómago se había asentado, convirtiéndose en una potente caldera capaz de moler sin ninguna dificultad aquellos trozos de pescado crudo con los que le unía tan reciente amistad. Un par de botellas de Marques de Arienzo ayudaron al pescado y cuando llegó el té helado y el sake caliente, la pierna de Avelino reposaba, amorosa  y confiada, en el rotundo muslo de la colega escritora.
Dos whiskys más tarde lo dejaron en la habitación. La escritora, cariñosa pero esquiva le dio noticia a última hora de su próximo enlace con un exitoso abogado de su localidad y Avelino pasado el primer momento de decepción y una vez aterrizado de la nube color rosa en que su imaginación lo había colocado sin fundamento, se fue a dormir decepcionado pero consolándose con lo que aquello iba a dar de sí cuando lo contara a la vuelta; por supuesto, en el relato, la noche acabaría de forma bien distinta.

Sintió una punzada de remordimiento cuando, después de su habitual bocata calamares, que el camarero le sirvió con sorna al verlo entrar.
– ¿Bocatita calamar, caballero?, el Domingo bien temprano se encaminó al Museo del Prado decidido a pasar de la misa, sintiéndose culpable porque tendría que mentirle a su madre cuando le interrogara sobre el particular, como seguramente haría. Ya tendría tiempo más que de sobra para  misas y sermones. Hacía un día espléndido y confundido entre turistas americanos y japoneses que disparaban fotos a troche y moche, se dedicó a visitar las salas de Murillo, Velázquez y Goya que estaban contiguas; no tenía tiempo para más. Se quedó extasiado ante uno de sus cuadros favoritos, el de Juan Ribera que muestra al viejo Isaac dando su bendición a Jacob, bendición que le correspondía al primogénito Esaú, mayor de los mellizos, pero este, según el relato bíblico, había vendido la primogenitura a su hermano por un plato de lentejas. En el cuadro, el padre los confunde engañado por la piel de cordero que su esposa, cómplice, le enrolla al brazo a su favorito para simular el vello del hermano. Le gustaba especialmente aquella escena patética y dolosa, el pobre ciego al borde de la muerte -que se le dibuja, inexorable, en la cara- trasmitiendo la línea sucesoria que había de llevar hasta el Mesías, la madre injusta y proclive al pillo burlando a su marido al final de sus días, y el estafado presa de su voracidad en un instante desdichado, lamentándose en un segundo plano ensombrecido... Fue en aquel momento de contemplación ensimismada, entre el bullicio ronroneante de la multitud que deambulaba a sus espaldas, cuando sintió el primer agudo retortijón que le cortó el aliento. Aterrado por el retornar de su viejo enemigo interno, recordó que llevaba sin mover el vientre desde que salió de casa, lo que por otra parte, no era nada extraordinario, ya que siempre que viajaba solía pasarle algo parecido; le era imposible obrar fuera de la soledad cómplice de su acogedor cuarto de baño, sin la relajante lectura de sus cómics favoritos. Se rehízo alejándose con disimulo del grupo por el que estaba rodeado, en medio del cual había dejado el airecillo que comenzaba a hacerse evidente a juzgar por la prisa que todos manifestaron en alejarse de la zona. Aquello lo intranquilizó. No faltaba más que el puñetero intestino le jugara una mala pasada a estas alturas; pero por fortuna, el asunto no pasó a mayores; después de dos o tres alivios parecidos durante el recorrido hasta el hotel, la cosa pareció calmarse y volvió a sentirse bien.

Después de una siestecilla para reposar el arroz con bogavante con que les obsequiaron, a las siete en punto se reunió con la comisión en el hall, recién duchado, oliendo a Cacharel, vestido con su mejor traje gris y con el emparrado cuidadosamente almidonado y lleno de brillos irisados. Llegaron a la sala donde se celebraba el acontecimiento que ya estaba llena de gente con vasos en la mano, en amena conversación solo interrumpida para cazar al vuelo los canapés que pasaban unas azafatas monísimas. Se relajó al ver que nadie le hacía caso y que todo el mundo parecía estar allí en su salsa, de cháchara, sin importarle demasiado la cosa literaria. Sea por los nervios del momento o por el excesivo acopio de bocadillos de calamares que en los últimos días había trasegado, el caso es que notaba el estómago un poco cargado, el vientre flojo y con una necesidad, que iba en aumento, de darle solución en breve plazo.
Se constituyó la mesa y empezó el acto. Habló primero el relaciones públicas del hotel que dio toda la coba que pudo a los homenajeados sin dejar de meter las naturales cuñas NH cada vez que resultaba procedente, luego el presidente del jurado y por fin les tocó a los ganadores. Para entonces, Avelino estaba sudoroso, pálido y con las breves nalgas apretadas, recorridas por intensos calambres que le bajaban desde el ombligo. Tenía unas ganas locas de salir corriendo, sentarse en el primer wáter que pillara y dejarse ir hasta darse la vuelta como un calcetín. Solo de pensarlo, se le aflojaban los músculos y tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para mantener cada cosa en su sitio. Acabó por fin la ceremonia después de lo que le pareció un siglo y comenzó la entrega de los diplomas y las estatuillas; primero le tocó al descolorido del accésit, que era gallego y hablaba con una vocecilla atiplada y tímida, luego a la hermosa de Cuenca a la que todos besaron doblemente y por último tuvo que levantarse él, que estaba al lado del presidente. Fue ponerse en pié y notar la proximidad de la tragedia; el esfínter, tanto tiempo amedrentado contra la butaca vio la ocasión propicia de cumplir los imperativos que la madre naturaleza le había impuesto, y dejó paso, con toda libertad, a lo que le era imposible aguantar por más tiempo. En el momento en que Avelino se inclinaba, ceremonioso, pálido y vencido sobre la mano del presidente del jurado, un líquido espeso y caliente comenzó a resbalarle por las piernas y haciendo un pequeño charco en el suelo después de llenarle los zapatos. No pudo, en medio de la vergüenza que sentía, dejar de anotar fugazmente un sentimiento de alivio que le distendió, por un instante, la expresión atormentada. Pero lo más grave fue que no venía solo el líquido elemento, sino muy bien acompañado de muestras que herían seriamente los sentidos del olfato y del oído, con un olor como de muertos añejos que se esparcía velozmente y ruidos de flautita atragantada e intermitente. Salió corriendo Avelino, una mano en las tripas que ya no se recataban después de las duras prisiones soportadas, y en la otra rollo y trofeo a los que se aferraba en su desesperación. El rastro hasta los servicios más próximos, quedaba bien visible, en la suave moqueta color gris.

Se corrió la noticia como la pólvora y llegó hasta la ciudad. Los compañeros de la oficina tuvieron la delicadeza caritativa de no preguntarle por el premio cuando se reincorporó al trabajo una semana más tarde, ya repuesto físicamente pero con el tinte macilento y triste que habría de acompañarle para siempre.

Avelino jamás volvió a escribir un cuento.


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La Bisibila


Dijo luego Yavé Dios a la serpiente:
Por cuanto hiciste  maldita serás
entre todos los animales y bestias de la tierra:
Andarás arrastrando sobre tu pecho,
y tierra comerás todos los días de tu vida..
Pongo perpetua enemistades entre ti y la mujer,
y entre tu raza  y la descendencia suya:
Ella quebrantará tu cabeza,
y andarás acechando a su calcañar.
Génesis.- 3,14


Había dos cortijos, el de arriba y el de abajo y cuando el abuelo se murió en el de arriba todos ellos tuvieron que subir a vivir allí. Estaba en medio de la sierra, vecino al manantial que mueve la aceña y a los grandes castaños, pero era una autentica ruina. Durante los últimos años, el abuelo se había vuelto descuidado y huraño. Desde que murió ella se le acabaron las ganas de hacer nada y se pasaba los días sentado en el porche, dejando que los cochinillos jugaran a su alrededor y se metieran en la casa que tenía siempre abierta. Acabó viviendo en medio de los animales, a veces las gallinas le ponían en la cama y chafaba los huevos al acostarse. Decía que le gustaba que lo despertara el gallo que dormía a sus pies. Cuando subían a verlo los sábados, padre le reñía, pero él no hacía caso, decía que aquella era su casa, que él era el amo y hacia lo que se le antojaba.
Después del entierro padre reunió a la familia y les dijo que se mudaban. Desde siempre sabían que el cortijo de abajo era para la hermana y el de arriba para él, así que cargaron los mulos y se instalaron en la casa.
Tardaron días en limpiar toda la mierda que había y en acostumbrar a los animales a vivir en lo suyo, pero acabaron estando a gusto. La casa era pobre, de techo de tierra, plano, pero con muros sólidos de piedra y una gran chimenea que la calentaba cuando la nieve los dejaba incomunicados. Los viejos almendros y las oliveras daban leña suficiente y en los bancales de la cañada los años buenos se cogía grano para dos o tres temporadas si se ajustaba bien la maquila. El ganado sobrevivía con lo que pillaba en los ribazos y los cochinos se buscaban la vida en el encinar, de todas formas para la pascua caían, el año que estaban gordos por el que estaban flacos.
Lo que peor estaba era la pareta del aprisco que cerraba las grandes rocas de la falda del monte. Allí el ganado se refugia de los fríos, así es que padre, decidido a sanearlo cogió un pico y un marro, convocó a la familia y abrió la marcha. Cuando llevaban la mitad de la pareta, que cedió sin mucha resistencia, fue cuando empezaron a salir las culebras. Se ve que habían anidado entre las piedras, y como era septiembre salían de todos los tamaños, las madres y las que habían nacido esa primavera. Padre tenía la corvilla a mano, así es que la cogió y empezó a tirarles como si estuviera cortando el trigo. Se escapan las bichas como rayos, hay dos o tres viejas, negras, con el lomo pintado de rombos y la panza amarillenta que muestran cuando  levantan silbando, la cabeza gorda, con la boca abierta. Son las primeras que caen, la cuchilla las corta por la mitad y quedan en el suelo retorciéndose. Las pequeñillas huyen en todas direcciones dibujando senderos en el polvo, las alpargatas inmisericordes las persiguen y las dejan medio muertas, enredadas unas con otras, despachurradas.
Marcela tiene catorce años, serios y delgados como los chiquillos montaraces que no comen todo lo que tienen gana y solo ríen de tarde en tarde. A ella no le dan miedo, cuando se ha cruzado con alguna –en el cortijo de abajo hay menos- no le ha hecho nada, esperando que se vayan tranquilamente y lamenta que se espanten de ella y no poder jugar un rato. Por eso, cuando encuentra a la pequeña que se ha salvado de la quema hecha un ovillo detrás de una piedra, la coge con mimo y haciéndole un refugio en el cuenco de las manos la lleva a casa. Tiene una orzica pequeña, ya inútil, que la madre le ha dado para sus juegos y allí la mete sin saber muy bien que va a hacer con ella. Le pone una piedra sobre la tapadera de loza para que no se escape y esa noche permanece intranquila, antes de dormirse al calorcillo agradable de su hermana, pensando que tiene un secreto para ella sola. Un secreto que puede ser terrible si son verdad las historias que ha oído contar a las viejas. A las bichas, lo que más les gusta es la leche y aprovechan las horas del alba, cuando las mujeres dan la primera mamada, para enganchárseles al pezón endormiscado y chuparles hasta el tuétano; a los chiquillos, para que sigan con la ilusión de mamar y no lloren, les meten la cola en la boca y así los contentan. A las mujeres les recomiendan que lleven mucho cuidado con ellas y que las maten en cuanto puedan, que son bichos muy dañinos, en los retratos se ve a la virgen pisando a la culebra, fíjate si son malas. Pero a Marcela no le dan miedo, nunca le han dado miedo, todos los animales tienen su por qué y todos sirven para algo. Si los ha creado el Señor, por algo será. Ella está muy ilusionada con su bichica y en cuanto tiene un rato se mete en el granero, saca la orza del escondite y juega con ella. Al principio el animal le huía, pero poco a poco se hace a jugar con la chiquilla, se nota que espera, cada dos o tres días las presas que le trae. Al principio fueron moscardas, de las que rondan los jamones que cuelgan en la sala de arriba, negras y lustrosas. Las metía en la orza, cerraba la tapa y esperaba hasta que se paraba el zumbido, cuando miraba, ya estaba la mosca cuello abajo. Pero lo que más le gusta a la bichica es la leche, al principio una cucharadica, luego un tazón entero. Cuando llegó el invierno medía más de medio metro y estaba gorda que daba gusto verla. No había cogido el color negro de las suyas, a lo mejor de la leche o a lo mejor por estar siempre en lo oscuro, pero tenía una piel suave con escamas delicadas y blandas.
Ya no cabía en la orza, así es que después de mucho cavilar, Marcela le buscó sitio en la tinaja grande de la almazara que ya no se usaba. Allí pasó el primer invierno durmiendo y cuando despertó para cambiar la pelleja, el ama le había buscado tres gazapillos de pocos días que se engulló uno detrás de otro. Le echaba la comida –siempre viva tiene que ser- y mientras le iba hablando
- Bis, Bis bonita, bis bss - le hace los mismos ruidos que ella hace y la bicha parece que la entiende, cuando atraviesa la almazara medio derruida donde nadie entra nunca, y la va llamando
- Bss bila, bss, - al final se ha quedado con Bisibila -, oye como se despierta en el fondo de la tinaja y se levanta, entumecida, a veces dando golpes contra las paredes. Siempre le cae algo, un gazapo que roba de la conejera, una cría que le sobra a la vieja gata, que siempre pare demasiados, un tazón de leche. La Bisi se lo engulle todo, está lustrosa, mide más de dos metros y se ha hecho gorda como el brazo de un hombre.
Ella es la primera en enterarse de lo del Rufino, el hijo del tío Roque el de la Genara, Marcela no tiene nadie con quien platicar y sus cosas se las cuenta a la Bisi, le habla del galán que la ha seguido en las fiestas del pueblo, que le ha hablado dos o tres veces, a hurto de la madre que se hace la tonta mientras él se arrima. El mozo lleva buenas intenciones, dice que le va a pedir permiso al padre para subir a platicar los sábados. Le gusta y nota un calorcillo muy agradable en la barriga cuando le musita a la oreja cosas tontas que a ella le parecen las más interesantes del mundo.
Padre dice que es muy joven, pero la madre le recuerda que a los dieciocho ellos ya se hablaban un año; el rapaz sube a verla el sábado y los dos platican – poco, lo que más hacen es estarse callados pensando cada uno en lo suyo, pero a gusto de estar cerca- hasta que se hace de noche. Él entonces saluda, monta en su mulo y echa por el camino de piedras hacia el pueblo.
Con la emoción del noviazgo, las visitas a la Bisi disminuyen; Marcela, además de los trabajos de siempre, ha comenzado a hacerse el ajuar y ya no le queda mucho tiempo para perderlo en la almazara. No es muy hábil cosiendo, la verdad es que no le gusta, pero no hay más remedio que preparar la ropa, media docena de sabanas cameras, un mantel con sus servilletas, toallas y trapos de cocina y el traje para la boda, que es lo último. Menos mal que a eso las va a ayudar una prima de la madre que cose ajeno en el pueblo. La Bisi parece que lo note. Cuando va a verla, de tarde en tarde, la encuentra hambrienta y desasosegada, se le enrosca por todo el cuerpo como si quisiera comérsela, se traga lo que sea y luego, en vez de irse a dormir plácida, como siempre, no se le quita de encima, como si estuviera celosa.
A medida que la boda se aproxima, Marcela va echando a la bicha más en olvido, tiene el tiempo justo, cada dos o tres semanas para llevarle algo de comida recogido apresuradamente, cuando no, tiene que contentarse con un cuenco de leche que no la deja satisfecha. En las últimas visitas la Bisi le silba amenazadora, con la lengua danzando frenéticamente, pero la chica, ilusionada con lo suyo no tiene tiempo para exigencias, la deja comer y luego, con prisa la empuja a la tinaja y le habla, presurosa, para que vuelva a dormirse, coloca la tapa y se marcha, aliviada, hasta dentro de otro mes.

El de la boda fue el día más feliz de su vida, la noche antes se bajaron a dormir a casa de los parientes del pueblo y después de la boda, la celebración duró todo el día. Mataron dos marranos y un cabrito, la gente comió hasta hartarse y se vaciaron dos barriles de vino. A última hora, atardeciendo, ellos se subieron al cortijo, solos, Rufino guiaba el mulo que le había dado su padre, un animal grande y negro capaz de labrar solo con el garabato, que llevaba la maleta con los regalos a la grupa. Caminan en silencio sin más ruido que el de las piedras que el animal hace resbalar por la ladera. Ella, pasada la excitación de la fiesta tiene un poco de miedo de encontrarse a solas con el hombre que ya es su marido, pero una sensación extraña y placentera la recorre cuando lo ve andar delante de ella con el ramal al hombro, fuerte y seguro, con la ancha espalda abriéndole camino.
Toman un bocado para situarse y antes de que tengan necesidad de encender los candiles, ya están en la cama. El primer asalto es doloroso y fugaz, pero el mozo tiene más recursos y ella, pasado el primer instante de vergüenza, le ayuda. Acaban derrotados y felices, ya entrada la noche, durmiendo como benditos. En medio de la placidez, ella tiene un sueño extraño, se ve caminando por enormes montañas llenas de nieve, como en la película que pusieron en el pueblo de un lugar perdido en el Himalaya donde la gente no envejece nunca. Cae por un precipicio y se queda hundida en el hielo. La pierna, enterrada, le duele terriblemente, se le congela y la nota aterida, con un dolor que va subiéndole hasta la rodilla. Siente un pánico terrible cuando ve que aquella muerte lenta no cesa de avanzar, y entonces se despierta con un grito. A la luz del amanecer ve a la Bisi que tiene toda su pierna dentro, la boca, desmesuradamente abierta, le llega por medio muslo y el resto, dolorosamente distendido, desaparece dentro de ella. Suelta un grito espeluznante, de animal herido y el mozo arrancado del sueño reacciona con rapidez después del primer instante de horror, sale corriendo en busca de la corvilla y corta la bicha desde la boca hasta más de la mitad liberando la pierna que ha adquirido una blancura cerúlea. La bestia, abierta como un bacalao, agoniza dando latigazos y ella contempla la pierna, adelgazada y larga, con el tobillo destrozado, de un amarillento repugnante y muerto, por la que la sangre se niega a circular de nuevo. Un grito espeluznante y largo, único, sale de su garganta.

Marcela murió tres días después, por fortuna sin haber recuperado la razón.


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El tío Gelepa

El recogimiento íntimo es el camino que conduce a la inmortalidad; la insensatez es el camino que conduce a la muerte. Los que tienen vida interior no perecen; los insensatos están ya muertos.
Dhammapada.


Cuando le dijeron de tratar, el tío Gelepa estaba decidido a no vender. El huerto lo había criado a sus pechos sacando los bancales de las faldas del monte a base de topos y barrenos cuando llego el agua del trasvase. Se había gastado una fortuna en la trajilla y había ido a buscar la planta a unos viveros de Vinaroz, planta nueva resistente a la tristeza y a cuanto Dios crió, que cada árbol le había costado más que un hijo tonto. Ahora, con doce años y en plena producción, el huerto estaba que daba gusto verlo y le dejaba todos los años sus buenas perras, así que nada más lejos de su intención que pensar en venderlo. Pero aquellos tíos, o no sabían dónde meter el dinero o se pensaban que allí debajo había petróleo. Cuando le ofrecieron a dos, que ya era caro para los tiempos que corrían, él, mayormente por divertirse y para ver si los aburría, les pidió seis y cuando subieron a cuatro pensó que, decididamente estaban locos y comenzó a plantearse que con aquel disparate de perras podía comprarse el triple de tierra donde se le antojara. Cuando llegaron a cinco, cerró el trato con un apretón de manos, como se había hecho en el pueblo toda la vida, tomó la señal en un grueso fajo de billetes que pasaron velozmente de bolsillo a bolsillo, y quedaron a falta de concretar la fecha para el notario. Si querían poner allí una fábrica, como se comentaba en el pueblo, no era asunto suyo, que pusieran lo que quisieran, a él ya lo habían arreglado para los restos. Una ocasión como aquella no se presentaba todos los días.
Como es lógico, el precio final de la transacción quedó en el más absoluto de los secretos, lo primero porque así debía ser, lo segundo porque no le importaba a nadie y lo tercero porque la mayoría era en perras negras y con eso hay que llevarse cuidado que si se enteran los de Hacienda te arreglan. Pero eso era una cosa y el alboroque otra. Paco el Rana y el Manfredo, sus dos amigos del alma lo que sí que supieron es que el trato había sido bueno y que el alboroque tenía que ser adecuado, nada de una folloneta local y la putas de la salida  27, como siempre. Esta tenía que ser sonada, y el tío Gelepa, que a pesar del apodo no se achicaba con facilidad dijo de ir a celebrarlo a Barcelona, los tres, a gastos pagos.
Los otros se pusieron más contentos que Chupilla, fingieron con las mujeres no sé qué negocio de inversiones con una misteriosa firma catalana que no engañó a nadie y salieron un jueves de madrugada prometiendo estar de vuelta el Domingo por todo el día.
De un tirón llegaron a las Casas de Alcanar y aterrizaron en El Navia, a buena hora para comerse unas cigalas de a palmo, dos bandejas de salmueras de l´Escala con su miaja de sanfaina y entrarle luego a la cosa seria, una fideuá recién gratinada y el suquet de rodaballo. Acabadas las dos botellas de Viña Esmeralda, para la tarta de Santiago, que es desengrasante, les trajeron una botella de orujo asturiano en una pella de hielo tintada con fuchina verde que les pareció el colmo de la finura.
- ¿Veis como hay que salir del pueblo de vez en cuando para ver estas cosas?, les decía el tío Gelepa con la boca llena de tarta.
Los tres amigos volvieron a la autopista, esta vez de pago, con el corazón ligero y el ánimo dispuesto a lo que se terciara.
Se metieron de cabeza en el parking del hotel de la calle París donde había reservado las habitaciones, una para él y otra para sus dos amigos, no le gustaban las multitudes; si el asunto se complicaba, cada uno en su casa y Dios en la de todos. Descabezaron una siesta, se arreglaron y a las diez estaban dispuestos a pegarle fuego a la ciudad Condal.
A golpe de taxi se llegaron hasta las Siete Puertas, recreándose en el espectáculo multitudinario y lleno de color de las ramblas. Al tío Gelepa se le hacía un nudo en la garganta recordando las muchas tardes que había pasado recorriendo aquel paseo en sus años de trabajo en Femsa, los domingos áridos, sin un duro que había empujado a base de recorrer las Ramblas desde la Boquería a las Atarazanas mirando con ojos golosos las putas que poblaban las aceras y que le resultaban inasequibles porque mandaba a su casa el jornal casi integro. Muchas veces se había prometido que algún día volvería con dinero en el bolsillo y se permitiría todos los lujos que entonces veía pasar ante sus narices sin poder catarlo. Y ahora, que ya hacía años que se le habían olvidado aquellas cosas, mira tú por donde, le venía la oportunidad sin haberla buscado. ¡La vida a veces tiene cosas curiosas!
Les dieron una mesa pegada a la pared donde había una placa dorada con el nombre de Hemingway. Les explicó a los otros, que lo miraban boquiabiertos y asombrados de ver como dominaba la situación, que en aquel restaurante habían comido personalidades celebres que habían dado nombre a las mesas y que siempre ocupaban cuando volvían, o por lo menos eso decía la leyenda que los empleados gustaban de propagar. Los catalanes, ya se sabe, son muy aficionados a la historia y a las tradiciones. Un camarero entrado en años, alto y delgado con porte de ministro o de Lord inglés, les recomendó las perdices a la vinagreta, especialidad de la casa y las espalditas de cabrito al horno. Cuando terminaron de cenar, el Sangre de toro y las copas de whisky de malta con las que los obsequió su amigo el Lord los habían puesto en su punto. El tío Gelepa supo quedar a la altura de las circunstancias al mirar displicente la cuenta, que en otras ocasiones le hubiera hecho dar un respingo, dejando, con cierta elegancia, la mayor propina de su vida sobre la bandejita plateada que el camarero recogió doblado en dos.
Le insinuaron al taxista un bar de la carretera de Sarriá, pero el hombre les dijo que aquello estaba cerrado hacía años y los llevó a uno de confianza, donde los iban a atender muy bien. Y los atendieron. En cuanto vieron entrar a aquellos tres garrulos de pueblo con pinta de triunfar a base de perras, se les echaron encima tres nenas con las tetas al aire que eran lo más tierno que ellos habían visto en su vida. Se pusieron de whisky hasta los pelos, y ellas entre copas fingidas y paquetes de tabaco, les sacaron un pastón mientras los héroes, babeantes, las tentaban por todos sitios. El tío Gelepa pagó dos o tres veces y cada vez que las nenas veían el fajo que sacaba del bolsillo del pantalón, le tomaban más aprecio, al final casi se diría que se habían enamorado de los tres vejestorios rijosos.
Cuando cerraron a las tres, ya tenían ajustado el resto de la noche. Pidieron un taxi y todos amontonados y haciendo el pulpo sin recato se fueron al hotel. El  Gelepa se alegró de su decisión de haber tomado una habitación para él solo, saliera lo que saliera de aquello, no le gustaba compartir su intimidad con nadie, una cosa era la amistad y otra las cosas de la persona humana. A los otros dos la cosa no les preocupaba mayormente, aparte de que iban calientes como verracos, a caballo regalado tampoco había que mirarle demasiado los dientes. Previo lavatorio y brindis con la botella de cava de la neverita de la habitación, empezaron la jugesca los cuatro revueltos hasta que los sobresaltaron unos golpes nerviosos pero que querían ser discretos en la puerta de la habitación. Después de preguntar quedo, abrieron y la Sonia, con los ojos como platos se dejó caer sobre la primera cama que topó. A trompicones les explicó que a su cliente, en medio del asunto, le habían dado como unas boqueadas y se había desmayado, que fueran corriendo que había dejado la puerta entornada. Se echaron por encima lo primero que pillaron y, de puntillas, más nerviosos que flanes se metieron todos empujándose unos a otros, en la habitación de al lado. Allí estaba el tío Gelepa, menudo y blanquinoso encima de la cama, en cueros como su madre lo había traído al mundo hacía ya muchos años, tieso como la mojama, con la cabeza caída hacia un lado y una babilla espesa y verde cayéndole en la almohada. La cabeza y los brazos hasta el codo, morenos y saludables, parecían de otra persona, como si se los hubieran pegado a aquel cuerpo de un blanco lechoso lleno de pelillos cerdosos, blanco-rojizos.
El Rana que era el más animoso se le acercó y le puso la mano en el corazón y la oreja en la boca, nada, el hombre no rebullía.
—Está muerto, dijo.
Las putas se removían  inquietas, diciendo de irse de estampida, pero el Rana era hombre de resoluciones y se crecía, ahora que el mando recaía sobre él.
—No podemos llamar al médico, enseguida daría parte a la policía y se arma el carajal. Ha muerto de muerte natural, y muy a gusto por lo que se ve, aunque no podamos decírselo a la familia, así es que aquí nadie ha hecho nada malo. Lo único que queremos es evitar los trámites, de modo que lo cogemos, lo metemos en el coche, salimos pitando para el pueblo y aquí no ha pasado nada. Vosotras no lo conocéis, y si os preguntaran, que no os preguntarán, no sabéis nada, hicisteis el servicio, se os pagó y santas pascuas.
Las puticas, con tal de salir de aquello, asienten entre hipos – esto de que se te muera un cliente con la barretina puesta da como mal fario-, recogen los trapos esparcidos, se guardan las perras y se van lo más compuestas que pueden, taconeando con sordina hacia el ascensor.
El Manfredo, que es un poco simple y aún no acaba de entender muy bien lo que pasa, entre la borrachera, y el sobresalto que lo ha dejado medio burro todavía, obedece sin chistar cuando el Rana le manda vestir al difunto. Entre los dos con las dificultades de la poca practica y la repugnancia de sobar sin decoro al amigo muerto que huele a sudor y a perfume de puta, lo visten de alto en bajo, lo enderezan, se lo meten entre los dos agarrándolo por la cintura, le calan el sombrero y sortean al portero de noche explicando una indisposición repentina que les aconseja volver inmediatamente. Lo acomodan en el asiento de atrás, como si durmiera, y el Manfredo le hace compañía, con la carne de gallina, en aquel sótano frío y silencioso donde comienza a entrar la luz del amanecer mientras el Rana arregla la cuenta y se baja las maletas.
En la primera área de servicio que paran para tomarse unos cafés y despejar el susto llaman al Angelín y le cuentan, por encima, que al padre le ha dado un repente y que lo llevan volando para el pueblo, que esta delicado pero que a lo mejor no es nada, aunque nunca se sabe, que hoy esta uno sano y bueno, y de pronto se tuerce y ya está. El Rana se queda satisfecho de su diplomacia, por lo menos el cante ya está dado, y él no ha dicho ni que sí ni que no, el que quiera entender, que entienda.
En el asiento de atrás, tieso, con el cinturón de seguridad apretado y el sombrero sobre los ojos, el muerto parece dormitar plácidamente. Cuando lo miran, se les revuelve el estómago estragado por la difícil noche. ¡Vaya un final de aventura!, pero mira, el pobre se ha muerto a gusto, haciendo lo que quería lástima que no pueda disfrutar más las perras del huerto. En fin, cosas que pasan, ahora lo que hay que preparar es la historia para la familia. Al Angelín, por encima se le explica, que es hombre y tiene derecho a saberlo, pero a la Herminia ni palabra, bastante va a tener con enterarse de que está viuda de pronto; na, tú, que le dio un repente a media noche y no te sacan una palabra más, ¿estamos? Y a la gente lo mismo, ¿no padecía del corazón?, pues eso, un ataque y ya está, la cosa más natural del mundo.
Dos paradas más para repostar y para hincharse a cafés y a copazos de coñac, y en medio de la siesta paran en la puerta de su casa. El hijo, después de dos llamadas ya se ha hecho a la idea, y la Herminia ha intuido que viene muerto, que las mujeres, para las tragedias tienen como un sexto sentido. Todo aquello es muy raro, flota en el aire el espectro de algo vergonzoso y no hay lágrimas ni ayes cuando intentan sacarlo del coche. Esta tieso, hecho un cuatro y no tienen más remedio que dejarlo en una silla, tan propio, con su sombrerico puesto y las manos en el regazo, que parece que estuviera dando una cabezada en la mecedora, como a él le gustaba, a media mañana. ¡Si no fuera por lo pajizo que se ha puesto y por como se le ha afilado la nariz, talmente parece que está durmiendo!
El de la funeraria, que no tarda en llegar, se hace cargo del asunto; por el nicho no hay problema, que el de la familia es en tierra y se puede meter así, aponao en su bolsica de plástico, lo malo es el velatorio, ¡a ver como lo acuestan, con los pies para arriba! Eso va a ser lo difícil. En todas estas idas y venidas, el difunto se esta tan modosico en su silla de cordeta, más tieso que un ajo, como presidiendo aquel desbarajuste.
Y así se quedó; lo pusieron en el centro, le colgaron un rosario de las manos, que parece que estaba más aparente y se sentaron a su alrededor. Daba la sensación de que iba a contestar al rosario que, cada media hora, iniciaba alguna de las viejas comadres, instaladas en las sillicas bajas de morera que ellas mismas se acercaban de las casas vecinas.
A las diez más o menos, después de cenar, el Manfredo apareció con el dominó y  alrededor de la mesica de mármol de la cocina se instalaron, por parejas, para echarse el campeonato, que es lo menos que puede hacerse por un amigo.

Y así pasó aquella velada memorable, los hombres golpeando las fichas en la cocina entre tacos estrangulados mientras el porrón hacía una ronda tras otra; las viejas arrebujadas en sus negros mantones pasando rosarios e iniciando sus sesiones de lamentos entre rezo y rezo, los hijos fumándose unos petas con los colegas en la puerta, y el tío Gelepa, serio y mesurado como había sido siempre, presidiendo su propio duelo con el sombrero negro encasquetado hasta las orejas.


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La sonrisa de la Gioconda

No toméis la justicia por vuestra mano,
pues dice el Señor “Mía es la venganza, míos son el Poder y la Gloria  y Yo daré a los réprobos el castigo merecido”.
Romanos, 12,19.

Para Luz, que de pequeña ponía una sonrisa como la Gioconda.

Lucecita había cumplido nueve años ese invierno. Era una niña espigadita y mona, como todas las de su edad, con hermosos cabellos castaños peinados en tirabuzones primorosos rematados en lacitos azules, unos ojos color miel soñadores y dulces y una sonrisa suave y un poco esquinada que le iluminaba permanentemente la carita de niña buena. Lucecita era una niña estudiosa y aplicada, educada en las buenas costumbres y en la urbanidad de las Hijas de María por una madre cariñosa con sus ribetes de severa y un padre lejano y serio, con bigotes de brigadier y chalina de músico que usaba sombrero de alas anchas en invierno y un canotier, que en Lo Pagán llaman Ricardito, en verano. Lucecita era la segunda o la tercera, ya no recuerdo bien, de un sinnúmero de hermanos que iba aumentando cada año con precisión matemática. Don Senén, bajo su sombrero de alas anchas en invierno y sus Ricarditos en verano, ocultaba una hombría domestica de la que estaba muy orgulloso y que se traducía en aquellos frutos anuales esperados sin sorpresa, como la cosa más natural del mundo, uno detrás de otro.
Lucecita destacaba de entre los hermanos por su carácter afable, por su escasa tendencia a las peleas rituales, norma habitual en cualquier camada de cachorros sanos y sobre todo, por su sonrisa, esa sonrisa ligeramente esquinada, dulce y melancólica que la hacía adoptar una pose un poco hierática, como de perfil tebano. Las hermanas, con su punto de envidia decían que “se hacía la interesante”.
Don Senén tenía muchos amigos, escogidos con esmero entre lo más florido de la sociedad capitalina. En su bufete se afanaban los pasantes bajo las viseras verdes removiendo legajos que cubrían de polvo blanquinoso sus impecables manguitos negros con gomitas sobre el codo. Era uno de los más prestigiosos de la región y a él acudían en busca de consejo los personajes orondos de la villa que, después de la oportuna sesión de despacho, copa de coñac y varios puros salían, dejando un ambiente acre y nebuloso, decididos a hacer exactamente lo que ya traían pensado de muchos días, pero convencidos de que los sabios consejos del insigne letrado eran los que realmente lo habían colocado en el más razonable de los muchos caminos a seguir, y por los que le pagaban las sustanciosas minutas contentos y agradecidos de tener por amigo a un hombre de tan preclara inteligencia.
Don Senén y Milagritos, su señora, recibían el primer jueves del mes a partir de las cinco de la tarde. Se abría el salón grande, previamente desempolvado, retiradas las fundas de la sillería isabelina y las muselinas de las lámparas de chorrillos, a las que se reponía con todo esmero las bombillas fundidas desde la ocasión anterior. Se enceraba con cuidado el suelo de vetustas maderas nobles con crujidos añejos y señoriales, y se aplicaba el sacudidor de mimbre a las cortinas de rojo terciopelo con remates dorados que hacían juego con los entorchados del abuelo, coronel de la fábrica de pólvoras, cuyo retrato de bigotes aterradores y mirada inquisitorial, presidía el salón desde su marco oval, puesto de uniforme de gala y cargado de medallas el exiguo pecho. En el aparador se colocaban, alineadas con esmero, brillantes bandejas de plata repletas de pastelillos, empanadas de hojaldre, bocadillos y picatostes elaborados ex profeso para la ocasión por las habilidosas monjitas del cercano convento, que añadían a las habituales exquisiteces yemas de San Leandro o mantecados y alfajores según se avecinara el Adviento o la Semana Santa.
Uno de los habituales a las recepciones de Don Senén era su buen amigo Matías Giner, ingeniero director que había sido de los Ferrocarriles Catalanes, en la actualidad terrateniente de Pinoso, masón según decían sus enemigos por lo bajini y putero reconocido como podía comprobar todo el que se diera una vuelta los lunes por el prestigioso establecimiento de la Bilbao donde Don Matías pasaba el grueso de la tarde en amena conversación con las pupilas, aprovechando los puntos muertos de la charla para “ocuparse” sucesivamente con cada una de ellas. En esta instructiva a la par que agradable dedicación le acompañaba fraternalmente Don Senén, de forma muy especial en las épocas que su tierna esposa, debido a sus frecuentes estados de gravidez se veía obligada a soslayar los deberes conyugales, a los que de no hallarse en esa circunstancia, se entregaba con la misma actividad y devoción cristiana que dedicaba al resto de sus tareas domésticas.
Entre conversación y encame, mientras sobaban al descuido los culitos prietos y los muslos desnutridos de las muchachitas descoloridas que formaban la cuadra de la Bilbao, había surgido una fuerte amistad entre los dos caballeros, amistad que seguían cultivando entre partidas de Chamelo en el Casino y que hacían extensiva a las familias en las amenas tardes de recibo de todos los meses. Ya se sabe lo mucho que une el ir juntos de putas.
A Lucecita siempre le había fascinado aquel caballero de impecables trajes oscuros con una chaqueta abierta que dejaba ver la gruesa cadena de oro que le cruzaba el chaleco rodeando la generosa panza. La cadena terminaba en un enorme reloj de oro que Don Matías rescataba de las tinieblas pocos minutos antes de las siete para, después de abrir la tapa y escuchar con deleite el sonido cristalino del carillón, erguir su notable anatomía y dirigirse a la señora de la casa en aquel tono profundo y dominante que hacía cesar como por ensalmo todas las conversaciones:
—Señora mía, como de costumbre, la velada ha sido deliciosa, la merienda exquisita y la compañía no digamos, pero ya es tarde y debemos retirarnos. A sus pies, señora - concluía, al tiempo que se inclinaba, ceremonioso.
—Beso a Vd. la mano, caballero –contestaba Dª Milagritos, haciendo gala de la buena educación que había recibido en el distinguido colegio de Jesús y María donde había estudiado el bachillerato.
Al contrario que sus hermanos, que aprovechaban aquellas tardes de visita para jugar y alborotar por las habitaciones más recónditas de la casa, estorbando a las muchachas que se afanaban llevando enseres de la cocina al comedor, Lucecita sentía una curiosidad especial por toda la fanfarria que rodeaba las reuniones de las personas mayores y había adquirido una rara habilidad para hacerse invisible y permanecer en medio de los corros o cerca de las butacas de las tertulias sin que nadie reparara en ella. De no tratarse de una expresión vulgar y hasta zafia, podríamos decir que se había convertido en una niña “oliscona”.
Don Matías, después del ceremonioso saludo, reparó de pronto que había tenido a su lado a aquella niña durante un tiempo que no recordaba muy bien pero que seguramente era una buena parte de la tarde. La sonrisa estática y un poco bobalicona, la mirada de aquellos ojos vacuos de expresión bobina fija en su leontina de oro, lo desconcertaron, y queriendo hacer una gracia, centró toda la atención en la niña, ponderando con grandes alardes y sus habituales y rotundos manotazos al aire, la belleza y la sonrisa angelical que la adornaban. Se produjo uno de esos momentos completamente estúpidos. Las conversaciones se habían detenido, la gente empezaba a arremolinarse hacia la salida con las frases de rigor a punto, la señora de la casa suspiraba por liberar de los zapatos asesinos sus pobres pies hinchados, Don Senén, harto de conversación y de zalemas soñaba con las pantuflas y su hervido de bajocas en la acogedora mesa de camilla; y hete aquí que el inoportuno majadero se ponía a hacer un discurso sobre las prendas de aquella mocosa que nadie sabía que pintaba allí.
—Y créame, señora, - continuaba el mentecato dirigiéndose a Dª Milagritos que ponía cara de circunstancias sin atreverse a levantar sus reales del sillón de orejas -  que uno ha viajado mucho, mayormente por Europa y sus museos, y ha visto los óvalos faciales más perfectos, los cabellos más delicados y los colores de cutis más nacarados que imaginarse puedan, pero óigame bien, señora, óigame bien, esa sonrisa de ángel, esa sonrisa, solo es comparable a la de la famosa Monna Lisa, que un servidor tuvo la fortuna de admirar en el Museo del Louvre de París de la Francia.
Mientras Lucecita se derretía escuchando embobada aquellas ponderaciones que comprendía escasamente, el resto de la concurrencia se daba a los demonios maldiciendo entre dientes al pedante, y la madre hacía esfuerzos colosales para no soltar alguna inconveniencia. Cuando a trancas y barrancas lograron cerrar la puerta de la calle, una vez facturado el importuno, Dª Milagritos se dirigió a la niña que aún permanecía en éxtasis:
—Pero Luz, hija mía, ¿cómo puedes ser tan inocente? ¿No ves que esas lindezas se le dicen justamente a las niñas poco agraciadas por las que uno siente un poco de lastima? Las niñas bien educadas huyen de la lisonja, más si es tan evidente e inoportuna como esta, y hacen gala de la  modestia y discreción que tanto me esfuerzo en enseñaros, con escasos frutos, por lo que veo.
La niña sintió que acababan de echarle un jarro de agua fría que resbalaba por su espalda congelando todo su ser, pero apenas alteró el rictus de la sonrisa. Solo dos lágrimas gordas como puños que resbalaron por su cara hasta perderse el fruncido del vestidito azul dieron fe de su conmoción. Y un odio, profundo, visceral y eterno hacia aquel personaje monstruoso y embustero anidó de repente en su corazón como una mata de grama se esparce por la buena tierra después de la olorosa lluvia.
Pasó el incidente con la rapidez e intrascendencia con que pasan las cosas de los niños y Lucecita se refugió de nuevo en el estudio de las ciencias naturales, a las que era muy aficionada. No se cansaba de repasar los grabados de una Historia natural de Buffón que dormía su sueño de siglos en la biblioteca paterna, heredada de un tío de Don Senén, pues el abuelo, como buen militar de la época no había llegado más que a las ordenanzas de Carlos III y a los tratados de milésimas artilleras. Le fascinaba especialmente la fauna ártica y quedó vivamente impresionada por los métodos de caza empleados por los Inuik que el libro describía con toda minuciosidad, uno de los cuales consistía en dejar al alcance del oso hambriento unas bolas de sebo en las que previamente se habían ocultado aguzadas barbas de Ballena. El oso, en su voracidad, se tragaba las bolas de un bocado y, una vez derretida la grasa dentro del estómago, los pinchos hacían su trabajo proporcionándole una muerte lenta y cruel. El industrioso esquimal no tenía entonces más que recoger la presa sin riesgo alguno.
Llegó el mes siguiente y el día de recibo, Lucecita tuvo buen cuidado en desaparecer antes de que llegaran los habituales contertulios. Solo a mitad de la tarde se decidió a entrar en el concurrido salón y, como la niña buena y educada que quería ser y  para que quedara claro que no había rencor por su parte, se acercó a ofrecer a Don Matías un par de bolitas de coco que las monjas tenían fama de hacer como los propios ángeles. El caballero, después de agradecerle el detalle con ademanes campanudos y estridentes, se tragó las bolas de un bocado, dio media vuelta y siguió con la intrascendente conversación en la que estaba enfrascado. La niña abandonó sigilosamente la estancia para reintegrarse a la lectura de sus temas favoritos dando por terminado el incidente del caballero de panza gorda y reloj cantarín y prometiéndose no volver a ponerse delante de él en su vida.
Pasados unos días, justo un domingo, en medio de la comida familiar, sonó la campanilla de la escalera con un toque acuciante y repetido que resonó lúgubre en la amplia escalera. La fámula que se apresuró a abrir al insistente, volvió demudada y cuchicheó unos bisibilos al oído de la señora. Esta se levantó y salió como un cohete del comedor seguida por Don Senén. Los niños, sobrecogidos por lo que tenía visos de oscura tragedia permanecieron mudos en sus sitios.
En el recibidor, el mensajero contaba con palabras entrecortadas la tragedia, y el rumor, que se hacía más perceptible en los pasajes escabrosos llegaba tenuemente a los expectantes oídos de los niños: Que Don Matías, en Misa de doce, donde acudía con su señora, se había sentido repentinamente indispuesto, que había tenido que salir, doblado en dos, con espantosos dolores de vientre pidiendo confesión y que allí mismo, en el banco de la sacristía del que no había consentido que lo movieran, había entregado el alma a Dios. Lo que ha dicho Don Eliseo el médico, un cólico miserere, sin duda. Que ya ve Vd. que desgracia, un hombre fuerte como un roble que estaba repartiendo salud una hora antes, y fijesé lo que es la vida, ahí lo tiene ahora, más tieso que un bacalao inglés. Y menos mal que había muerto en sagrado, el cura había interrumpido la Misa para darle toda suerte de bendiciones, que siempre consuelan su algo.

Los niños, cabizbajos y un poco asustados, aun sin calibrar del todo la magnitud de lo ocurrido, terminaban el postre en silencio. Lucecita miraba, ensimismada a través de la ventana de su fantasía, como el oso tragaba las bolitas de coco mientras se chupeteaba distraída, en el extremo del índice, la herida que se había hecho al partir en trocitos las agujas de mamá.


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