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En cada una de las pestañas encontrareis una seccion diferente: en "Pagina principal", las entradas habituales. En "Trabajos y días", articulos de literatura e historia, "De mis lecturas" reúne notas, resumenes y opiniones sobre libros que me interesan y he leído en los últimos tiempos. En la pestaña "Desde el Asilo" (Libro), están todas las historias contenidas en ese libro, en cuyo inicio se explica el titulo de este blog. "Cuentos truculentos" reúne los comprendidos en el libro del mismo título. Cualquier texto que aqui se publica está a disposición del publico, naturalmente citando la fuente. Sírvase usted mismo.















martes, 26 de febrero de 2013

ADIÓS, ESTADO DE DERECHO


A SS., con mi respeto y afecto.

Creímos que habíamos tocado fondo, después de ver como se desmantelan los pilares básicos de la sociedad del bienestar que habíamos imaginado – ¡ilusos!- consolidados para siempre. Sin una sanidad universal, sin una enseñanza publica, sin la posibilidad de empleo y sin una investigación razonable que nos permita competir con los demás países, estamos condenados a la ruina. Nos acercamos, peligrosamente, a cualquiera de los países del sur donde no existe más derecho que el del pataleo o encomendarse a la divinidad que promete emparejar al personal en el más allá con recompensa de huríes y arroyos de leche y miel. Como decía mi abuela, muerto el burro, la cebada al rabo (mi abuela decía cebá).
Y a pique estamos de ese punto cuando se avecina, a lomos del Sr. Gallardon, el último jinete de este Apocalipsis tremebundo: el desmantelamiento de la Justicia. Pretende –y es muy posible que lo logre si la revolución social no se lo impide-eliminar de un  plumazo a los jueces sustitutos. Eso supone quitar de en medio al 25% de los jueces en activo para volcar su trabajo sobre el resto, que ya se ven y se desean para hacer honestamente un difícil trabajo en el que la inmensa mayoría se deja la piel y las ilusiones. La barbaridad supone, además, que unas tasas abusivas serán impuestas a todo el que pretenda tener la oportunidad de defender sus derechos. Ahí es nada, adiós al estado de derecho, adiós a la Constitución y a los principios universales de igualdad del ciudadano ante la ley. Volveremos al código de Hammurabi, aplicándonos la justicia a golpe de garrota.
Y todo eso en nombre de unos recortes que solo aplican a los más débiles, mientas el presidente del Gobierno, para dar ejemplo, se sube el sueldo y la corrupción generalizada empantana de una forma vergonzosa hasta las más altas instancias del estado, empalmes incluidos. Gotea desde las alturas como una melaza fétida, corrompiéndolo todo. Vamos camino de ser gobernados, en última instancia, por los poderes económicos que, en nombre de los mercados, se han convertido en el becerro de oro de nuestros días.
Muchos políticos –que se han profesionalizado para vivir del momio en otra pirueta propia de la perversión del sistema- no hacen sino lo que esos poderes económicos les sugieren, metiendo la mano en el cajón en cuanto tienen oportunidad. Así se desquitan de un largo camino de peloteos y abyecciones.
Los infelices contribuyentes, clamamos como aquel del desierto para que sean buenos y nos propongan un camino de regeneración. Como si fuera factible que el controlador se controle a sí mismo. Vana esperanza, si no tomamos la sartén por el mango y los mandamos a sus casas –después de vaciarles los bolsillos de los billetes que se apropiaron indebidamente. Escojamos a los políticos entre las filas de los ciudadanos honrados, como recomendaba el maestro de Estagira. Y, por si acaso, sometámoslos a una estrecha vigilancia, exigiéndoles un riguroso código ético que suponga, como a la mujer del Cesar, además de ser honrados, parecerlo.
¿Podremos?

martes, 19 de febrero de 2013

SEÑOR PRESIDENTE (y XIII). Despedida y cierre.




Como anuncio en el encabezado, Sr. Presidente, con esta de número infausto, doy fin a las misivas que, durante estos últimos meses le he dirigido. Estoy seguro de que alguna de  las muchas observaciones que me he permitido apuntar en ellas no habrán caído en saco roto, pues le considero con algo más de memoria que a Sancho. El cual, al final de la retahíla de consejos que su señor le dio para la buena gobernanza de su ínsula, le respondía: bien veo que todo cuanto vuestra merced me ha dicho son cosas buenas, santas y provechosas, pero ¿de que me han de servir, si de ninguna me acuerdo?

Es desesperante, Sr. Presidente, levantarse cada día con un nuevo anuncio de corruptelas bankiarias, de Barcenas, sus chanchullos y sus fugas de capitales; de alcaldes de Pozuelo y su, ora esposa, ora ex, cargada de payasos y confeti; de los memos de sus ministros diciendo insulseces allá donde los pillen con un micrófono, por no hablar de la Sra. ex-presidenta y su baile de la Yenka…

Los Florianos, Cospedales, Gonzalez Pons, y otros sacrificados pelotas de segundo y tercer nivel, que de lo que cantan yantan, se ven abocados a hacer tristes papelones diciendo hoy una cosa y mañana su contraria según sople el viento acomodaticio. Y se tragan los nuevos sapos con el desenfado de quien tiene tal repugnante hábito por norma.

El colmo es que Ud. se remita a su deber como forma de gobierno cuando ha vulnerado con desenfado manifiesto el programa electoral para el que lo elegimos. Y una cuestión, no menor: que se suba el sueldo mientras nos lo baja a los demás. Recuerde que sin estética no hay ética. Nos ha tomado el pelo, Sr. Rajoy, por lo menos a este servidor.

Y si, por lo menos hubiera Ud. tenido la decencia de darnos las explicaciones que nos debe -como aquel menudo alcalde del pueblo andaluz-, aun estaría dispuesto a concederle cierto crédito. Pero guarda Ud. un cobarde silencio que espero mis ciudadanos sepan anotar en su debe.

No cuente con mi crédito en adelante, Sr. presidente.

Y créame –se lo digo sin acritud- me avergüenza que Ud. presida el gobierno de mi nación y que todo lo que se les ocurre, a Ud. y a sus acólitos cuando se les afea el desastre al que nos están conduciendo, sea remitirse a los que otrora lo hicieron peor que ustedes. Ese afán corporativo de tapar a los –pocos, estoy seguro- corruptos que en sus filas han florecido (repugnantes flores del mal, como las de Baudelaire), avergüenza a todos los ciudadanos de este país y les deja a Uds., como personas y como Partido, a la altura del betún. (Diría el castizo, con el culo al aire, pero quiero guardar las formas).

No soy yo quien para decirle si debe o no irse antes de que suene la campana, otros hay que se lo propondrán con mejor fundadas razones. Solo quiero manifestarle, como ciudadano de a pie, que le retiro, desde este momento, el respeto que, de oficio, concedo inicialmente al Presidente del Gobierno elegido en las urnas, sea o no de mi cuerda y mi voto.

No cuente conmigo en adelante, Sr. Presidente.


martes, 12 de febrero de 2013

LOS MASS MEDIA (II)

 No se quedó a gusto Fernández con nuestra última conversación y tomó de nuevo el tema de los medios de comunicación masivos (la televisión, concretamente), después de un desayuno suficiente en el “Mesón de José Luis” a base de bocatas de caballa con tomate, olivas cornicabras y tallos, sus cañas correspondientes y apoteosis final con carajillo de anís seco. El mesón es lugar que, quizás por su vecindad a la iglesia, resulta propicio para la reflexión y el dialogo civilizado
—Lo de anoche fue de antonomasia: un tipo que se confesaba drogadicto desde hace años, aunque su aspecto deportivo lo desmintiera, amenazaba con suicidarse en directo desde el hotel de no sé qué país asiático, en el que se había refugiado huyendo del fisco español que lo amenazaba de cárcel por impago. Mientras, su gemelo, igual de calvo y desenvuelto, aireaba en otro programa, su reciente ascenso a la condición de cornudo con pelos y señales; lo del Gran Hermano, por el que pasé de puntillas, sigue de caldo gordo, con la que fue una buena presentadora haciendo ahora un triste papel, entre peloteras, gritos y revolcones calenturientos con abundante exhibición de nalga joven… No me digáis que la cosa no tiene bemoles, “¿mentiendes?” Estamos llegando a unos extremos que me hacen dudar de que podamos caer más bajo.
—Pero Fernández, ¿de qué te sorprendes a estas alturas? Estando de acuerdo con la mayor, te pregunto: ¿hay alguien que te obligue a ver esos programas? Porque yo no los veo de forma habitual, aunque confieso que, haciendo zapping, los atravieso de forma fugaz y a veces. Casi sin darme cuenta, me recreo en la carnaza, que todos somos humanos, de forma que no me escandalizan demasiado. Es un producto como otro (de acuerdo que un poco repugnante) que se ofrece en un mercado libre. El que quiere lo toma y el que no, lo deja. Por fortuna, la oferta televisiva es suficientemente amplia como para que la libertad de elección sea posible. No como aquellos tiempos que tú conociste bien en que había una sola cadena en blanco y negro, tétrica como el régimen que la sustentaba. Por otra parte, esto del morbo viene de muy lejos, de tiempos pretéritos. Recuerda los romances de ciego que nos han llegado desde la Edad Media en los que se relataban crímenes sangrientos y envenenamientos familiares. Y no hablemos del más reciente caso del periódico así llamado que pobló nuestra juventud de asesinatos y tétricos misterios sin resolver. Aquellas truculencias nos quitaban el sueño cuando, de niños, habíamos tenido la ocasión de ojear el libelo a hurtadillas. A la gente siempre le ha gustado lo truculento, el morbo y la desdicha o las historias de alcoba. Y si es todo mezclado, mejor. Lo que pasa es que ahora los medios y la técnica permiten tal lujo de detalles que penetran en la sensibilidad por todos los poros.
—Desde luego. No te niego que, generalmente, huyo despavorido de esas cadenas para refugiarme en las de informativos o de programas críticos, que algunos hay aunque pocos y aún no me explico de que viven. El peligro es que, queriendo salir de la sartén, caes en tertulias en las que participan gentes que al principio te causan buena impresión. Se expresan con corrección y hacen alarde de conocimientos que, comparados con los asilvestrados personajes a que antes nos referíamos están a tanta distancia como Don Quijote de Sancho. Más, de pronto, empiezan a desbarrar y se les ve la orejilla partidaria defendiendo, más que al sentido común y a la lógica dialéctica, a las posturas (a menudo cerriles) de tal o cual partido (el que mantiene la cadena, por supuesto). Y con frecuencia se dan también en estas las descalificaciones, los gritos y los insultos que les afeamos a las otras.
—Pues tal como lo pones, Fernández, estamos apañados.
—Aún hay esperanza, siempre nos quedaran los documentales o instalar una parabólica y seguir Al-Yazira.
—Mejor aún, apagar la tele y dedicarnos a la reconfortante y silenciosa lectura.
—Mejor.




martes, 5 de febrero de 2013

LOS MASS MEDIA (I)




A mi amigo “Juan El Perifollo” objetor resignado, como yo, de RTVE.

Llegó Fernández a nuestra plácida tertulia vespertina echando fuego por las muelas.
—Es indignante lo que acabo de presenciar: me había quedado endormiscao con un reportaje de la segunda sobre el paso de los Ñus del Gorongoro en el río Masai Mara (el mismo, por cierto, que ponen cada dos o tres semanas), cuando desperté sobresaltado por los gritos; mi señora, que se había adueñado del mando, seguía con expresión arrobada un programa en el que una muchacha, cuyo único merito para situarse en semejante ágora era el de haber estado casada con un torero de renombre, pontificaba sobre cuestiones de variada índole con una rotundidad que corroboraba su estulticia, entre ademanes de una vulgaridad ostentosa. Los así llamados “contertulios” buceaban con preguntas inconvenientes y sonrojantes, sobre su vida y la de una hija habida de su relación con  el mencionado “diestro” a la que el Defensor del Menor había salido a proteger con el pertinente escrito. El tribunal interrogador, que eso parecían los personajillos autodenominados periodistas situados en semicírculo confortable en torno del central, lanzaban sus preguntas, que les debían parecer cargadas de ingeniosa profesionalidad sobre el irrelevante tema, con el mismo énfasis que habría requerido un asunto de interés nacional. La asediaban con preguntas de carácter íntimo, entrando en detalles que sonrojarían a cualquiera dotado del más elemental sentido del decoro o del respeto. No me he atrevido a hacerle la critica que la ocasión merecía a mi boquiabierta esposa, en aras de mantener el equilibrio conyugal de por sí precario, y he optado por poner tierra por medio y refugiarme en vuestra acomodaticia compañía, buscando una complicidad que no estoy muy seguro de obtener.
—Fernández, cuando te pones finamente critico, me produces cierta estupefacción temerosa, además de dejar a tu señora en un lugar que dudo le corresponda.
—Tómatelo a chacota, pero lo de esos programas, me parece vergonzoso.
—Veamos, si somos capaces, el asunto con un poco de distancia ecuánime. El fenómeno es importante porque a él acuden un número significativo de nuestros conciudadanos. Esos personajes que nutren buena parte de las horas de audiencia de algunas televisiones privadas, se ganan la vida aireando las interioridades de sus vidas, por otra parte llenas de cutrerío y vulgaridad. Digamos que esa es una forma que han descubierto merced al afán de casquería barata que llena las ansias de una parte de nuestra población. Ellos solo se aprovechan. Que ese huracán, a la larga, acabe devorándolos, es otra cosa.
—Según lo dices, parece que disculpes tanta zafiedad. No falta sino que te pongas de parte de esas gentecillas que airean sus tristes vergüenzas y las de quienes los rodean (conyugues, hijos, padres, cuñados, etc.) simplemente porque les pagan y no tienen otro medio de vida, como antiguamente los enanos estaban condenados a ganarse la vida en el espectáculo del Bombero Torero o cosas parecidas.
—Si hombre, ahora remóntate a los gladiadores de la antigua Roma que habían de morir para saciar las bajas pasiones del populacho. No, Fernández, no. Lo que yo te digo es que veo a esos tétricos personajes más como victimas que como protagonistas. A su alrededor se ha montado lo que ellos mismos llaman un “circo mediático” del que vive mucho desaprensivo: desde el que pare (más bien aborta) los guiones, hasta el que lleva los bocadillos y el botijo al plató, pasando por la enorme cantidad de equipo y técnicos que esas cosas mueven. Y todo lo sostiene, en definitiva, el afán morboso del público que mantiene en candelero esos programas. ¿Te imaginas que al inicio de una de sus brillantes temporadas nadie viera el Gran Hermano?  Pues lo quitarían al día siguiente y santas pascuas y alegrías. Habría pasado directamente al olvido, como se merece, sin pena ni gloria. Pero considera, por un momento, la cantidad de gente que habríamos mandado al paro.
—No sé cómo te las apañas, que al final siempre me haces dudar de todo.
—Recuerda, muchacho, que solo de la duda puede salir alguna luz.

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